lunes, 11 de junio de 2007

CALVINO, FUNDADOR DE UNA CIVILIZACIÓN
Émile Léonard

Historia general del protestantismo. 4 vols. Trad. Salvador Cabré y Héctor Floch. Madrid, Península, 1967, vol. 1, pp. 263- 314.

Después de la liberación de las almas, la fundación de una civilización. Con Lutero, sus émulos y sus rivales, la Reforma había dado todo su mensaje propiamente religioso y teológico y las épocas siguientes no podían hacer otra cosa que repetirlo y completarlo. Más Lutero se había interesado poco por la encarnación de este mensaje en el mundo secular, al cual aceptaba tal y como era, y las experiencias de Zuinglio, de Muntzer y de los anabaptistas de Münster habían sido o de un contenido excesivamente reducido o demasiado revolucionarias para hacer salir a la Reforma del pietismo individualista donde corría el riesgo de desmesurarse y disolverse. Estaba reservado al francés y al jurista Calvino el crear más que una nueva teología un mundo nuevo y un hombre nuevo. El hombre “reformado” y el mundo moderno. En él ésta es la obra que predomina y la que nos da razón de su autor. Y es ella también, no ya sólo en Ginebra si no en la totalidad de su extensión a través del mundo y de los siglos, la que permite dar una respuesta a la pregunta de un Juan Powell, equilibrando el entusiasmo de los apologistas, desde Doumergue hasta Pfisterer –por no hablar más que de los más recientes- y las requisitorias de los detractores, como Galiffe, Kampschulte, Pierson, Pfister:
El reformador Juan Calvino, ¿ha sido uno de los más grandes teólogos y jefes de la Iglesia cristiana de todos los tiempos? ¿O fue, más bien, un profeta de las tinieblas que se engañó gravemente sobre la naturaleza y las implicaciones del Evangelio?[i]

1. El hombre, la vida, el pensamiento religioso

El hombre y la vida
[ii]
Calvino es humanamente lo más opuesto a Lutero, con quien normalmente suele ser comparado. Nacido el 10 de julio de 1509, tiene veinticinco años menos que el reformador alemán y forma parte –ello se suele olvidar demasiado a menudo- de la segunda generación de la Reforma, la cual no tenía que crear el protestantismo, sino consolidarlo y organizarlo. Originario de Noyon, es un picardo de la raza sutil, crítica e inquieta que había dado al evangelismo francés un Jean Vitrier, Lefevre d’Etaples y Gérard Rousel, raza de tan mala fama en el orden religioso que el nombre de “picardo” se atribuía en ciertos países a los herejes, a modo de apodo injurioso (Calvino se molestó por ello ante su joven visitante checo). Es un burgués, hijo de un hombre de negocios: el padre, Gérard Cauvin, legista y financiero, está encargado de los intereses del obispo, sus discusiones con la curia le hicieron caer en el anticlericalismo, desde siempre muy extendido en el país. La madre era piadosa: acompañaba a su hijo, que no lo olvidará nunca, a rezar ante las estatuas de los santos. El hijo recibe muy pronto un beneficio eclesiástico, cebo de una brillante carrera clerical. A los catorce años va completar en París la enseñanza recibida en el colegio de los “capitas”, de Noyon. En el colegio de la Marche tiene un profesor notable, el normando Mathurin Cordier,[iii] que será su colaborador en Ginebra; los canónigos de Noyon le envían luego al colegio de espíritu menos “laico” (un verdadero seminario, en realidad), de Montaigu: allí tuvo durante algunas semanas como condiscípulo a Ignacio de Loyola.[iv] Fue entonces cuando su padre decidió, como lo había hecho el de Lutero, dedicarle al derecho “mejor medio para llegar a los bienes y a la fama”. Esto no le privó, por lo demás, de obtener un segundo beneficio: el cuarto de Pont-l’Eveque, cerca de Noyon, donde habitaba su abuelo, un antiguo marinero. Con un año en la universidad de Orleáns (1528-1529)[v] se licencia en ambos derechos; prosigue sus estudios (1529-1531) en la Universidad de Bourgues, reorganizada poco antes por Margarita de Angulema, duquesa de Berry, y donde reinaba, por este hecho, un espíritu favorable a la Reforma: un gran jurista alemán, Melchior Wolman[vi] acrecienta los primeros conocimientos que el estudiante Calvino había podido recibir de Cordier. La muerte Gérard Cauvin, que había discutido con su propia Iglesia y que había sido excomulgado, permite a nuestro joven un nuevo cambio de frente: irá a estudiar letras y teología en el colegio parisino de Fortet, y asistirá a los cursos, de reciente creación, de los “los lectores reales”[vii]. Publica entonces su primera obra, comentario humanista, en latín, del De Clementia de Séneca (1532).[viii] Parece que data de este momento su dedicación plena a las nuevas ideas, puede -como se ha dicho- bajo la influencia de su primo Olivetán, cuya traducción de la Biblia revisa y prolonga. Pro otra parte poco había de había de hablar de este cambio espiritual, siendo poco dado hablar de sí, al revés de Lutero. La locución conversio subita que un día emplearía ha sido interpretada en el sentido de “conversión sufrida” (y no hallaríamos en los inicios de una experiencia de la predestinación) o en el de una “conversión súbita”. No, ciertamente, a al manera de un Wesley, que olvida y casi niega el encaminamiento interior de la gracia para no acordarse para no acordarse más del día preciso, y de la hora, de la “decisión” voluntarista. También Lutero había hablado de una iluminación repentina, la cual, sin embargo, no había dejado de ir precedida de una larga búsqueda de la salvación. Caso parecido al de Calvino. La insignia que éste adoptó más tarde (un corazón sobre una mano tendida hacia Dios) y la divisa Prompte et sincere, expresan bien no solo su propio comportamiento en ésta época capital sino también el que exigió a sus fieles: una vez reconocida la verdad seguirla sin titubear (promete) y sin compromisos (sincere). Actitud activista que caracterizará la Iglesia y civilización que de él procederán.
Si hemos de creer ciertas tradiciones locales, sus viejas le habían ya permitido predicar el Evangelio en algunos sitios. Después de una breve ausencia de París, ocasionada por el discurso provocador de su condiscípulo y amigo, el joven rector Cop,
[ix] regresa gracias a la reina de Navarra e incluso aparece en la corte, donde es acogido con favor. Pero vuelve a sus viajes, predica y (según el polemista católico Florimond de Raemond) distribuye la Santa Cena en Poitiers, reside en Angulema en casa de su amigo Louis du Tillet (que ha llegado a canónigo), se dirige a Nerac, donde Lefèvre d`Étaples –si hemos de dar crédito a Teodoro de Beza- habría saludado en él al “futuro restaurador del Reino de Dios en Francia”. Rehusará en Noyon los beneficios eclesiásticos, cuyas obligaciones no podía cumplir en modo alguno, regresa a París, donde la salida de los demás “bíblicos” dejaba a su cuidado el medio evangélico, pero nuevamente se ve expulsado a causa del asunto de los Pasquines[x]; estamos en los inicios del año 1535 y Calvino abandona Francia con du Tillet.
Entonces comienza lo que podríamos llamar su historia clásica, historia fácil de resumir en pocas líneas y a base de unas pocas fechas. Una estancia en Basilea le permite lista y hacer imprimir la primera edición de la Institution chrétien, que se publica allí mismo en latín el año 1536. Un viaje a Italia le conduce el mismo año a la corte de Ferrara, donde se hallaba Renata de Francia. La intolerancia del duque le impidió prolongar su estancia
[xi]. Cuando regresa, a pesar de su intención de volver a Estrasburgo a proseguir su vida de estudio, el primer reformador de Ginebra, Farel, le pilla en esta ciudad y le retiene en ella (julio de 1536) para que le ayude a organizar su Iglesia evangélica. No siendo al principio más que un simple “lector” de la Escritura, pronto logró imponerse gracias al importante papel que desempeña en las grandes asambleas religiosas reunidas en Suiza, y redacta para Ginebra, desde 1537, una Disciplina, un Catecismo y una Confesión de fe. Pero, siendo pastor, rechaza toda autoridad y niega a sus protectores de Berna el derecho a dictar leyes para la Iglesia, particularmente en lo que concierne a la liturgia y a la admisión de fieles a la cena. Es expulsado de Ginebra (abril de 1538), al igual que Farel. Mientras este último va a establecerse en Neuchatel, organizando aquella Iglesia, Calvino es llamado por los reformadores de Estrasburgo, Capitón y Bucero, para ser pastor entre los refugiados franceses y profesor de teología. Desde septiembre de 1538 hasta septiembre de 1541 lleva una vida apacible y activa y se casa; desarrolla su obra teológica, organiza su Iglesia y defiende los intereses generales de la Reforma, contra las concesiones de Melancthon, en las asambleas de Francfort, Worms y Ratisbona.[xii] Reclamado urgentemente en Ginebra por las disputas de la ciudad con la Iglesia (13 de septiembre de 1541), logra en seguida que se adopten las “Ordenanzas eclsiasticas” que constituyen la comunidad ginebrina casi según sus deseos. Allí murió el 27 de mayo de 1564, después de la lucha y la obra que vamos a explicar.

Experiencia y pensamientos religiosos
[xiii]
Esto constituye para el historiador y para el lector no teólogo lo más esencial de su inagotable actividad. La doctrina, que no puede naturalmente ser despreciada, no es más que un conjunto de experiencias organizadas en sistema. El último en el tiempo de los grandes reformadores, Calvino, hubiera llegado tarde para una obra teológica perfectamente original: la Institución cristiana, en su primera edición, es profundamente luterana. Pero el humanista que había sido y que seguirá siendo en sus realizaciones prácticas no hacía en teología obra de pura especulación:
La Palabra de Dios, enseña, no es para enseñarnos a balbucear ni para convertirnos en elocuentes y sutiles; sino reformar nuestra vida para que se conozca que deseamos servir a Dios y darnos enteramente a Él y conformarnos a su buena voluntad
[xiv]
Para Calvino se trataba de experiencia y de acción. Tal como lo decía la Epístola dedicatoria a Francisco I, Calvino había escrito la Institución para justificar a los protestantes acusados de doctrinas perversas y lo que en ella exponía, más que un sistema, era vida vivida por un alma profunda y ardiente.
La primera experiencia de Lutero había sido la experiencia del pecado y de la angustia del pecador. Calvino habla de ello en unos términos menos personales pero igualmente enérgicos:
Cuando la Escritura nos muestra quiénes somos es para aniquilarnos totalmente. Es verdad que los hombres se aprecian a sí mismos en grado sumo haciendo valer que existe una gran dignidad. Ya pueden apreciarse a sí mismos: sea como sea, Dios no ve en ellos más que basura y asco; les rechaza incluso hasta tenerles por detestables. Y así, ¿cómo tenemos esta locura y exageración en glorificarnos a nosotros mismos por lo que de virtud y sabiduría imaginamos poseer, cuando Dios, para aniquilarnos y confundirnos, usa solamente esta palabra: ¿y tú, hombre, quien eres? Cuando esto ha sido pronunciado ha sido para despojarnos plenamente de cualquier ocasión de gloria. Porque sabemos que no hay en nosotros una sola partícula de bien y que no podemos hacernos valer a nosotros mismos en cosa alguna.
Pero, admitido esto, el hombre, sus pecados, sus necesidades, sus angustias, diríamos incluso que su salvación, cuentan mucho menos para Calvino de lo que contaba para Lutero. Promotor de aquella clara y fuerte “escuela francesa” de espiritualidad que, con Francisco de Sales, enemigo de las “almas femeninas”, apartará al fiel de la obsesión del inconciente para interesarle, ante todo, por la “cima” del alma, que, con Bérulle, le propondrá la adoración como objetivo de la vida y que, con Vicente de Paúl, le empujará hacia la vida activa, el francés Calvino lleva la mirada del fiel hacia Dios para detenerla en Él y le propone dos objetivos: honrar a Dios y servirle. A la teología de la salvación a través de la desesperación y que acababa por convertirse en antropocéntrica, le sustituye otra, teocéntrica y social, del honor de Dios y del servicio. Era ya la de Farel, de los nobles y del pueblo.
El Dios de Calvino es el Dios que los místicos del fin del medioevo definían por las expresiones de horror, de espanto, de temor: “cuando viene a nuestro pensamiento la horrible majestad de Dios, es imposible que no estemos espantados”; “Su infinitud debe aterrorizarnos”; “El temor es el fundamento de la religión”. Henos, pues, de nuevo ante el Sinaí, ante Dios demasiado grande y demasiado santo para ser visto. Por ello el conocimiento que el hombre pueda tener de Él por vías naturales, bien lejos de ser una preparación, como creen los católicos, humanistas y Zwinglianos, es una fuente de perdición:
Durante la tempestad, si un hombre se encuentra en el campo, de noche, un rayo le permitirá dilatar su mirada hasta muy lejos, pero sólo durante un minuto; por ello de nada le servirá para llevarle al camino recto porque esta claridad se desvanece tan pronto que antes de haber echar un vistazo sobre el camino, desaparece en seguida y nuestro hombre se encuentra envuelto en la tiniebla ya hasta este punto debe ser guiado.
No niego, en modo alguno, que aparezcan en los libros de los filósofos algunas sentencias bien alumbradas tocantes a Dios… Es cierto que Dios les ha algunos pequeños gustos de su divinidad, con el fin de que no apelen a la ignorancia para excusar su propia impiedad, y les ha llevado así a pronunciar algunas sentencias por las cuales pueden ser convenidos.
Únicamente la Revelación proporciona el conocimiento verdadero de Dios[xv], que no es puro conocimiento, sino honor, obediencia y servicio. ¿Cuál es el objetivo fundamental de la existencia humana?, pregunta el Catecismo de 1541. El conocimiento de Dios. ¿Por qué decís eso? Porque Dios nos ha creado y nos ha puesto en el mundo para ser glorificado en nosotros. Es pues plenamente razonable orientar nuestra vida a su gloria, puesto que Él es creador de tal vida. ¿Cuál es el bien soberano del hombre? La respuesta es la misma. ¿Pero en que consiste el verdadero conocimiento de Dios? En conocerle a fin de prestarle todo honor que le es debido. ¿Cuál es, pues, la manera de honrar rectamente a Dios? Para honrarle debidamente es preciso poner en Él toda nuestra confianza, servirle obedeciendo su voluntad.
Por lo que toca a la manera cómo el hombre es capaz de servir a Dios y de obedecerle, Calvino, de modo contrario a Lutero, sostiene que se produce en el pecador convertido una cierta santificación de hecho como consecuencia de la justificación por la aceptación y la imputación de la “sabiduría” de Cristo:

El Señor corrige, o más bien deroga, nuestra naturaleza perversa y luego nos da de sí mismo una naturaleza buena.
Cristo no purifica a nadie sin justificarle en seguida. Porque estos beneficios están unidos y marchan juntos, como un lazo perpetuo, que, al iluminarnos con sabiduría, también nos rescata, y cuando nos rescata nos justifica; y cuando nos justifica nos santifica.
Esta expresión de “sabiduría” de Cristo recuerda el vocabulario humanista y zwingliano. Pero Calvino iba mucho más a fondo. Por el hecho mismo de que Dios, a causa del pecado, se halla sin relaciones con el hombre y mortalmente irritado contra él, es indispensable un verdadero Medidor. Calvino es tan cristocéntrico, o cristológico, como Lutero. Si para éste la respuesta a la angustia del pecado es la cruz de Cristo, Calvino –podríamos decir- va más lejos:
Cristo, muriendo, se ofreció al padre en satisfacción… Su cuerpo no ha sido entregado simplemente como precio de nuestra redención, sino que ha habido otro precio más digno y más excelente: el de haber sufrido los espantos tormentos que deben sentir los condenados y los perdidos.
Cristo, como contra partida de le encarnación, por la que se revistió el cuerpo y los sufrimientos de los hombres, ha querido dar a éste, en la Cena, su propio cuerpo y su propia sangre. Y en esta segunda manifestación de la unión salvifica existente entre el hombre y Cristo radica una exigencia de la piedad de Calvino. No le basta a éste, como no bastaba tampoco a Lutero, que las palabras de la institución de la Cena fueran unos puros símbolos. “He leído en Lutero –escribió- que Ecolampadio y Zwinglio no habían dejado en los sacramentos más que unas formas desnudas y vacías; y así me sentí alejado de sus libros, que me abstuve durante mucho tiempo de leerlos”. A él también este simbolismo le arrebataba “su Cristo”. A este respecto escribió las palabras más claras:

Del hecho de habernos dado el signo, podemos inferir que también nos ha sido dada la sustancia en su verdad. Porque si no queremos llamar engañoso a Dios no nos atrevemos a decir que nos ha propuesto Él mismo un sigo vano y vacío de su verdad. Por lo cual, si el Señor nos representa de manera verdadera la participación de su Cuerpo bajo la fracción del pan, no cabe duda alguna de que nos la entrega también… Si es verdad que se nos entrega el signo visible, como selle de la donación de la realidad invisible, es preciso que tengamos también esta confianza indubitable: la de que, tomando el signo del cuerpo, tomamos también el cuerpo[xvi]

Y este pasaje que resume toda la cristología de Calvino en función de su concepción objetiva de la cena:

Participamos en los bienes de Cristo cuando le poseemos a él mismo. Pues bien, yo afirmo que nosotros le poseemos no únicamente cuando creemos que ha sido ofrecido en sacrificio por nosotros, sino también cuando habita en nosotros, cuando es uno con nosotros, cuando nosotros somos los miembros de su carne, dicho brevemente, cuando, por así decirlo, somos incorporados a él en una misma vida y misma sustancia. Además considero y peso el significado de estas palabras. Porque Jesucristo no se limita a ofrecernos simplemente el beneficio de su muerte y resurrección, sino que nos ofrece, además, su propio cuerpo, en que ha sufrido y ha resucitado. Concluyo que el cuerpo de Cristo nos es dado realmente en la Cena, tal como solemos expresar, es decir, de manera verdadera y para ser alimento salutífero de nuestras almas
[xvii].

En estas palabras sentimos toda la experiencia espiritual de Calvino que le situaba muy cerca de Lutero; por ello no tuvo dificultad en suscribir la Confesión de Ausburgo y la Concordia de Wittenberg. Pero era teólogo e intervenía en un debate en el cual todos los teólogos de la Reforma habían dado pruebas de su esencia y habilidad. Y no podía ser menos de admitir, pura y simplemente, la consubstanciación, aproximación grosera al no-teólogo Lutero, ni aceptar (con mayor razón) la ubicuidad, que los luteranos integristas de la segunda generación habían convertido en consigna. Le reprochaba, como Zwinglio, el no distinguir las dos naturalezas de Cristo prestando a la humana un atributo de la divina. Pero, sobre todo, adherido firmemente a la resurrección de la carne, empezando por la del cuerpo humano de Cristo, confinada la ubicuidad “espiritual” de este cuerpo en las especies para salvaguardar su “materialismo” en el cielo, “sentado a la diestra de Dios”:

Si entre las cualidades de un cuerpo glorificado incluimos también el que sea infinito y que lo llene todo, notorio es que su sustancia será evacuada de él y que no quedará ninguna distinción entre la divinidad y la naturaleza humana. Además, si el Cuerpo de Jesucristo es cuerpo variable y de características diversas, visible y realmente aparente en un lugar (en el cielo) e invisible en otro, ¿Qué quedará entonces de la naturaleza corporal, la cual debe, necesariamente, tener medidas? ¿Y en que se habrá convertido, además, la unidad? (Institución, IV, XVII, 29).

El luterano Westphal le hacía el reproche de idealizar el cuerpo de Cristo en la comunión: y si lo hacía, era para conservar lo materializado en el cielo, en este lugar bien determinado, situado encima de la esfera visible, donde lo situaba la cosmogonía medieval de Calvino, sentado en su majestad. También en este punto la teología se hallaba dirigida por las representaciones tradicionales de una piedad que había permanecido muy próxima a la piedad de su infancia.
En cuanto a reunir el cuerpo fijado así en el espacio sobrenatural con los fieles, que lo consumen “realmente, es decir, verdaderamente”, en la tierra, en las especies, Calvino llegó a ello gracias a su teología del Espíritu Santo. Marcadamente trinitario –a pesar de las acusaciones de Bolse; el mismo Server bien lo supo-, da al Espíritu Santo (al espíritu Santo que es “como el vinculo mediante el cual el Hijo de Dios nos une eficazmente a sí”), una importancia que, prácticamente, no todos los teólogos le conceden.

Para que la unidad del Hijo con el Padre no sea vana e inútil, es preciso que su virtud se extienda a la totalidad a la totalidad del cuerpo de los fieles. De este modo admitimos que somos uno con el Hijo de Dios, no para significar que el nos transmite su sustancia (esto iba contra Osiander), sino porque, gracias a la virtud de su Espíritu, nos comunica su vida y todos los bienes que ha recibido de su Padre. (Comentario a Juan, XVII, 21).

Pues bien, no se trata aquí de una unión espiritual, o más bien:

La unión espiritual que nosotros tenemos con Cristo no pertenece solamente al alma, sino también al cuerpo, de modo que nosotros somos carne de su carne y hueso de sus huesos (Efesios, V, 30). Por otra parte, débil sería la esperanza de la resurrección, sí tal no fuera nuestra conjunción, es decir, plena y completa (Comentario a I Corintios, VI, 15).

Una vez más nos hallamos próximos a Lutero, al Lutero que en Marburgo explicaba a Zuinglio que la comunión sembraba de incorruptibilidad al cuerpo corruptible para la resurrección. Pero ¿cómo puede tener lugar esta inseminación, y cómo pueden los fieles ingerir “realmente, es decir, verdaderamente” el Cuerpo y la Sangre de Cristo, si el cuerpo y la sangre no abandonan el cielo, donde se hallan en una maternidad justamente “glorificada”? La respuesta a tal pregunta se encuentra formulada con especial claridad en una carta dirigida a Bullinger (1562):

A pesar de que la carne de Cristo esté en el cielo, nosotros nos alimentamos de ella, no menos verdaderamente en la tierra, puesto que Cristo se hace nuestro gracias a la virtud insondable de su Espíritu, de tal manera que habita en nosotros sin necesidad de cambiar de lugar… No encuentro ningún absurdo en afirmar que recibimos verdadera y realmente la sangre y la carne de Cristo, como alimento sustancial, siempre que aceptemos que Cristo desciende hasta nosotros no simplemente mediante unos símbolos externos, sino también mediante la operación secreta de su Espíritu, a fin de que nosotros ascendamos a Él por la fe.
Gracias a la virtud del Espíritu Santo, que eleva al fiel hasta el cielo, en el momento en que éste recibe las especies en la tierra se opera allí la comunión con el cuerpo de Cristo.

Sea cual sea –comenta Wendel (p. 721)- el valor de los argumentos que aduce Calvino para justificar de peculiar interpretación de la Cena, no debemos ocultar que su doctrina deja numerosos puntos oscuros, puntos que una exégesis, a menudo apartada del texto, no hace más que disimular, apelando frecuentemente al misterio. A pesar de la función que confiere al Espíritu Santo en el establecimiento de un contacto entre Cristo y el fiel, no acaba de entenderse cómo ha podido sostener que el fiel recibe “realmente” en la comunión el cuerpo y la sangre de Cristo. Es posible que la razón decisiva de ello no debamos buscarla en sus preocupaciones doctrinales, si no en su piedad, que exigía unas afiremaciones muy positivas en lo que tocaba a la presencia de Cristo en la Cena.
La teología no está obligada a precisar y explicar todos los misterios. Cuando lo hace de manera inadecuada, encuentra su castigo en los contrasentidos de los no-teólogos. Por no haber querido aceptar tal cual, la representación, sin duda ingenua, de la Cena dada por Lutero y hacia la cual tendían todas la tradiciones y las necesidades se su propia espiritualidad, Calvino, con el transcurso del tiempo, ha empujado a sus fieles hacia la concepción simbolista de Zwinglio, que él mismo había denunciado como “falsa y perniciosa”.
La predestinación nos muestra el mismo influjo de la piedad y de la experiencia y, la misma responsabilidad de una teología demasiado explicativa, ha sido considerada, sin razón, como la doctrina central de Calvino, aunque ha llegado a serlo en las épocas posteriores. Para Calvino, igual que para Lutero, era un objeto de simple constatación:

Cien hombres escucharán en un mismo sermón: veinte de ellos lo recibirán en la obediencia de la fe, los demás no lo tendrán en cuenta o se burlarán de él o lo rehusarán y condenarán (Institución, III, XXIII, 12).

Efectivamente, es cosa de experiencia común que un gran número de almas parecen vivir al margen de cualquier preocupación por la salvación, llegando hasta rehusarla cuando se les predica. Si hay que negar toda suerte de participación del hombre en la salvación, como hacían la mayor parte de los reformados, no queda otra explicación que la voluntad de Dios:

Si fuera de su simple beneplácito, no podemos aportar otra razón por la que Dios acepte a sus elegidos, no tendremos tampoco otra razón que nos explique por qué rechaza a los demás, fuera de su voluntad (Ibid., III, XXII, 11).

La voluntad de Dios es la regla suprema y soberana de justicia hasta el punto que nos es preciso tener como verdadero y justo todo cuanto él quiere por el simple hecho de que lo quiere. Así, pues, cuando nos formulamos esta pregunta: “¿Por qué ha obrado Dios de ésta manera?” Debemos responder: “Porque ha querido”.Y si se persiste más, preguntando “¿Por qué lo ha querido?”, se pregunta por una cosa más grande y más alta que la voluntad de Dios, lo cual no se puede encontrar (III, XXIII, 2).

Calvino era el primero en sentir el escándalo de la elección inexplicable de los salvados y de los condenados: “Confieso que este decreto debe espantarnos”. Pero lo exigía su concepción de la omnipotencia de Dios –su piedad, diríamos mejor. Ramón Llull, el gran místico de la Edad Media, había escrito: “Tu poder, oh Amado, puede salvarme por benevolencia, piedad o perdón, o puede condenarme por tu justicia y por tu justicia y por mis pecados. Cumple, pues, en mí tu poder y tu querer, puesto que será siempre perfecto tu cumplimiento, sea salvación o condenación lo que me des”. Calvino, moribundo, diría igualmente: “Señor, tú me trituras (me aplastas), pero bástame que ello venga de tu mano”. Sentimos hasta qué pinto esta ardiente aceptación de las consecuencias de la omnipotencia de Dios explica y facilita la teoría de la predestinación. Pues bien, esta seguridad entusiasta de la sublimidad, omnipotencia y libertad arbitraria de Dios fue y sigue siendo uno de los más poderosos atractivos del Calvinismo y uno de los más sinceros sentimientos de los calvinistas, puesto que en ella se exaltan los dos principales agentes de la piedad: la necesidad de entrega y la necesidad de adoración. Fue, además ella quien inspiró a Calvino un himno admirable, justamente puesto de relieve por Imbart de la Tour:[xviii]

No somos nuestros, sino que pertenecemos al Señor…
No somos nuestros s: no nos conduzcamos pues buscando como fin lo que nos interesa con arreglo a la carne…
No somos nuestros: olvidémonos pues a nosotros mismos, en la medida de lo posible, y olvidemos también todo cuanto se halle en torno nuestro.
Somos del Señor: vivamos y muramos en él.
Somos del Señor: que su voluntad y su sabiduría presidan todas nuestras acciones.
Somos del Señor: que todas las partes de nuestra vida sean referidas a Él como a su único fin.
Cuánto se ha aprovechado aquel hombre que, sabiendo que no era suyo, ha hurtado su propia razón el señorío y el dominio de sí mismo para dejarlo en manos de Dios (Institución, III, VI, 1).

Desafortunadamente –declarando como declara: “Esta filosofía secreta (de la elección) no puede entenderse a fuerza de silogismos” –Calvino no cesará de endurecerla, empleando en ello todos los recursos de su lógica y de su aventurada exégesis. La preocupación por la plena libertad de Dios, no le permite explicar la predestinación mediante la presencia divina de la actitud que han de tomar los hombres. Su seguridad –que le viene de los escotistas- de que el tiempo no existe para Dios “le obligaba a admitir como preexistente en el pensamiento de Dios todo cuanto acontece en el tiempo” (Strohl), empezando por la caía de Adán. Las objeciones contribuían a encerrarle en su propio sistema, como que venían de gente, “murmuran descaradamente acerca de este misterio santo”, de “perros que vomitan blasfemias”, de “puercos que gruñen ante Dios”. Se preguntaba: La predestinación ¿hace inútil la redención? De ninguna manera; al contrario: la redención es uno de los elementos de la predestinación. “Aquellos que Dios ha predestinado los ha llamado; y a quienes ha llamado, a éstos ha justificado” (mediante la muerte y los méritos de Cristo) (Institución, III, XXI, 7). ¿La predestinación suprimía la responsabilidad humana? No, ciertamente como tampoco lo suprime en la vida práctica:

si alguno de nuestros parientes y amigos, de quien debemos ocuparnos, muere sin haber sido bien cuidado, a pesar de que sepamos que había llegado a un punto del que no podía pasar, no por ellos disminuye nuestro pecado; sino que, por el hecho de no haber cumplido con nuestro deber, consideraremos que su muerte se ha producido por culpa nuestra (Inst., I, XXVII, 9).

Creer en la predestinación ¿no traerá como consecuencia la disminución del celo del pastor? Pero si “contemplamos a san Pablo, pregonero incansable de la elección divina: ¿es que por ello se enfrió su ardor hasta el punto de no poder amonestar o exhortar?”(III, XXIII, 13). Al contrario,

precisamente porque no sabemos quiénes pertenecen al número de los predestinados o de los no predestinados, hemos de estar preocupados por la salvación de todos. Siendo así, miraremos de conseguir que todos aquellos con quienes nos encontramos vengan a participar de nuestra paz; por lo demás, esta paz no reposará más que sobre aquellos que son hijos de paz (III, XXIII, 13).

Por lo que toca aprovechar la seguridad de nuestra salvación para violar la ley mora, Calvino declara que para proceder de esta manera deberíamos ser unos “puercos” ya desde la edición de 1539. Más seria es la inquietud que podemos experimentar con nuestra propia salvación: pero ello mismo es ya un principio de prueba de tal salvación. Por lo demás, y por regla general “tenemos un testimonio suficientemente claro de pertenecer a los escogidos de Dios, y de que somos por ende, de la Iglesia, si nos hallamos en comunión con Dios”. Finalmente, esta doctrina de la predestinación proporcionaba a sus adeptos una fuerza preciosa en los tiempos de persecución:

Para un protestante de París perseguido debió ser una consolación inefable el pensar que Dios le había destinado a la salvación, individualmente y desde toda la eternidad, de manera que nada de cuanto que pudieran hacerle podía privarle de este destino divino… Debió ser (también) una amarga satisfacción… el pensar que estos sus perseguidores y aquellos que se les parecían “han sido suscitados por el juicio justo, aunque incomprensible, de Dios para enaltecer la gloria del perseguido en la misma condenación de los perseguidores”.[xix]
Estas afirmaciones y estos sentimientos contrarios llevaban a Calvino a insistir cada día más en la predestinación. Habiendo sido negada esta por su contradictor Bolsec (1551), hizo de ella un articulo de fe para el corpus pastoral de Ginebra[xx]. Los teólogos que habían de sucederle sólo debían avanzar por el mismo camino para hacer de la predestinación la piedra de toque de la ortodoxia.

2. Obra eclesiástica, política y civil de Calvino
Yo os pido que no cambiéis nada: a menudo os pedirán novedades. No es porque yo pida por mí, por ambición, que lo mío permanezca y que lo retengáis sin buscar lo mejor, sino porque todos los cambios son peligrosos y muchas veces perjudican.

Esta recomendación del adiós dirigido por Calvino a sus colegas los pastores de Ginebra, antes de su muerte, no se refiere a su doctrina, de la que se limitaba a decir: “He enseñado con fidelidad y Dios me ha concedido la gracia de escribir”, sino a su obra eclesiástica, política y social. De donde se deduce que la consideraba como la parte más importante de su actividad y de su herencia. Su doctrina, su teología, no son extrañas a ello, pero queda toda influencia por las circunstancias y las experiencias de su ministerio práctico en la Iglesia y en el Estado. Al menos, esto es cierto en cuanto a su eclesiología y política
[xxi].

La influencia del temperamento y de la formación intelectual
El hombre queda marcado naturalmente por su manera de ser y por su primera juventud. El protestantismo ha tenido siempre (como las demás religiones) pastores-gobernantes: Zwinglio lo fue Zürich; Ecolampadio en Basilea, Bucero en Estrasburgo, desearon serlo algunas veces (ya hablaremos del Reino de Cristo de este último, obra de un hombre de Estado, al menos en el deseo, tanto como de un teólogo). Nadie duda que a Calvino le hubiera gustado dedicarse a las tareas de la vida pública y de la administración: sus Ordenanzas eclesiásticas llevan numerosos detalles que revelan la figura de un burócrata, tenía en la nueva Academia de Ginebra muchos colaboradores de valor a quienes confiar el reglamento.
Las influencias familiares iban por el mismo camino, las que venían de su padre, administrador de bienes de Iglesia y víctima de querellas eclesiásticas. Más aun su formación de jurista: la licenciatura en derecho parece ser el único diploma que llegó ha poseer. De esta manera se desarrollaba en él el gusto por el orden característico de su pensamiento y su actividad: si el principal atributo de la Divinidad es el Amor para Lutero y la Sabiduría para Zuinglio, el orden lo es para Calvino, para quien el pecado es ante todo “locura”, “ligereza”, “desorden”. Podremos hallar muchos testimonios de ello.
Mas Calvino fue también estudiante de artes, un humanista, y su conocimiento de las letras antiguas le marcó tal vez tan profundamente como su iniciación en el derecho. Es cierto que se acostumbra a limitara su humanismo al periodo de sus estudios, y Abel Lefranc
[xxii] llega a señalar el día mismo en que renunció a ello, que sería 23 de agosto de 1535, fecha de la primera edición de la Institución: “El 23 de agosto…, el sabio y el humanista han dejado definitivamente el sitio para el apóstol”. Juan Boisset, en su reciente tesis, Sagasse et sainteté dans la penseé de Jean Calvin, ha demostrado, por el contrario, que toda una parte del pensamiento y de la obra del Reformador deriva de los maestros de la Antigüedad, y muy particularmente de Platón. Difícilmente explicable a partir de la Escritura, la política civil y eclesiástica de Calvino se hace plenamente inteligible a la luz de las Leyes de la República. Incluso el fundamento religioso de la ciudad. Y la unión de los poderes civil y religioso[xxiii]. La aplicación por parte de la Iglesia, servida por el Estado, de penas prevista por las leyes (V, 735 y 736) contra los malos ciudadanos: amonestación, encarcelamiento, deportación, destierro y muerte: desde este punto de vista, las actuaciones de Calvino –tan dolorosamente escandalosas si quieren fundamentarse en algunos consejos disciplínales de Cristo y en otros pasajes de la Escritura, tomados fuera del sentido del contexto y del Espíritu del Evangelio- se aclaran y se vuelven al menos comprensibles cuando se las relaciona con las enseñanzas del sabio antiguo, para quien el orden de la ciudad es el bien supremo[xxiv].
Un jurista humanista como era el joven Calvino debía proponerse como finalidad la realización de la República platónica en la Iglesia y en el Estado: en cambio, su conversión le obligó a experimentar disposiciones del todo contrarias, propias del pietismo desorganizado del primer “evangelismo” francés.

El evangelismo francés
[xxv]
Hemos indicado ya la prontitud con que fueron conocidos en Francia los primeros libros de Lutero y el nombre de luteranos que se dio a los primeros partidarios de una Reforma más allá del reformismo real y episcopal. Luteranos lo eran no sólo por la doctrina o las aspiraciones religiosas, sino también por los pequeños grupos piadosos que espontáneamente constituyeron y que eran para Lutero, como es sabido, la forma esencial y suficiente (hasta sus experiencias de la guerra de los campesinos y de las visitaciones sajonas) de la Iglesia.
Su fe
[xxvi] nos es conocida solamente por las acusaciones presentadas contra los mártires y por las declaraciones y exhortaciones de los mismos. Tiene como centro la “pura doctrina del Hijo de Dios”, tal como fue dicho por el primero de ellos, el cardador de Meaux, Jean Leclerc (ajusticiado en 1524), “la verdad de la doctrina del Hijo de Dios”, que sostiene, igualmente en 1524, el doctor en teología de Tournai, Jean Castellan, y “la verdadero rostro e institución del cena de Jesucristo”, predicado por Jacques Pavanes o Pouent, de Boulogne-sur-Mer (+1526) y por el jacobino normando, Alexandre Canus, ejecutado en 1533, con las consecuencias de los ataques de Leclerc contra las indulgencias de un perdón y su destrucción de “ídolos que debían ser adorados al día siguiente”, en el transcurso de un procesión, la negativa de Berquin a todo culto e invocación de la virgen, “que corresponden únicamente a nuestro único Salvador”. Dejemos de lado los Pasquines de 1534,[xxvii] obra polémica más que exposición de fe, redactada en el extranjero. La más completa exposición de las creencias de estos primeros reformadores franceses se encuentra en la relación de los interrogatorios de Aymon de La Voye, de Noyon como Calvino, fundador de la comunidad de Sainte-Foy junto al Dordoña, y llevando al suplicio en 1541.[xxviii] Para decirlo con una sola fórmula, la admirable, en una carta de invectivas de Erasmo contra Farel y sus compatriotas: “Los refugiados franceses tienen siempre en la boca las misma palabras: Evangelio, Palabra de Dios, Fe, Cristo, Espíritu Santo”.
El haber que Cristo era el único Salvador, con una salvación realizada y entregada una vez para siempre, liberada a las almas de las observaciones humanas e incluso de todo temor, y les sumía en el júbilo, hasta en el momento de las más cruel de las muertes. Lutero decía: “El que crea esto seriamente, no puede dejar de cantarlo y hablar de ello con alegría, con felicidad, para que los demás lo aprendan y participen de ello”.
La primera Reforma: una gran llama de fe, una gran llama de alegría. Alegría que acompañaba a los mártires al suplicio. De Anne Audebert, que fue quemada en Orleáns en 155º, Crespin explica que, atada “a una cuerda, como era de costumbre, dijo: ¡Dios mío, el bello cinturón que me regala mi esposo!, luego, cuando vio el volquete, preguntó con alegría: ¿Es allí donde debo yo subir?”; de Octavio Blondel, que “le acompañaba un júbilo singular hasta el fin, con lo cual edificó a muchos ignorantes y les dio el consejo de buscara un Salvador y Señor Jesucristo en su doctrina”.
Ninguno de los escritos protestantes, ni siquiera los d`Aubigné, expresa la fuerza de proselitismo de esta feliz intrepidez como una admirable página de un adversario católico, Florimond de Raemond:

Ardían entonces las llamas por todas partes. Si, por un lado, la justicia y la severidad de las leyes contenía al pueblo en su deber, del otro, la pertinaz resolución de los que eran llevados a la horca les hacía perder antes la vida que el valor y admiraban a muchos.
Puesto que veían a sencillas mujercitas buscar el tormento para dar prueba de su fe, y, caminado hacia la muerte, no gritar sino Cristo, el Salvador. Cantando algún Salmo; a los jóvenes vírgenes marchar cara al suplicio con más ilusión que si se tratará de hecho nupcial; a los hombres, alegrarse viendo los terribles y escalofriantes preparativos y utensilios de muerte dispuestos para ellos, y, medio quemados y asados, contemplar desde lo alto de las hogueras, con una energía invencible, los golpes de tenazas recibidos, con un rostro y un porte lleno de alegría en medio de las ganzúas de los verdugos: ser como peñascos que reciben las olas del dolor; en una palabra: morir con la sonrisa en la boca
[xxix]

La mayor parte de estos mártires habíanse dedicado a la predicación y a la propaganda y continuaban muchas veces sobre el patíbulo, entes de que se tomara la precaución de arrancarles la lengua: tal fue Alcxandre Canus que no cesó “estando sobre el volquete, de amonestar al pueblo y sembrar la Palabra del Evangelio”, después de lo cual, “habiendo obtenido el permiso de hablar antes de ser ejecutado, hizo un sermón excelente y de maravillosa eficacia, que duró largo rato, enseñando su fe y principalmente la Cena de Señor”. Mas, ordinariamente, la fe de los fieles se alimentaba sobre todo de los libros, “ministros mudos para aquellos que se encuentran desposeídos de toda predicación”, escribe Crespin y nos muestra a “los fieles hambrientos de ser instruidos por el ministerio de dichos libros”. Naturalmente, se trataba ante todo de la Biblia, en una de las casi innumerables ediciones del famoso Robert Estienne (1503-1559)
[xxx], antes de que se hubiera extendido la de Olivetan. Sin embargo, existían aquellos “libritos del siglo XVI” que Henry Hauser ha hecho conocer en sus Études sur la Reforme francaise (París, 1909):
El pequeño libro en 8 de aquel tiempo, cuyo formato no supera casi a nuestros pequeños en 16,· y que sólo está compuesto por cinco o diez hojas impresas, fácilmente se desliza en la hoja del vendedor ambulante. Portátil y manejable, jugó un papel análogo al de la gaceta del siglo XVII, el periódico de nuestra época. Bajo esta forma ligera, incontrolable, ha penetrado en los medios más diversos toda una literatura reformada. Traducciones de Lutero, pequeños tratados, colecciones de plegarias, se han extendido por todas partes. Las escuelas principalmente –las persecuciones dirigidas contra los maestros de escuela dan fe de ello- se han visto invadidas por esta literatura, que ha revestido todos los disfraces
[xxxi].
El transporte desde el extranjero (principalmente desde Ginebra) y la difusión de esta literatura estaban a cargo de los colporteurs que fueron los propagandistas más numerosos, cuya cantidad e importancia a menudo se ha exagerado: mercaderes de oficio, nada indiferentes a una mercancía muy bien pagada,
[xxxii] pero que pronto se tomaban la cosa en serio hasta llegar a morir cantando salmos, como Macé Moreau de quien nos habla Crespin; militares celosos como “Guillermo Husson, boticario fugitivo de Blois para la Palabra de Dios”, que se fue alegremente al Parlamento de Rouen “a sembrar algunos libritos sobre doctrina de religión cristiana y de abuso propio sobre las tradiciones humanas”; correctores de imprenta y libreros, entre los cuales sobresaldrá Philibert Hamelin, de Turena, que conquistó para la Reforma la península de Arvert[xxxiii]. Editor en Ginebra, trajo todos sus impresos y los expandió a través de Francia. Siguiendo a pie sus mulos, aprovechaba la ocasión para evangelizar por los caminos:
Muchos fieles, nota Crespin (I, 469), han dicho de él que, a menudo, yendo por el país, espiaban la hora en que los campesinos tomaban su comida como tienen por costumbre bajo un árbol o bien bajo la sobra de un haya. Y allí, fingiendo descansar junto a ellos, aprovechaban la ocasión sirviéndose de medios sencillos para instruir en el temor de Dios, y acostumbrarles a rezar antes y después de las comidas, con tanta mayor razón cuanto que era él, Dios, quien les procuraba todas las cosas por amor de su Hijo Jesucristo. Y entonces, preguntaban a los pobres campesinos si quisieran que él mismo rogase a Dios por ellos. Unos lo aceptaban con gran satisfacción y quedaban edificados, otros se extrañaban ante cosas poco habituales, algunos se lo quitaban de encima porque les explicaba que se hallaba en camino de condenación sino creían en el Evangelio.
Pero era preciso, además, que la ignorancia no limitará el éxito de esta propaganda por los impresos. Tal ignorancia no era, sin embargo, tan general como se supondría
[xxxiv] y quien se empeñaba en ello acababa por superarla, aunque no llegase a los resultados de aquel campesino de las cercanías de Guìllestre, Esteve Brun, de quien escribe Crespin (I, 335):

Aunque no habiendo nunca frecuentado las escuelas, sabía leer y escribir en francés y estaba habituado durante su labor a la lectura del Nuevo Testamento en versión francesa; su trabajo servía para manutención de su familia y su lectura para instruirlo en el temor de Dios. Y a pesar de que los sacerdotes…le contradecían muy a menudo no sabían reprocharle otra cosa fuera de su ignorancia del latín y de que solo leía esta Santa Escritura a crédito de otros…Estos reproches tuvieron en él tanta fuerza que se habituó a comparar la versión latina con la francesa de manera que consiguió con gran esfuerzo y con frecuentes comparaciones de las dichas traducciones entender y aducir en latín los pasajes del Nuevo Testamento.

Todavía más fuertes, ciertamente, que la influencia de los libros y casi igual que la muerte triunfante y feliz de los mártires eran el ejemplo y la atracción que despertaban los “evangelios” en su vida de cada día. De un de ellos, el pica pedrero de Turena Octovien Blondel, escribe Crespin (I, 528):

Teniendo un buen conocimiento de la verdad del Evangelio, se comportaba con tal integridad y plenitud que era apreciado y honrado no solamente por los de su misma religión, sino incluso por otros comerciantes con quienes conversaba, de modo que había llegado a adquirir gran crédito y autoridad.

Hallándose en Lyon, “hospedado en el palacio, siendo como era de espíritu liberal, lleno de dulzura, no podía sufrir muchas de las palabras impúdicas y de las manera supersticiosa de su huésped y de los familiares de éste sin reprenderlos y amonestarlos”. De los protestantes de Troyes, dirá Nicolás Pithou, su contemporáneo:

En la juventud antes tan depravada notábese, al ser tocada por la predicación de la Palabra de Dios, un cambio tan brusco y tan extraño que los mismos católicos quedaban muy sorprendidos. Porque algunos de ellos, entregados antes a sus placeres…dejaban su vida pasada y la detestaban.

Pero todos estos puritanos de la primera Reforma no tenían en modo alguno mentalidad de separado. Crespin nos cuenta de Joan de Caturce que,

Hallándose en una cena la víspera llamada de los Reyes consiguió que todos cuanto estaban con él en vez de gritar, como era de costumbre, ¡”el rey bebé”! tuviesen por lema del banquete ¡”Cristo reina en nuestro corazones”!, igualmente que después de haber cenado cada uno de ellos expusiera ordenadamente alguna cosa de la Escritura (en lugar de abandonarse a comentarios deshonestos o al baile) y entonces de Caturce habló mucho mejor que los otros.

Pronto se vieron dotados estos primeros evangélicos de aquel canto religioso que tuvo y que sigue teniendo una importancia tan considerable en la propagación del Reforma. Se ha dicho que Marot empezó en 1533 la traducción del salterio por el salmo 6
[xxxv]. Muy pronto estos salmos del poeta de moda se hallarían en los labios de todos, a veces acompañados de música profana, vivaz y atractiva[xxxvi]. Serán susurrados en al Corte por unos personajes incluso tan poco protestantes como Enrique II y Diana de Poitiers. Vino pronto el tiempo anunciado por Marot en el que llegaba a oírse:

El campesino junto a su carro,
El carretero en su camino
Y el artesano en su taller
Solázanse en su trabajo
Con un salmo o un cántico.

Feliz el que oirá al pastor
Y a la pastora en el bosque
Hacer que piedras y lagos
Canten con ellos la grandeza
Del santo nombre de su creador.

Y Bernard Palissy
[xxxvii] nos hace esta descripción bien conocida de los primeros evangélicos de Saintes, unos obreros:

En aquellos días hubierais visto los domingos a los compañeros de oficio pasearse por los prados, por los bosques y por otros lugares placenteros cantando en grupos salmos, himnos y cánticos espirituales, leyendo e instruyéndose unos a otros. Hubierais también visto a los jóvenes y doncellas sentadas en grupos por los jardines y otros lugares deleitándose en cantar toda suerte de cosas santas.

Primeros cultos evangélicos
Lecturas espirituales, su comentario, salmos y cánticos, y también, sin duda mutuas exhortaciones y plegarias: esta aparición espontánea de un mínimo servicio divino acaba de manifestar que éste “luteranismo” francés poseía ya aquellos grupos piadosos, aquellos Haufen, en los que el reformador había visto la forma necesaria pero suficiente de la Iglesia visible. Florimond de Raimond nos da numerosas noticias de la vida espiritual de sus miembros:

Cada uno de ellos vivía a su manera en su celda y rogaba a Dios a su estilo propio, como si antes de ellos no hubiera jamás en el mundo ni cristiandad ni Iglesia, ni forma alguna de rezar, de recibir los sacramentos y de servir a Dios. Los fieles se llamaban a sí mismo hijos de Dios: de modo semejante obraban los antiguos herejes como puede verse en san Agustín.

Pero esta etapa de aislamiento duraba poco:

Y si, en alguna ciudad, conseguía formar un pequeño grupo del Señor, se reunían a escondidas en cuevas (grutas) o lugares secretos para hacer sus oraciones, hablar de las cosas de su religión y de los medios de hacerla progresar. Unos llevaban consigo ejemplares de las confesiones de Sajonia (la Augustanza), otros de la de Zürich, la mayoría de la de Ginebra, la cual había de ganar poco más tarde la primacía sobre el luteranismo.

A menudo estas reuniones tenían lugar por la noche de donde se originaron las suspicacias y las acusaciones de desorden sexual, que el panfletario desarrolló abundantemente. Para los parisienses, las “Iglesias secretas” se reunían en los bosques que rodeaban la capital. Naturalmente tales grupos aprovechaban el paso de predicadores, de vocación u ocasionales, en particular, de monjes, como el jacobino Canus, quien “donde podía iba sembrando valientemente la doctrina del Evangelio”, y particularmente en Lyon “con gran auditorio”.
Calvino y el ambiente ginebrino habían de mostrase, más tarde, muy reticentes, respecto a estos rimeros núcleos evangélicos espontánea y débilmente organizados. Es, pues, muy interesante enterarnos a través de Forimond de Raemond de que el futuro Reformador participo y enseñó en uno de ellos. Ello fue en 1534, después de su uida de París. Pasando por Poitiers agrupará algunas personalidades de la ciudad en un “primer concilio calvinista en un jardín y les llevó a una cantera:

Allí, Calvino, hacía la exhortación. Así era llamado al principio, al sermón. Invocando al Espíritu Santo, para que tuviera a bien descender sobre el pequeño rebaño que se reunía en su nombre, leía algún capítulo de la Escritura, y entonces aclaraba, o más bien complicaba sus dificultades. Cada uno podía decir su opinión como si se tratara de una disputa privada. Esto prosiguió durante cierto tiempo
[xxxviii].

Se trataba, pues, del estudio de la Biblia en común tal como ya lo hemos hallado en estos grupos piadosos. Calvino lo instituirá más tarde en las reuniones pastorales en Ginebra, pero sin extenderlo a los laicos, a quien sus propias concepciones culturales sólo concedían el derecho al silencio. Todavía es más digno notarse –teniendo en cuneta la interdicción que había de pronunciar luego contra la administración de los sacramentos fuera de las Iglesias regularmente “construidas”- que entonces distribuía la comunión de sus compañeros de Poitiers: “Conduciendo a los primeros iluminados a las grutas de Crotelles –escribe Raemond- les enseño esta nueva manducación antes de haber conformado del todo el orden que estableció en su Cena”. Más tarde veremos en que consistía.

La primera eclesiología de Calvino
A partir de este momento, Calvino trabajaba ya en su Institución, impresa luego en Basilea. H. Strohl ha señalado en ella “el resultado de los estudios y las reflexiones de un sabio francés joven, que no había conocido aún por experiencia las exigencias pastorales y que vivía en el extranjero como refugiado”; podríamos añadir, sin duda: “y de un antiguo miembro, al menos ocasional, de los grupos evangélicos de su país”. La Iglesia no tiene en este un lugar muy considerable, y en esto precisamente nos encontramos ante la primera actitud de la Reforma, más preocupada por la verdad y la salvación que por la vida cristiana. No tiene tampoco la Iglesia un sitio determinado, puesto que de ella se trata, en esta edición, en pasajes distintos y dispersos. La visión que de ella nos da es propiamente luterana; y enlazando así con la concepción de posprimeros reformados franceses. La Iglesia es la reunión de los elegidos, universus numerus electorum. Por ella es invisible y, propiamente hablando incognoscible. Es cierto que cada cual puede y debe saber si forma parte de ella, pero lo desconoce de los demás, aunque existan algunos signos de la elección: vida cristiana y uso de los sacramentos. Un “juicio de caridad” permitirá, como máximo, suponerlo, y, por tanto, reunir una agrupación humana que pretende representar a la Iglesia, cosa a que nos obliga el pasaje de Mateo XVIII, 17, en que Cristo habla de ellos como de una asamblea que tiene una disciplina.
¿Cómo juzgar acerca de la legitimidad de estas agrupaciones que pretenden proporcionar a la Iglesia invisible una especie de visibilidad fragmentaria e imperfecta? A este respecto Calvino hace suyas las notae, las “consignas” luteranas: simple predicación de la palabra, administración correcta de los sacramentos. La Iglesia, por ser la reunión de los verdaderos cristianos ha salido de la enseñanza. Cuando Cristo ordenó a sus apóstoles que predicasen y que administrasen el bautismo todavía no existía una Iglesia (cum nomdum esset hulla ecclesiae forma constituta). Hoy una cierta eclesiolatría protestante quiere ver en todas partes de la Escritura a la Iglesia en particular a partir del ministerio humano de Cristo: la Reforma estaba muy interesada en dotarla siguiendo en esto a la tradición en el momento de Pentecostés, de manera que señalaba claramente que la Iglesia no precedía al mensaje ni a los sacramentos, sino que ha salido de ellos, puesto que si bien la Iglesia tiene prioridad cronológica puede tener pretensiones a la superioridad de sus tradiciones.
A pesar de ello, los treinta años de la experiencia de la Reforma habían puesto de manifiesto, contra la certeza de Lutero que no basta que sea predicada de manera pura la Palabra para que se realice ya la promesa de Isaías LV, 11, (“no vuelve a mí sin efectos”); es preciso, además, que sea “escuchada rectamente”, como la lluvia es recibida por la tierra. Y gracias a esto se formará no la Iglesia, sino aliqua Ecclesia: la misma Iglesia humana es más bien un acto de fe que un objeto de nuestra vista. Y por lo que toca a subextención, ésta no supera al grupo local. Más todavía que el mismo Lutero, Calvino se apoya en el texto de Mateo (XVIII, 20), cara a los pequeños rebaños y a sus partidarios. “Donde están dos o tres personas reunidas en mi nombre, yo estoy en medio de ellos”. Y de este modo se confirma este principio esencial de la Reforma, la “particularidad” de la Iglesia de la cual ha escrito Karl Barth: “El Nuevo Testamento ignora por completo la noción de una Iglesia general organizada o por organizar, o simplemente ideal, respecto a la cual las comunidades particulares no serían más que partes”.
[xxxix]
Notas
[i]. Articulo del “Scottish Journal of theology”, 1955, citado por D. NAUTA, Calvin Leader and Example, p. 241. Powell llega a una conclusión favorable al reformador.
[ii]. Véase la Bibliografía general.
[iii]. Profesor hasta cerca de 1534 en diversos colegios parisienses, entre ellos el de la Marca (1524-1528), se vio arrastrado, por su conversión a las ideas nuevas, a Nevers, después a Burdeos, desde donde fue llamado a Ginebra. E. A. BERTHAULD, Mathurin Cordier et l’enseignement chez les prmiers calvinistes (París, 1875); J. LECOULTRE, Mathurin Cordier et les origenes de la pédagogie protestante dans les pays de langue francaice (Neuchatel, 1926); P. MESNARD, Mathurin Cordier (1479-1564) (“Foi, Education”, abril-junio 1559, pp76-94).
[iv]. Acerca de su fundador: A. RENAUDET, Jean Standonck. Un refomateur catolique avant la Reforme (“Bul. Soc. Hist. Prot. fr.”, 1908, pp. 1-81, refundido en su recopilación Humanisme et Renaissance). Véase también: M. GODET, Le collège de Montaigu (“Revue des Études rabelaissienes”, 1909); id.,La congregation de Montaigu (París, 1912); I. RODRÍGUEZ –GRABIT, Ignace de Loyola et le collège Montaigu (Bibl. Hum. rem.”, 1958, pp. 388-401).
[v] J. BOUSSARD, L`Université d`Orleáns et l`humanisme au début du XVIè siècle (revista “Humanismo et Reinaissance”, 1938).
[vi] E. J. de GROOT, Melchior Wolmar. Ses raports avec les protestans francais et suises (“Bull. Soc. Hist. Prot. fr.”, 1934).
[vii]. R. LEBEGUE y otros, El Humanismo europeo y las civilizaciones de Extremo Oriente. La universidad de París en tiempo de Calvino y de San Francisco Javier (“Bol. Asoc. Hist. Prot. fr.”, 1934).

[viii]. A. M. Hugo, Calvino y Séneca. Un profundo estudio de Calvino comentado por el “De clementia” de Séneca, año, año 1532 (Groningue, 1957).
[ix]. Supra, p. 215.
[x]. Supra, pp. 215-216.
[xi]. Marot, que también estaba allí fue encarcelado y tuvo que partir: A. MAYER, La salida de M arot de Ferrara (“Biblio., Hum. Ren.”, 1956, pp. 197-221). Véase también página 216.
[xii]. Supra, p. 225.
[xiii]. Repetimos aquí, en gran parte, textualmente, las pp. 70-74 de nuestra Historia del protestantismo, completándolas.
[xiv]. Por otra parte, reivindicaba igualmente el derecho de explicar, y muy “sutilmente”, los textos sagrados para mejor “servir a Dios”: Bien es verdad que nos conviene tomar de la Escritura la regla así de nuestros pensamientos como de nuestras palabras; en ella debemos apoyar todos los pensamientos de nuestro espíritu y toda las palabras de nuestra boca. Más ¿Quién podrá impedirnos que expresemos con palabras más claras las cosas que son oscuras en la Escritura, y que esto se haga sin demasiada libertad y en algunas ocasiones? A este principio tan peligroso, aun cuando se apoye en el “testimonio del Espíritu Santo” (por cuanto se encuentra tan cerca del iluminismo o de la arbitrariedad), Calvino añadía una exégesis muy personal, a menudo tocando la solicitación de textos.
[xv]. Véase también en el tomo siguiente, el preámbulo puesto por Calvino a la confesión de fe enviada al sínodo parisino de 1559.
[xvi]. Institución, IV, cap. XVII, párrafo 10. Véase el artículo de F. BLANKE los juicios de Calvino acerca de Zuinglio (“Zwingliana”, 1959).
[xvii]. Comentario a I de Cor. 11:24. sacamos este texto del Calvino de FR. WENDEL, que ha sabido revalorizar notablemente el cristocentrismo del reformador.
[xviii]. Los orígenes de la Reforma, t. IV, pp. 88-89.
[xix]. W. WALKER, Juan Calvino (trad. WEISS, 1909), pp. 452-453.
[xx] “Congregación celebrada en la Iglesia de Ginebra por M. Juan Calvino, en la cual la materia de la elección eterna de Dios fue sumaria y claramente expuesta por él, deducida y ratificada por el común acuerdo de sus hermanos ministros rechazando error de un sembrador de doctrina falsa que descaradamente había vomitado su veneno” (Calvino, hombrede Iglesia, 1936, pp. 58-130).
[xxi]. “El pensamiento político de Calvino no podría ser comprendido si sólo se quiere ver en él una metafísica del Estad, basada únicamente en una doctrina teológica” (J. BOHATEC, Doctrina de Calvino sobre el Estado y la Iglesia).
[xxii]. La juventud de Calvino, p. 125.
[xxiii]. Calvino los distingue teóricamente (Institución, IV, XI, 3), pero los trata en el mismo libro de la Institución, como si los dos fueran “medios exteriores y auxilios de los que Dios se sirve para unirnos a Jesucristo su Hijo y retenernos en Él”. Los une explícitamente en los sermones sobre la 1ª epístola Timoteo (Opera, LIII, cols. 130 y 138). Veremos como acepta dar leyes al Estado y admite que los pastores sean nombrados por las autoridades, que, en último recurso, deciden incluso en cuestiones dogmáticas. Los magistrados, afirman estos sermones se ocupan en conservar la religión, mantener el servicio de Dios y conseguir el orden para que las santas asambleas sean debidamente administradas con reverencia. Compárese con las Leyes, VI, 759 b 7 760.
[xxiv]. Parecidas constataciones se habían ya efectuado a propósito de aquel que fue el compañero de ideas más próximo de Calvino, después de haber sido, en Estrasburgo, su inspirador, Bucero, y a propósito de su De regno Christi, en el que Platón es invocado veinticinco veces: “El reino de Cristo sobre la tierra tal como lo imagina Bucero, ¿no será más que una traducción cristina de la República totalitaria de Platón? Es licito pensarlo…” M. WENDEL (Introducción p. XLV) se afana en salvar la espontancidad de la fe y de la acción del Espíritu Santo en el alma del creyente”. Pero Bucero, después de haber justificado, con la ayuda de muchos textos bíblicos, la pena de muerte contra los incrédulos, termina como si se tratará de un argumento concluyente: “Incluso Platón ha creído que el verdadero y propio oficio de retórico consistía en que todos cuantos hubieran delincuido se acusaran delante de los magistrados, acusaran también a sus prójimos y parientes y amigos si hubieran delincuido, y pidieran ellos mismos el castigo justo y legitimo” (p. 281). De hecho, Calvino quiso, hasta el último momento, persuadir a Server de que tenía razón al mandarle a la hoguera. Lejanos precedentes de El cero y el infinito.
[xxv]. La principal fuente contemporánea es el Libro de los mártires, de Juna CRESPIN (1554; edic. lat., 1560; última reed. Fr., Tolosa, 1885, 3 vols.) : cfr. A. PIAGET, Notas sobre el Libro de los mártires de Juan Crespin (1930); G. MOREAU, Contribución a la historia del libro de los mártires (“Bol. Soc. Hist. Prot. fr.” 1957, 173-190), y los estudios de Halkins y de otros sobre los martirologios belgas. De Crespin se nutre la Historia eclesiásticas de las Iglesias reformadas en el Reino de Francia, preparado por TEODORO DE BEZA (Ginebra, 1580; últimas ed. por P. VESSON, Tolosa , 1882, 2 vol., y por G. BAUM, E. CUNITZ y R. REUSS, París, 1883-1889, 3 vols.). Esta historia es completada con provecho por la réplica de un magistrado católico de Burdeos, inclinado primero a favor de la Reforma; Florimundo de RAEMONDO, en su Historia del nacimiento, progreso y decadencia de la herejía de este siglo (París, 1605, 2 vols., y otras ed.). Véase también N. WEISS, La cámara ardiente (1540-1555) (París, 1889).
[xxvi]. “Yo no conozco a ningún luterano –decía un gentilhombre provenzal en la mesa del Arzobispo de Ais, a propósito de los luteranos de Luberon (CRESPIN, ED. Tolosa de Lenguadoc, I, p. 386)- y no sé que cosa sea luterería, sólo sé que Vos llamáis luteranos a los que predican la doctrina del Evangelio”.
[xxvii]. Supra, pp. 215-216.
[xxviii]. CRESPIN, ed. de Tolosa (de Lenguadoc), I, p. 348.
[xxix]. “Me acuerdo que, cuando Anne de Bourg, consejero del parlamento de París, fue quemado (1559), todo París se maravilló por la constancia de este hombre. Derramábamos lágrimas de dolor en nuestros colegios al volver de este suplicio y lamentábamos su causa después de su fallecimiento, maldiciendo a estos jueces que le habían condenado justamente. Su predicación poderosa sobra la pira hizo más daño que cien ministros juntos”.
[xxx]. Cuarenta y una publicadas en treinta y siete años, a saber, ocho Biblias completas, una en francés; ocho nuevos testamentos, dos con el texto francés; las otras eran fragmentos de textos sagrados, siete de los cuales contenían comentarios de Calvino.
[xxxi]. Citemos solamente, según Hauser, el Alfabeto o instrucción cristiana para los niños (Lyon, 1558), empezando por el alfabeto o el silabario, en el que los Diez Mandamientos “estaban puestos en ritmo por Clemente Marot”, la interpretación reformada de la Cena claramente enseñada y el Ave María cuidadosamente olvidada entre las “Devotas y cristianas oraciones, que deben aprenderse y recitarse ordinariamente, no sólo por los niños, sino también por todas las personas cristianas”. Véase también G. BERTHOUD, “Libros seudo-católicos de contenido protestante”, en Aspectos de la propaganda religiosa (Ginebra, 1957, pp. 143-154). Ejemplos posteriores manifiestan más bien un piadoso sincretismo: H. DANNREUTHE, La confesión de pecados de la liturgia de las I. R. de Francia en un libro de piedad católica (“Bol. Soc. Hist. Prof. fr.”, 1909, páginas 158 y ss.), al servicio de los “convertidos sinceros” adictos a este texto de su antigua fe.
[xxxii]. RAEMOND (II, fol. 169, V.·): “Estos camaradas de imprenta, y las ganas de lucro que había ya experimentado y con el fin de tener más fácil acceso a las ciudades y por los campos en las casas de la nobleza, algunos de ellos se hacían vendedores de adornos para las damas, escondiendo en el fondo de sus bolsos estos pequeños libros que ofrecían a las jovencitas, pero esto era a hurtadillas, como tratándose de una cosa que ellos poseían muy rara, para despertar mejor la curiosidad”. Crespin escribe (I, p. 560) que el albigense Jean Joëry y su criado, volviendo de Ginebra en 1561, “para aprovechar algo su viaje y para consolar también a los fieles de su país, venían cargados de buenos libros”.
[xxxiii]. J. D. SAUVIN, Filiberto Hamelin, mártir hugonote en 1557 (Ginebra, 1957).
[xxxiv]. “Si ven –escribe un mártir- un Nuevo Testamento en las manos de un mecánico (artesano u obrero), dicen en seguida que es un hereje; y, en cambio, se le permite tener cualquier libro de amores y locuras”.
[xxxv]. F. BOVED, Historia del salterio de las Iglesias reformadas (París, 1872); O. DOUEN, Clemente Marot y el salterio hugonote (París, 1878-1879, 2vols.); J. P. VER, La cantinela hugonote del siglo XVI (Realvilkle, 1918); E. HAEIN, El problema del canti sagrado en las Iglesias reformadas y el tesoro de la Cantilena (1926); P. DEVOLUY, El salterio hugonote, Colección de 54 antiguos salmos en su forma auténtica (1928); E. DOUMERGUE, El verdadero canto del verdadero salmo hugonote (Zurich,1929); id; La música original de los salmos hugonotes (ibid 1934); A. CELLIER, “La música calvinista y los salmos en el siglo XVI”. T. I de la Historia de la música de la “Enciclopédie de la Pléyade” (París, 1960), pp. 113411551. Véase también infra pp. oo.
[xxxvi] . “Es curioso en extremo, observaba Devoluy, encontrar, por ejemplo, en la melodía del salmo LXV de Beza, O Dios, la gloria que Te es debida – Te espera dentro de Sión…el tema de la canción profana y alegre Petite camusette – A la mort m`aves mis”. Estas semejanza parece que hacía sonreír a Calvino, pero él era, en principio, contrario a estos reemplazos, que fácilmente quedan en la memoria por causa del mismo ritmo, mientras que Lutero admitía el uso de bellos aires, incluso pervertidos por el uso mundano y que el Souterlie de Lens, de Amberes (1540), da a los 150 salmos flamencos unos aires populares holandeses, alemanes y franceses, como “timbres”; el hecho es excepcional en el salterio ginebrino: P.-A. GAILLARD, “A propósito de la música del salterio hugonote. Las melodías hugonotas ¿fueron al principio unos “timbres” para adaptar a las traducciones de los salmos?” (“Bol. Soc. Hist. Prot fr.”, 1952, pp. 200-203). Sobre las singulares fantasías de la práctica católica en estas materias: A. PONS, Derecho eclesiástico en música sagrada, t. III (San Mauricio, Suiza, 1960), páginas 89-90.
[xxxvii]. L. AUDIAT, Estudios sobre la vida y trabajos de Bernardo Palissy (París, 1868); E. DUPUI, Bernard Palissy (ibid; 1894); N. WEISS; El origen y los días postreros de Bernard Palissy (“Vol. Soc. Hist. Prot. fr.”, 1912, pp. 369 y ss.); A. M. SCHMIDT, La teodicea calvinista de Bernardo Palissy (“Fe y Vida”, 1934, pp. 818 y ss.); P. ROMANE-MUSCULUS, Bernardo Palissy (ibid; 1935, pp. 609 y ss.). Las Obras de Palissy, vueltas a publicar por ANATOLE FRANCE (París, 1880), han sido reeditadas en seguida por B. FILON, con una noticia de L. AUDIAT (Niort, 1888, 2 vols.).
[xxxviii]. T. II, fol. 18. La veracidad del episodio ha sido discutida: cfr “Bol. soc. hist. Prot. fr.”, 1858, pp. 85 ss.
[xxxix]. Conocer a Dios y servirle (comentario de la Confesión de fe escocesa de 1560) (Neuchâtel y París,

Transcripción: Lemuel Reyes
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¿QUIÉN ES Y QUIÉN FUE CALVINO? INTERPRETACIONES RECIENTES
Eberhard Busch



Versión de L. Cervantes-Ortiz

1. Interpretaciones anteriores
Cuando miramos atrás en cuanto a las interpretaciones de Calvino de 100 años para acá, encontramos una amplia variedad de puntos de vista, si bien han definido durante décadas la apreciación de este reformador. Según Albrecht Ritschl, Calvino confundió y combinó la diferenciación luterana entre la Iglesia como agente de gracia y el Estado como agente de la “ley y el orden”. Así, Calvino pudo haber dicho algo impensable para los luteranos alemanes, esto es, que cada persona es igual ante la ley y que el derrocamiento de los tiranos por parte del pueblo es legítimo.
[1] Más recientemente, en 1940, Dietrich Bonhoeffer repitió esta afirmación en su Ética.[2] En contraste, Jacob Burckhardt, el historiador de la cultura, en Basilea, señaló: “La tiranía de un solo hombre nunca fue promovida mejor que por Calvino, quien no sólo hizo de sus convicciones privadas una ley general y oprimió o confinó las demás opiniones sino que también insultó a todos constantemente considerando los asuntos más inocentes de prueba (taste)”.[3] Siguiendo esta línea, el poeta Stefan Zweig utilizó, en 1937, esta caracterización de Calvino para acusar a Adolf Hitler de ser un hombre satánico.[4] Incluso Karl Barth escribió que, al considerar a Calvino vienen a la mente palabras como tiranía y fariseísmo. “A ninguno de nosotros... le gustaría haber vivido en esta santa ciudad [Ginebra]”.[5]
Las tesis ampliamente difundidas de Max Weber acerca de que Calvino fue uno de los padres del capitalismo fue repudiada por Ernst Troeltsch antes de que lo hiciera André Biéler.
[6] Según Troeltsch, fue más bien el caso del “socialismo religioso”, a comienzos del siglo XX, que surgió dentro de la tradición reformada, siguiendo los pasos de Calvino, muy diferente del luteranismo conservador y antidemocrático.[7] En contraste con Troeltsch, Charles Hodge en Princeton, vio a Calvino como un representante de la doctrina luterana de “los dos reinos”. Pensaba que la Iglesia como tal no tenía nada que ver con asuntos seculares. Esto fue verdad incluso si, continúa Hodge, los políticos no silencian a los representantes de la Iglesia, cuando ellos dan testimonio de la verdad y la ley de Dios.[8] De la misma manera, el holandés Abraham Kuyper declaró que por un lado el calvinismo distinguió fuertemente entre la Iglesia y el Estado, incluso en la cultura, pero por otro lado afirmó que ambos están directamente sujetos al gobierno divino.[9] Lo que es verdad dela mayoría de estas interpretaciones es que todas hablan más generalmente del llamado calvinismo que de Calvino como tal o, como señaló Stanford Reid en 1991, hablan frecuentemente de Calvino, “sin tomarse la molestia de observar que dijo él realmente”.[10]

2. El núcleo de su teología
Probablemente sea cierto que cada época influye en los resultados de la investigación a la hora de formular preguntas. Pero uno debe decir, también, que los estudiosos de décadas anteriores “han hecho grandes esfuerzos” para escuchar cuidadosamente “lo que realmente dijo Calvino” dentro del horizonte de la Reforma, inicialmente en Francia y Ginebra. Esto ha tenido como resultado una mayor comprensión del hecho de que la Reforma de la iglesia no debe medirse solamente por la figura de Lutero, como se hacía antes, sobre todo en Alemania. Ha quedado cada vez más claro que la formulación de la doctrina de la justificación no es la única diferencia decisiva entre la Reforma Protestante y el catolicismo romano. Esto debe afirmarse aun cuando Calvino ciertamente enseñó que la justificación por la gracia sola, mientras, para estar seguro, insistió más que el luteranismo de su época en que la justificación y la santificación son inseparables. Al hacer eso, enfatizaba lo escrito en I Corintios 1.30: “Cristo Jesús nos es hecho sabiduría, justicia, santificación y redención”. Demostró, además, qué tan pura era su exposición de la doctrina de la justificación en 1547 en que fue la primera, en el ámbito protestante, que se diferenció de la doctrina propuesta por el Concilio de Trento, la cual era en sí misma una declaración sustantiva. Sus comentarios no se publicaron en el momento, aunque él estaba bien informado no sólo sobre el texto del Concilio sino también acerca de la discusiones conciliares. Este material no apareció en traducción alemana hasta la edición de estudio de Calvino en 1999. Como ha mostrado Anthony Lane, Calvino participó en la preparación del Concilio de Trento, especialmente en la reunión de Regensburg entre teólogos protestantes y católicos, cuya primera sesión estuvo dedicada al tema de la justificación.
[11] Y las discusiones van más allá entre los intérpretes de Calvino acerca de los alcances de esta participación en términos del entendimiento común posible entre ambas confesiones en cuanto a la afirmación paulina de Gálatas 2.6, según la cual la fe justifica sin las obras y Gálatas 5.6, sobre las obras de la fe mediante el amor.
En cualquier caso, Calvino establece en su doctrina de la justificación sobre la base de la Reforma Protestante. No obstante, la diferencia decisiva con Roma se encontraba, para él, en otro aspecto. Bernard Cottret escribe en su biografía de Calvino, publicada en 1995 en París, que el llamado episodio de los panfletos (placards) a fines de 1534 en París representó para Calvino el punto de ruptura. Estos panfletos, colocados en varios lugares, dirigían una fuerte crítica a la misa católica basándose en la carta a los Hebreos: Cristo es el único mediador y el único sacerdote; mediante su sacrificio único transforma en ilusoria la dignidad sacerdotal de los oficiales eclesiásticos humanos, algo central para el pensamiento católico.
[12] Este contraste fundamental fue grabado en la mente de Calvino cuando el rey Francisco I preparó una procesión a lo largo de París, y al mismo tiempo eran “sacrificados” algunos “herejes”, es decir, fueron asesinados por oponerse a la doctrina del sacrificio.[13] Al procesar todo esto, Calvino no optó por el servicio de predicación medieval como hizo Zwinglio, ni la liturgia dejó de tener importancia para él. Asimismo, como ha mostrado recientemente Christian Grosse, comenzó a desarrollar una liturgia siguiendo el modelo de la iglesia antigua.[14] Como su centro el Espíritu Santo “nos” comunica en la Cena del Señor la reconciliación con Dios mediada por Cristo, y en gratitud por ello, “nosotros” testificamos en el mismo evento que somos su comunidad. Calvino, el cuestionado soberano todopoderoso de Ginebra, no fue capaz, sin embargo, de persuadir al gobierno de la ciudad para que, según su profunda convicción, la Cena del Señor se realizase en cada servicio divino, acompañada por oraciones públicas (esto es, el Salterio) y la interpretación de la Sagrada Escritura (no como varias perícopas seleccionadas de la Biblia, sino como lectio continua, exposición de todos los libros de la Biblia).[15]
El volumen de discusión dedicada a la correcta comprensión de la eucaristía en la primera edición de la Institutio Christianae Religionis de 1536 muestra que este fue, en ese momento, el punto más importante de controversia con la iglesia católica. En la última edición de la Institutio en 1559, la cual creció bastante, la crítica se amplía a la disputa sobre la comprensión de la Iglesia, y de ella se ocupa en una tercera parte de toda la obra. Uno podría decir que este es el tema de la segunda generación de reformadores. Incluso si Wilhelm Neuser está en lo cierto cuando afirma que la composición y estructura de las cuatro partes en la edición de 1559 es confusa en el detalle,
[16] es muy claro, en mi opinión, que Calvino en las tres primeras partes desea hablar de Dios el Padre, el Hijo y el Espíritu santo y que en la extensa cuarta parte se ocupa de la Iglesia, la cual es parte de los medios externos mediante los cuales Dios nos introduce a la fraternidad con él y con los demás. En esta parte de su libro Calvino discute ampliamente la doctrina católico-romana de la Iglesia. Resulta excitante que él trabaje el mismo material usado por su contraparte, aunque interpreta el material de manera distinta en los aspectos formales y sustantivos. Aborda aquí la sustancia de la doctrina católica sobre la Iglesia, para demostrar que esta doctrina ya no puede justificar el sistema papal de organización.[17] No me parece que podamos encontrar una contribución sustantiva a este problema en el luteranismo de esa época. Para Calvino éste era un asunto fundamental.
Según el punto de vista común católico y calvinista, Cristo es el mediador entre Dios y la humanidad mediante un triple oficio, esto es, sacerdote, rey y profeta. Pero, a diferencia del punto de vista católico, Calvino subraya que Cristo está vivo y, por ende, él no ha cedido ninguno de sus oficios a las instituciones eclesiales ni intenta hacerlo. Su relación con la Iglesia es como la de la cabeza con el cuerpo y no existen cabezas sustitutas. Sólo él gobierna la Iglesia y ésta es una comunidad de hermanos y hermanas, conectados todos con él y entre sí con un mutuo intercambio, tal como lo expresa el Catecismo de Ginebra de 1545.
[18] Cada miembro participa de la cabeza, pero como un miembro más de su cuerpo. Todos los cristianos participan sin la mediacón de sacerdotes humanos, directamente por la fe en Cristo, como declara la Segunda Confesión helvética (1566).[19] De esta manera, todos los creyentes participan en los tres oficios de Cristo por la fe,[20] y muestran esto en su actividad confesante, como dice Zwinglio en su Declaración de Fe de 1530.[21] Los líderes humanos de la comunidad eclesiástica son solamente miembros del cuerpo de Cristo, también, y no cabezas de la Iglesia. Muestran esto, además, en que los tres oficios bajo su liderazgo son distribuidos en diferentes personas que dirigen colectivamente a la Iglesia. Así, esos oficios, que son ejercidos por el gobierno de la Iglesia, reciben un nuevo sentido en contraste con la iglesia católico-romana. Los pastores corresponden a la enseñanza profética de Cristo y ellos no son todos sacerdotes, en o que quizá es la divergencia más profunda con la perspectiva católica. Los ancianos corresponden al oficio real de Cristo, pues tienen la tarea de dirigir la comunión y llevar a cabo a cura de almas, pero no son los soberanos de la Iglesia. Y el servicio de los dáconos hacia los pobres corresponde al oficio sacerdotal, el cual Cristo cumplió de una vez por todas en la cruz.
Pero la investigación actual sobre Calvino escasamente trabaja la cuestión en la que el reformador encontró la principal diferencia con el catolicismo de su época, aunque pienso que su punto de vista es todavía muy importante hoy, cuando los pastores reformados parecen desempeñar el papel de sacerdotes, mientras que los luteranos están un poco en aprietos debido a que su concepto de justificación ya no se encuentra separado del católico. No estoy diciendo con ello que la doctrina sobre la Iglesia fue el centro de la teología de Calvino. Preferiría describir el centro de su teología con la tesis que expone en su comentario a Jeremías: Ubi cognoscitur Deus, etiam colitur humanitas, es decir, “Adonde Dios es tomado en serio, allí hay una preocupación por la humanidad”.“
[22] Esta afirmación muestra puntualmente la preocupación de Calvino contra la tendencia de la teología luterana de olvidar la diferenciación entre la deidad de Dios y nuestra humanidad, a causa de la deidad y humanidad de Cristo, en vez de colocar esta diferencia en el honor.

3. Ediciones
Pese a todas las apariencias, la investigación actual sobre Calvino no está trabajando tales cuestiones fundamentales. Para decirlo positivamente: la investigación está comprometida fuertemente con la intención de descubrir un Calvino nuevo, y uno podría decir que lo está haciendo en múltiples pasos pequeños. Lo primero y fundamental, e incluso estrechamente relacionado con esto, es publicar todos los textos de Calvino, incluso los inéditos, y hacerlos accesibles a todos. Es verdad que textos no muy importantes no han sido impresos desde el siglo XVI, o que los divulgados desde Leiden en el siglo XVII no han sido reeditados, o nunca se imprimieron del todo. Aparte de la Institución, disponible en diversas ediciones, existen muchos textos que fueron publicados en los siglos XIX y XX en el idioma original o en traducciones: comentarios bíblicos, cartas y también docmentos polémicos. La publicación más importante y voluminosa es la Calvini Opera, iniciada en 1887, en 59 volúmenes, en su idioma original. Después apareció la edicion pequeña, Calvini Opera Selecta, editada por Peter Barth y Wilhelm Niesel, entre 1929 y 1936. Pero en las ediciones más viejas había a veces lagunas, mientras que algunas ediciones tenían deficiencias científicas, como la de comentarios bíblicos en latín de August Tholuck, de mediados del siglo XIX. Están apareciendo nuevas ediciones que intentan, por un lado, ofrecer textos científicamente bien hecho y, por otro lado, llenar lagunas. Para el seguimiento de las nuevas ediciones es indispensable el libro de Michael Bihary, Bibliographia Calviniana. Calvins Werke und ihre Übersetzungen. Praga, 2000.
Una ausencia notable ha sido cubierta desde 1961 por la colección titulada Supplementa Calviniana. Sermons inédits. Dicha colección planea presentar 600 sermones inéditos, pues, de hecho, Calvino predicó alrededor de 2400 sermones.
[23] Esta edición comprenderá aproximadamente 15 volúmenes. Cada sermón ocupa 10 páginas escritas en francés antiguo, y demuestra cómo trabajó Calvino la interpretación de las Escrituras en la Cristiandad antigua, en la iglesia medieval y en la exégesis judía.[24] N cuanto a sus comentarios bíblicos en el idioma original, aún dependemos de la Calvini Opera, con más de un siglo de antigüedad, la cual está siendo reeditada: los textos básicos son la última edición de cada obra impresa en vida de Calvino o la última vesión examinada por él. La Ioannis Calvini Opera Omnia, publicada en la Librarie Droz de Ginebra, editada por ocho prestigiados calvinólogos, fue enriquecida por referencias literarias y notas. Hasta ahora han aparecido ocho volúmenes. Contiene también la edición del Comentario a los Romanos del investigador inglés Thomas C.H. Parker. Se trata del comentario que elaboró Calvino con sumo cuidado en Estrasburgo en 1539, que revisó en 1551 en Ginebra: es decir, su primer comentario bíblico.
En vista de la dificultad que tiene mucha gente para comprender los idiomas clásicos, no sólo el francés antiguo, pero más aún el latín en que Calvino escribió tan brillantemente, la accesibilidad de sus textos en sus idiomas originales es muy reducida, incluso para estudiosos bien entrenados. El resultado es que esos textos son accesibles sólo para un limitado círculo de expertos. Sería necesario estar muy familiarizados con los idiomas que alvino dominó para entender su “rico estilo y su refinada argumentación teológica”. Pero esto significa que “quienquiera que desee dejar hablar a Calvino tiene que traducirlo”, como afirma Christian Link en el prefacio a Calvin-Studienausgabe, el cual ha editado junto con otros desde 1994. En esta edición, algunas piezas diferentes y representativas de la teología de Calvino, que no habían sido traducidas antes, aparecen en dos idiomas, el original y en alemán. Han aparecido cuatro volúmenes y se espera pronto el Comentario a los Romanos. Parece que en el futuro tales traducciones serán más y más necesarias debido al escaso conocmiento de las lenguas clásicas. Las traducciones al inglés están surgiendo también.

4. Nuevas interpretaciones
Aparte de la gran tarea de publicación de los textos de la que se ocupará la nueva investigación, por otro lado está la producción de una amplia gama de estudios individuales. Peter de Klerk ha hecho una lista de lo publicado desde 1971 en la bibliografía calviniana del Calvin Theological Journal. Es sorprendente que mucho de la investigación reciente la mitad de los textos sean notas a pie de página, las cuales con frecuencia se refieren a un gran número de trabajos que no están al alcance del lector. Además, no faltan estudios con tesis específicas que no pueden sostenerse más que como hipótesis. Tres eruditos han presentado un trabajo en el que reclaman que, debido a la falta de documentos su esfuerzo no es más que “un experimento que no responde muchas preguntas”.
[25] Existen también muchos textos que prueban con dificultad lo ya conocido. Como sucede en otras ciencias, parece que también aquí, más allá del mencionado problema lingüístico, están aumentando los tópicos especializados reservados sólo a grupos muy reducidos de expertos, mientras que el número de quienes ignoran estas materias aumenta incluso en círculos teológicos medios. No tengo solución para estos problemas, sólo una pregunta que los expertos deben rsponderse a sí mismos: ¿a quién sirven con su duro esuerzo? En mi opinión, esto puede ser respondido de manera relevante cuando en su celo por entender a Calvino, ellos se dejan “contaminar” por él, al grado de que piensan, con Calvino, esto es, que comprenden a este falible mensajero que Dios ha colocado ante él y nosotros. Calvinus Praeceptor Ecclesiae (Calvino, preceptor de la Iglesia) es el título de la reunión de ponencias del último simposio de calvinólogos. Pero, ¿Calvino fue realmente reconocido y tomado en serio como maestro de la Iglesia?
Pero no resulta agradable interrogar críticamente a la nueva generación de investigadores. Por otro lado, uno tiene que reconocer, respetuosamente, que de este modo, en muchas direcciones y formas, incluso escondidas, Calvino y su mundo son iluminados con una especie de luz distintiva y brillante. Y así como ese mundo llega hasta nosotros. Vemos a Calvino en sus relaciones con Martín Bucero,
[26] Bernardo de Clairvaux,[27] Melanchthon,[28], Lasco,[29] y sus colegas de Ginebra,[30] Agustín,[31] Pighius,[32] o el rey Segismundo Augusto von Polen,[33] y muchos más. Lo vemos también como un joven,[34] en sus relaciones con las mujeres,[35] los niños y los jóvenes,[36] los bautistas[37] o con la filosofía griega.[38] Obviamente, nos es presentado especialmente como un teólogo y como alguien ocupado con asuntos teológicos tales como la hermenéutica,[39] la antropología,[40] la doctrina de la predestinación,[41] la mediación de la salvación,[42] la escatología,[43] la doctrina[44] y la oración.[45]
No tenemos que completar la enorme lista de contribuciones. De heco, todos estos estudios no están completamente de acuerdo con los demás y tampoco se refieren el uno al otro. Sin embargo, podríamos ponerlos juntos como un rompecabezas y así no tendríamos un poco del reformador ginebrino y su trabajo ante nosotros.
Notas
[1] A. Ritschl, Geschichte des Pietismus. Vol. I, Bonn, 1880, pp. 61-80.
[2] D. Bonhoeffer, Ethik. Munich,1958, p. 43.
[3] Cit. por “. Kaegi, Jacob Burckhardt. Bd. 5, 1973, p. 90.
[4] S. Zweig, Castellio gegen Calvin oder ein Gewissen gegen die Gewalt, 1936.
[5] K. Barth, Die Theologie Calvins, 1922. Zürich, 1993, p. 163.
[6] E. Troeltsch, Gesammelte Schriften. Tübingen, 1912, vol. I, p. 713. Sobre Biéler, véase la nota 63.
[7] Ibid., p. 721.
[8] C. Hodge, Discussions in Church Policy. Nueva York, 1878, pp. 104-106.
[9] A. Kuyper, Calvinism. Six Stone Lectures (1898). Grand Rapids, 1931.
[10] W. Stanford Reid, “Early critic of capitalism” (II), en R. Gamble, ed., Articles on Calvin and Calvinism. Vol. 11. Nueva York-Londres, 1992, p. 169.
[11] Calvinus Praeceptor Ecclesiae. Papers of the International Congress on Calvin Research, Princeton, 20-24 de agosto de 2002, ed. Por H. Selderhuis, Ginebra, 2004, pp. 233-264.
[12] B. Cottret, Calvin. Biographie. París, 1995. En alemán: Stuttgart, 1995, p. 109.
[13] B. Cottret, op. cit., p. 114.
[14] Calvin-Studienausgabe. Ed. E. Busch, C. Link. Vol. 2. Neukirchen-Vluyn, 1997, pp. 137-225.
[15] C. Grosse, “Dogma und Doctrina bei Calvin”, en Calvinus Praeceptor, pp. 189ss.
[16] W.H. Neuser, “Einige Bemerkungen zum Stand del Calvinforschung”, en Calvinus Praeceptor, p. 189.
[17] Cf. Tim George, ed., Calvin and the Church. A Prism of Reform. Louisville, 1990; y St. Scheld, Media Salutis. Zur Heilsvermittlung bei Calvin. Wiesbaden, 1989 (Veröff d. Institut für Europe Geschichte. Mainz, vol. 125).
[18] J. Calvino, Catechism of Geneva, preguntas 34-45.
[19] H. Bullinger, The Second Helvetic Confession. Zürich, 1966, cap. 5.
[20] Catecismo de Heidelberg, pregunta 31.
[21] E.F.K. Müller, Die Bekenntnisschriften der reformierten Kirche. Leipzig, 1903, pp. 85, 11f.
[22] CO, 38,388.
[23] J. Calvino, Predigten über das 2. Buch Samuelis. H. Rückert, ed., Neukirchen, 1936-1961 (Supplementa Calviniana. Sermons inédits. Vol. I) p. XIII.
[24] Op. cit., XXXII.
[25] Calvinus Praeceptor, p.142.
[26] Marijn de Kroon, Martin Bucer und Johannes Calvin. Reformatorische Perspektiven. Einleitung und Texte, aus dem Niederl. H. Rudolph, Göttingen 1991.
[27] Anthony N.S. Lane, Calvin and Bernard of Clairvaux. Princeton 1996 (Studies in Reformed Theology and History, N.S. 1).
[28] Barbara Pitkin, “Redifining Repentance: Calvin and Melanchthon”, en Calvinus Praeceptor, pp. 275-285.
[29] W. Janse, “Calvin, a Lasco und Beza. Eine gemeinsame Abendmahlserklärung (mai 1556)?”, en ib., pp. 209-231.
[30] Elsie McKee, “Calvin and his Collegues as Pastors: Some insights into the Collegial Ministry of Word and Sacraments”, en ib. cit., pp. 9-42; E.A. de Boer, “Calvin and Collegues. Propositions and Disputations in the Context of the Congrégations in Geneva”, en ib., pp.331-342.
[31] J. Marius J. Lange van Ravenswaay, Augustinus totus noster. Das Augustinverständnis bei Johannes Calvin. Göttingen, 1990 (Forschungen zur Kirchen- und Dogmengesch. 45).
[32] Harald Rimbach, Gnade und Erkenntnis in Calvins Prädestinationslehre. Calvin im Vergleich mit Pighius, Beza und Melanchthon. Frankfurt u.a. 1996 (Kontexte. Neue Beitr. z. Hist. u. Syst. Theol., Bd. 19).
[33] Mihály Márkus, “Calvin und Polen. Gedankenfragmente in Verbindung mit einer Empfehlung”, en Calvinus Praeceptor, pp. 323-330.
[34] Jung-Uck Hwang, Der junge Calvin und seine Psychopannychia. Frankfurt u.a. 1990 (Europ. Hochschulschriften, R XXIII, Bd. 407).
[35] Jane Dempsey Douglass, Women, Freedom, and Calvin. Filadelfia, 1985.
[36] Jeffrey R. Watt, “Childhood and Youth in the Geneva Conistory Minuts”, in Calvinus Praeceptor, pp. 43-64.
[37] Willem Balke, Calvin und die Täufer. Evangelium oder religiöser Humanismus. Trad. de H. Quistorp, Minden, 1985.
[38] Irena Backus, “Calvin’s Knowledge of Greek Language and Philosophy”, en Calvinus Praeceptor, pp. 343-350.
[39] Alexandre Ganoczy y Stefan Scheld, Die Hermeneutik Calvins. Geistesgeschichtliche Voraussetzungen und Grundzüge. Wiesbaden, 1983; Peter Opitz, Calvins theologische Hermeneutik. Neukirchen-Vluyn, 1994.
[40] Mary Potter Engel, John Calvin’s Perspectival Anthropology. Atlanta 1988 (American Acad. of Religion. Academy series 52); C. Link, “Die Finalität des Menschen. Zur Perspektive der Anthropologie Calvins”, en Calvinus Praeceptor, pp. 159-178.
[41] Cf. nota 31.
[42] Stefan Scheld, “Media salutis”.
[43] Raimund Lülsdorff, Die Zukunft Jesu Christi. Calvins Eschatologie und ihre katholische Sicht. Paderborn, 1996 (Konfessionskundl. u. Kontroverstheol. Studien, Bd. LXIII, J.A. Möhler-Inst.).
[44] V. E. d’Assonville jr., “Dogma und Doctrina bei Calvin in einer begrifflichen Wechselwirkung: Ein Seminarbericht”, en Calvinus Praeceptor, pp. 189-208.
[45] Jae Sung Kim, “Prayer in Calvin’s Soteriology”, en op. cit., pp. 265-274.
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jueves, 7 de junio de 2007

JUAN CALVINO, POR ERICH KÄHLER

Historia universal del hombre. México, FCE, 1981, pp.327-335.

Juan Calvino nació en Noyon, en Picardía, el año de 1509 y fue educado en la familia de un noble francés. En 1523 le enviaron a París al Collége Montaigu, donde seguía sus estudios, casi en la misma época, el fundador de la orden de los jesuitas, Ignacio de Loyola. El mismo instructor español los educó a ambos. Cuando se estudia la doctrina y la obra de Calvino tienen importancia especial estos tres hechos: su nacionalidad francesa, el medio aristocrático en que se desarrolló su juventud y sobre todo, su educación por el mismo maestro que enseñó a Loyola. En el lado protestante, Calvino es la contrapartida perfecta de Loyola, que encabezó la Contrarreforma. Es el único que hasta la altura de los jesuitas, el único capaz de igualar sus cualidades. Debido a ello, y porque el espíritu de los tiempos estaba de su parte, Calvino salvó la causa protestante.

Empezó con estudios teológicos y más tarde se dedicó al derecho se familiarizó con los escritos y las enseñanzas de los humanistas que con sus criticas reforzaban la oposición a la iglesia. En este periodo, la cultura humanista representaba un papel similar a la de los literati de la Ilustración en el siglo XVIII antes de la Revolución Francesa. Sin dar el paso decisivo socavaron el sistema establecido y, lo mismo que en el siglo XVIII, la sociedad y la nobleza francesa, siempre despiertas a las modas intelectuales más avanzadas, flirtearon con las nuevas ideas hasta que éstas adquirieron gravedad. Los escritos de Lutero eran leídos y comentados con pasión.
El primer plan de Calvino consistía en realizar una purga general, una regeneración profunda de la iglesia católica a la manera de los humanistas, en especial de Erasmo de Rotterdam pero súbitamente, en 1533, tuvo una gran revolución, una experiencia parecida a las inspiraciones de los profetas, conversos y reformadores religiosos que le habían precedido, desde Pablo, Agustín Pedro Valdo y Lutero que fue herido por el rayo, a la de Zwinglio, que estuvo a punto de morir de peste. “un súbito rayo de luz —escribe Calvino— me hace comprender ahora después que mi espíritu a estado preparado desde hace mucho tiempo para dar una gran prueba en qué abismos de errores, en qué profunda inmundicia he estado sumergido hasta ahora. Por eso hice, Señor, lo que era mi deber y alarmado, y condenado con lagrimas mi vida pretérita, emprendí tu camino”.
Después de haber proclamado los principios evangélicos en un discurso pronunciado en la Sorbona en el Día de Todos los Santos de 1533, tuvo que huir al sur de Francia y poco después marchó a Basilea, en Suiza, para reanudar sistemáticamente sus estudios teológicos. El resultado de esto fue un libro que sentó los principios fundamentales de su doctrina, las Christianae Religionis Institutio, las “Instituciones de religión cristiana” que es el primer sistema de teología protestante. Ni Lutero ni Zwinglio presentaron sus principios formando un sistema teórico coherente. Aun Melanchton el teórico de luteranismo, no hizo sino dar argumentos y comentarios vagos. Las Instituciones de Calvino se publicaron en 1536 y fueron revisadas varias veces, su teoría cobró forma definitiva en 1540.
El calvinismo es una forma romanizada del protestantismo que lleva las huellas de la nacionalidad francesa y del carácter aristocrático de su creador. Es una mezcla curiosa de democratización protestante de la religión con una infusión del principio nacional y de las dotes aristocráticas para crear una élite. Se parece al jesuitismo en que se hace al protestantismo pragmático y político; introduce una disciplina fanática y una organización metódica de toda la vida individual y comunal de sus partidarios. El luteranismo reduce la religión al papel de una policía moral, que ayuda y sanciona la mucho más eficaz política del gobierno. El calvinismo, por el contrario, es una religión totalitaria que reclama dominio y control sobre todas las instituciones y actividades profanas. La preocupación religiosa inmediata lo abarca todo. Así, como tenía que abarcar la totalidad de la vida individual y comunal, las revolucionó de hecho, y al hacerlo, al inmiscuirse en los problemas sociales y políticos de su tiempo —en una forma opuesta a la del luteranismo— a un mundo secularizado.
La magnificencia y gloria de Dios es la médula de la teoría de Calvino. Su Dios adopta la forma personal de Jehová, el Dios del Antiguo Testamento. Jesús pierde importancia y la gana Dios Padre, la pierde el Nuevo Testamento y la gana el Antiguo. Y lo que se restaura con el calvinismo, sólo que con una interpretación mucho más radical y hasta aristocrática, es el antiguo concepto judío de Dios como gobernante personal omnipotente, del mundo y de éste como escenario de la gloria de Dios. En el judaísmo Dios no es un poder arbitrario, ha llegado a un acuerdo con el hombre y se ha comprometido a observar la ley. Se ha revelado y está en contacto constante con todos los seres humanos. En el calvinismo, Dios es un poder arbitrario, inescrutable en su arbitrariedad; su voluntad domina el mundo y su glorificación es la idea del mundo en su omnipotencia, ha predestinado desde un principio a la virtud y la salvación por “su piedad gratuita y con entera independencia del merito humano”, a otros los ha condenado al vicio y la maldición “por un juicio justo e irreprensible, aunque incomprensible”. Se toma como prueba de la predestinación divina el hecho de que no todos los hombres pudieran ser convertidos. Nadie está del todo seguro del grupo a que pertenece y, en todo caso, nada puede hacer por altera su destino.
Calvino va mucho más lejos que Agustín, Wyclif o Lutero pues lleva el principio paulino de la gracia de Dios hasta su límite extremo. Con su doctrina de predestinación integral causó un grave perjuicio al catolicismo que apelaba a la voluntad y el esfuerzo del hombre para poder lograr la salvación mediante buenas obras. Agustín había atribuido a la iglesia el poder de absolución. Lutero había admitido por lo menos la posibilidad de justificación por la fe pero si la predestinación es fija e irrevocable, si no puede obtenerse la salvación mediante la voluntad humana, la institución de la iglesia es minada en sus raíces mismas. La respuesta a Lutero fue que la fe no puede conquistar la salvación, y que el orden es precisamente el contrario: no habría fieles si no hubiera elegidos.
Así, la doctrina calvinista presenta vestigios de su origen francés, pues tienen un claro carácter nacional y aristocrático. Es democrática en el sentido que abole todas las diferencias de rango terrenal, social o jerárquico. Pero instituye una monarquía absoluta de Dios. Establece su propia aristocracia religiosa por nacimiento, élite religiosa de hombres puros y santos elegidos por Dios. Crea una nación y una nobleza religiosa. La palabra “nación” se justifica a este respecto porque la vida de estos santos no era religiosa de por sí, ni tampoco ritual, si no profana. Consistía en actividades profanas bajo un control confesional y moral.
Por tanto, el significado de la existencia personal ya no era la conquista de la salvación personal –que consistía hasta entonces al meta de todos los esfuerzos cristianos-, pues Dios ya había decidido quién se salvaría y quién no. Tampoco es la realización de un plan divino revelado, como en el judaísmo, de establecimiento o restablecimiento de un reino de justicia, paz y amor sobre la tierra. Aquí sólo existe el problema de la “gloria” de Dios y el despliegue de su magnificencia. Por su gloria se santifica al mundo profano y se ha de impregnar de santidad. Por consiguiente, no basta la fe interna del hombre, sino que ha de haber trabajo activo. Es cierto que el individuo no puede influir en su salvación, pero por la rectitud de su vida, puede comprobar si pertenece al grupo de los elegidos. A condición de que realice observando estrictamente las obligaciones morales y religiosas debidas, y si, en e esas condiciones, prospera en su trabajo, esto puede aceptarse como prueba de su salvación. En consecuencia, la riqueza y el bienestar son prueba de trabajo arduo y diligencia estar y puede considerarse como signo de estar en gracia de Dios. Por otro lado, la pobreza, que había sido respetada y aun exaltada por el cristianismo medieval y primitivo, llega a ser despreciable, se convierte en una prueba de ociosidad y vicio. Todo esto tendía a crear la reserva austera y la soledad del puritano, una desconfianza profunda de sus semejantes, y hasta del propio hermano, pues nadie podía saber el estado de gracia en el que el otro se hallase y si en el contacto con él podría acarrear el mal. Esto promovió el individualismo, pues cada cual podía tenía que cuidarse de si mismo. Se ordenaban la caridad y el trabajo para el bien común, pero no en beneficio del ser humano o de la comunidad humana, sino sólo para la gloria de Dios y mostrar la excelencia de su orden. Aparte de esto deben eliminarse todos los sentimientos e impulsos de justicia, caridad y compasión cuando esta en juego la majestad de Dios, y ni los elegidos y ni los condenados tienen derecho a quejarse de la injusticia.
Las regulaciones calvinistas de las actividades sociales y económicas eran severas y meticulosas, pero practicas. Calvino rompió con la condenación católica y luterana del comercio, la banca y el cobro de intereses. Hizo escarnio de la hipocresía católica que maldecía todas estas empresas en teoría y las estimulaba y explotaba en la práctica. También reconoció que ya era insostenible la posición luterana contra los métodos económicos contra los métodos económicos modernos. A esta preocupación le llevaron sus propias preocupaciones como líder de una comunidad burguesa en la cual el comercio representaba un papel importante. Quería gobernar toda la vida humana con su poder religioso, y así promovió abiertamente todas las actividades económicas y las declaró justificables, a condición de que se llevaran bajo su vigilancia y con las restricciones que él imponía. En 1611 un teólogo ingles escribía: “Calvino maneja la usura igual que el boticario el veneno”. Sólo está permitido el interés que es deseable para la producción, y aun así únicamente un cierto máximo establecido. A los pobres se les debe prestar dinero sin interés y se debe renunciar a la garantía. El deudor debe sacar de la operación una ventaja cuando menos igual a la que obtiene el prestamista. El préstamo no debería ser una profesión permanente y la búsqueda de ganancias no debes ser perjudicial para nuestro prójimo. El deudor debe sacar una ventaja de la operación cuando menos igual a la que obtiene el prestamista. Por otra parte, escribía Calvino en una carta: “¿Hay alguna razón para que las ganancias derivadas de los negocios no se han mayores que las que se obtienen de la propiedad de la tierra? ¿Cómo obtiene el comerciante sus ganancias? ¡Con trabajo, cuidados y diligencia!”. La acumulación de riquezas no sólo está permitida, sino prescrita. El hombre debe acumular riquezas para Dios de quien es administrador. Tiene que rendir cuentas de cada centavo tiene que economizar para Dios. Puede cambiara de profesión según le parezca si es capaz de servir mejor a la gloria de Dios en otro campo, y el hecho de que pueda hacerlo lo mostrará el aumento de sus ganancias. Pero es pecado disfrutar de las riquezas con una vida ociosa. Lo mismo que el hombre debe trabajar, así el dinero ganado debe permanecer activo mediante inversiones productivas. Los placeres frívolos, como el teatro, el baile y el canto se consideraban delictivos y punibles como tales en las comunidades calvinistas estrictas —como en Ginebra y Nueva Inglaterra—. La pérdida de tiempo uno de los peores de los pecados cada hora gastada en algo distinto del servicio de Dios o el trabajo significaba defraudar o robar a Dios. Además, los calvinistas estaban obligados a abstenerse de aquellas formas de hacer dinero faltas de escrúpulos que los católicos empleaban sin darles importancia, tales como la piratería, especulaciones coloniales, arrendamientos de cargos e impuestos operaciones de crédito con príncipes y monopolios. Estaban obligados a gastarse el dinero por procedimientos intensivos, por la explotación racional de las condiciones del mercado por las manufactura, y en ésta por mejores técnicas y acortamientos del proceso de producción. Cuando consideramos que estos santos profanos se obligaban a la mayor frugalidad y el aumento de la propiedad, que ponían en los negocios toda su vitalidad y celo religioso que los puritanos que vivían bajo los regímenes hostiles de Francia, Holanda e Inglaterra no podían ocupar cargos en la vida pública y dependían por entero del comercio, podemos imaginarnos por qué se vieron impelidos a promover el desarrollo de la industria, de la técnica y el capitalismo.
El capitalismo moderno, el estado de ánimo capitalista, se desarrolló y expandió a partir de esta constitución económica. No fue creada por el calvinismo, pues –como vimos- surgió de las condiciones especiales que imperaban en la ciudad artesanal alemana, pero el espíritu del calvinismo le dio su impulso decisivo de modo que se extendió e intensificó hasta dominar en Inglaterra y Norteamérica y mas tarde en todo el mundo. En el curso del rápido desarrollo económico el motivo religioso fue desplazándose en menos cabo gradual. Durante algún tiempo persistió en forma de un código moral de honestidad, pero con la avalancha creciente de la competencia y de las oportunidades que se le presentaban con la despersonalización cada vez mayor de la empresa, sólo quedó el simple esqueleto de la forma de vida puritana: la supresión de todos los impulsos humanos subjetivos —devoción por nuestros semejantes o por uno mismo—, y los placeres de la vida, la actividad profesional per se y el ritmo afanoso del trabajo. Al final, el poder y la gloria de Dios quedaron sustituidos por el poder y la gloria de los bienes. El resultado de ello fue el hombre capitalista, que ya no disfruta de su existencia como individuo, que ya no disfruta de los resultados de su trabajo, si no que consume su fuerza y sus energías en empresas gigantescas e impersonales. La empresa se convirtió en la ética de la vida. La trascendencia económica del individuo estaba completa.La estructura y el orden social de los pueblos anglosajones se ponen de manifiesto en la constitución religiosa calvinista. En el aspecto social el calvinismo, lo mismo que el liberalismo anglosajón, significa individualismo bajo protección colectiva, competencia individual salvaguardada por un gobierno autónomo. Significa un comienzo democrático y un comienzo aristocrático. El gobernante divino calvinista no reconoce diferencias de rango entre los hombres, sino sólo una diferencia de calidad, de predestinación individual que se manifiesta en la eficacia de la labor de las personas. Cuando colocamos en el lugar del gobernante divino al gobierno democrático que en teoría considera a todos los ciudadanos y que estos compiten en condiciones de igualdad y se destacan los unos de los otros por sus aptitudes naturales y eficacia personal, tenemos la estructura ideal de la democracia inglesa y norteamericana. En Inglaterra, esta democracia estaba algo atemperada por tradiciones feudales y monárquicas y por un desarrollo inicial que sigue líneas nacionales. En Norteamérica la democracia se desarrollo en su forma cabal desde el principio mismo.Sin embargo, existe una diferencia neta entre el calvinismo original, el calvinismo de la comunidad de Ginebra y el calvinismo posterior de la diáspora que estaba afectado por sus condiciones políticas y sociales desacostumbradas y que, además, sufrió la influencia anabaptista. Este último calvinismo fue el que formo la democracia anglosajona. Como Calvino pretendía el predominio de la religión sobre toda la vida humana, la reforma y la revolución del orden social y la comunidad política resultaban corolario de su doctrina. Quería crear una comunidad de hombres puros y santos, una comunidad de elegidos. La importancia revolucionaria y política de sus pretensiones no podía dejarse sentir plenamente en su parroquia de Ginebra, que había sido independiente y reformada antes de que él llegase y personalmente se sentía inclinado a ser autoritario y aristocrático. Hasta la diáspora el control sobre todos los aspect6os de la vida no condujo fatalmente a la revolución política.
En la comunidad de Calvino no había sacerdote. Cada cual debía ser su propio sacerdote. La Biblia, en su interpretación literal, fue código civil. La parroquia de Ginebra no era democrática en modo alguno. Estaba gobernada por ministros y presbíteros. Los doce presbíteros, correspondían a los doce apóstoles, eran nombrados eran nombrados por los consejos aristocráticos con ayuda de los ministros.
La difusión del calvinismo produjo efectos revolucionarios en toda Europa occidental y en el curso de estas revoluciones la democracia moderna se desarrollo paso a paso. En Holanda, que pertenecía a los Habsburgo españoles, la actividad de los anabaptistas desafió y despertó a la Inquisición, pero las fuerzas calvinistas fueron las que encabezaron la revolución. Dirigidas por Calvino y ayudadas por los refugiados franceses, se organizaron por todo el país comunidades calvinistas, que llegaron a ser centros formidables de resistencia y condujeron la guerra de liberación que desato a Holanda de la dominación española, estableció la republica Holandesa e hizo del calvinismo la religión oficial. En Francia, las comunidades hugonotes con su constitución presbiteriana en las que los presbíteros eran elegidos por la comunidad, formaron en secreto unidades independientes que tenían tendencias republicanas. El Palatinado se hizo calvinista y, como consecuencia, llegó a ser la fuerza protestante directora de la primera fase de la guerra de los treinta años. En Escocia, el movimiento protestante, bajo la dirección de John Knox, que se hallaba en estrecho contacto con Calvino, derrocó al gobierno de Maria Estuardo y también el calvinismo llego a ser la religión dominante. Inglaterra, situada entre Holanda y Escocia, ambas protestantes, tenía que convertirse en el escenario de esta lucha decisiva. Aquí se decidió el destino de la causa protestante. Esta lucha fue a un mismo tiempo una lucha contra la monarquía absoluta y más que eso, pues en ella nacieron la nacionalidad y el carácter ingles de hoy. En la fricción entre los elementos románicos y germánicos de que está compuesta, alcanzó su forma definitiva. La nacionalidad Inglesa no surgió completa sino después de este tormentoso periodo, cuando todo se hubo aplacado, a fines del siglo XVII. Y se terminó de formar al mismo tiempo que la democracia se establecía por vez primera.

Transcripción: Lemuel Reyes
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viernes, 1 de junio de 2007



¿CUÁL ES EL SIGNIFICADO DEL LEGADO DE CALVINO PARA LOS CRISTIANOS DE HOY?
Documento final de la Consulta Internacional realizada en Ginebra del 15 al 19 de abril de 2007

En 2009 se conmemorarán los 500 años del nacimiento de Juan Calvino. En Ginebra y alrededor del mundo la celebración de este aniversario ofrecerá la oportunidad de reflexionar sobre su legado y descubrir su relevancia para los acuciantes asuntos actuales. Para comenzar con este proceso de reflexión, 50 teólogos/as de diferentes continentes y países se reunieron del 15 al 19 de abril en Ginebra convocados por el Centro Reformado Internacional John Knox, la Federación de Iglesias Protestantes Suizas, la Alianza Reformada Mundial y la Facultad Teológica de Ginebra. La siguiente declaración es un resumen de sus conclusiones.
¿Quién fue Calvino y cuál es el significado de su legado para hoy? Estas preguntas de permanente importancia son especialmente urgentes ante el aniversario de Calvino en 2009. Para las iglesias reformadas, Calvino es una continua fuente de inspiración y ellas ven más allá de la celebración con un sentido de profunda gratitud y una oportunidad para su propio compromiso y renovación. Les gustaría también compartir el verdadero legado de Calvino con los cristianos de otras tradiciones y con la sociedad en general. Al mismo tiempo, están conscientes de que la imagen de Calvino es controversial y que aún hoy con frecuencia es presentada desde una perspectiva negativa. Como ningún otro reformador del siglo XVI, ha llegado a ser víctima de clichés. Cuatro estereotipos surgen invariablemente al mencionarse su nombre:

* su odioso concepto de la doble predestinación: Dios elige a algunos seres humanos para salvación y a otros para condenación;

* la austeridad moral que impuso al pueblo de Ginebra;
* su participación en la muerte de Miguel Servet;
* su papel en el desarrollo histórico de la modernidad, especialmente en el surgimiento del capitalismo moderno. Para algunos es uno de los padres de la modernidad, y para otros contribuyó a la emergencia de una espiritualidad orientada hacia la prosperidad.

Aunque estas percepciones de Calvino son aceptadas ampliamente por muchos, representan una reducción y, de hecho, una distorsión de la realidad histórica. Mas aún, conducen a una actitud prejuiciada que obstruya el acceso al verdadero significado del reformador. La consulta llegó a la conclusión de debe llevarse a cabo un esfuerzo interpretativo fresco. Por lo tanto, invitamos a teólogos e intelectuales de otras disciplinas, así como a todo el pueblo de Dios, a revisar nuevamente la herencia del gran reformador. Estamos convencidos de que contiene insumos y perspectivas que siguen siendo relevantes. Un estudio más detenido de sus escritos, no sólo de la Institución sino también de sus tratados breves, sermones y comentarios, revelará riquezas insospechadas. Calvino pertenece a la segunda generación del movimiento reformador. A través de su enseñanza y su vida contribuyó decisivamente a la consolidación de la Reforma. La amplitud y coherencia de su pensamiento hizo posible el establecimiento de las iglesias reformadas. En el jubileo de la Reforma Protestante en 2017 su nombre deberá ser reconocido, pues sin él la Reforma habría tomado un curso muy diferente. El esfuerzo por ir más allá de los estereotipos establecidos debe guiarse, en nuestra opinión, por los siguientes principios:

* El punto de partida para cualquier interpretación válida debe ser el ímpetu fundamental de la vida de Calvino. ¿Cuál fue, en última instancia, la fuerza motriz de su teología y vida? Algunos aspectos particulares y problemáticos de su enseñanza, como por ejemplo, su doctrina de la predestinación, deben ser vistos e interpretados en el marco de sus intenciones primarias por comprender a Dios, la creación, la salvación humana y el cumplimiento de todas las cosas.
* Con frecuencia, Calvino es entendido como el responsable, positiva o negativamente, de eventos históricos de siglos posteriores. Para algunos, él abrió la puerta del mundo moderno, especialmente del capitalismo, mientras que para otros, es el responsable del moralismo biblicista tan estrecho que caracteriza a algunas iglesias protestantes. Para lograr una imagen auténtica de Calvino, es necesario dejarse guiar por sus intenciones y expresiones propias.
* Calvino vivió una situación muy particular al ser atacado por enemigos en Ginebra, de los cuales también se defendió. Él tuvo que defender su percepción del Evangelio en momentos difíciles. Calvino no fue simplemente un escritor teológico implicado –contra su inclinación personal y deseo- en las luchas de su época. Entender esto resulta esencial para interpretar a Calvino en su propio contexto. Muchas investigaciones recientes se han centrado en algunos aspectos particulares de su vida, por lo que es posible una comprensión más serena.

Calvino no fue un santo y cualquier intento por llevar a cabo un retrato idealizado está condenado a fracasar. Reconocemos que su respuesta a los conflictos en Ginebra pudo ser áspera y que su papel en la ejecución de Servet fue, asimismo, más que dudosa. Aun contra el patrón de sus propias convicciones, falló en momentos decisivos. Su uso del lenguaje contra los adversarios teológicos hace muy difícil la lectura de algunos de sus escritos. Como reflejo de la relevancia de su herencia, asumimos que ciertos aspectos de su enseñanza no son pertinentes ya y no pueden mantenerse. Pero, desde nuestro punto de vista, Calvino permanece como un testigo sobresaliente del mensaje cristiano y demanda ser escuchado cuidadosamente en la actualidad.
A continuación mencionamos ocho áreas que consideramos de particular interés en la actualidad y que pueden ayudar a acceder con mayor frescura al legado de Calvino.

1. El compromiso de Calvino para la proclamación de la gloria de Dios. Calvino creía que Dios, el soberano creador de todo, lleno de gracia, desea entrar en una relación íntima con nosotros los seres humanos. Este Dios busca deleitarnos al acomodarse a las condiciones de nuestra existencia como criaturas con el fin de conocer y ser conocido. En la crudeza del pesebre, la severidad de la cruz y las limitaciones de las palabras bíblicas, Dios nos encuentra y nos habla mediante el poder del Espíritu Santo. La gloria de Dios, quien escoge manifestarse a sí mismo de esta manera, se refleja en la gloria de la existencia humana e intenta establecer el Evangelio en todas las áreas de la vida. Calvino escribe: “¿Qué diremos, pues? Sin duda alguna, que el hombre no es más que vanidad, que se encuentra reducido a nada, que no es otra cosa sino nada. Mas, ¿cómo es que el hombre no es absolutamente nada, si Dios tanto se preocupa de él? ¿Cómo puede ser nada aquel en quien Dios tiene puesto su corazón? Cobremos ánimo, hermanos míos. Aunque no somos nada en nuestros corazones, puede ser que en el corazón de Dios esté oculta alguna cosa nuestra. ¡Oh Padre de misericordia! ¡Oh Padre de los miserables! ¿Cómo pones tu corazón en nosotros? Porque tu corazón está donde está tu tesoro”. (IRC, III.ii.25).

2. La determinación de Calvino por colocar a Jesucristo en el centro de todo nuestro pensamiento y vida. Al honrar el nombre de Cristo, quien se hizo carne de nuestra carne, la gloria y gracia de Dios son probadas en medio de nosotros. “Si nos separamos siquiera una pulgada de Cristo, la salvación fracasa… adonde resuena el nombre de Cristo, todo se vuelve antiguo“ (IRC, II.xvi.1). La iglesia depende completamente de la presencia del Cristo viviente a través del poder del Espíritu de Dios. Así es como sucede la comunión de los “amadores de Cristo” (amateurs du Christ, Prefacio a la traducción de la Biblia de Olivetan). No recae en la tradición ni en la fortaleza de las estructuras existentes. La crítica que Calvino aplica a la Iglesia de su época se basó en esta firme convicción.

3. El énfasis de Calvino en la obra del Espíritu Santo en la creación y la salvación. La acción de Dios es universal y abarca todas las cosas. Para Calvino, expresa el orden divino sobre todas las criaturas, humanas y no humanas. Nada está más allá de la sabiduría y el cuidado paterno de Dios. El Espíritu es la fuerza que otorga la vida, sosteniendo todas las cosas en su ser. Este mismo Espíritu santo nos une a Cristo, inspirándonos en nuestra comprensión de la Palabra de Dios, iluminando y santificándonos en la fe, y acercándonos en la comunión con la iglesia. Calvino siempre habla acerca de la iglesia, con su ministerio de la Palabra y el sacramento, como la comunidad de creyentes en medio de la cual nace la fe, y es provista y fortalecida mediante la acción del Espíritu Santo. Como miembros de su cuerpo vivimos en la esperanza de renovar nuestras vidas y el mundo entero.

4. El compromiso de Calvino con las Escrituras. Para Calvino, la Biblia está en el corazón de la vida de la iglesia, para ser leída y estudiada siempre por cada miembro del pueblo de Dios. Está allí para ser enseñada dentro de la iglesia, a la cual él describe frecuentemente como “madre” y “escuela” de nuestra fe. “Nuestra debilidad no nos permite ser excluidos de su escuela pues seremos discípulos durante toda nuestra vida” (IRC, IV.i.,14). La cuidadosa atención que Calvino le presta al contenido y la unidad del Antiguo y el Nuevo Testamento, la centralidad del testimonio bíblico sobre Jesucristo, la necesidad de esforzarse para alcanzar el significado del texto con la ayuda del conocimiento científico e histórico de su época, así como el poder de la Palabra de Dios para hablar de manera fresca a cada generación siguen siendo ejemplares. Su exposición de la doctrina cristiana nunca se aparta de la interpretación de la Biblia, la cual, de hecho, siempre toma lugar en el contexto del trabajo cotidiano de la predicación, el cuidado pastoral y los aspectos cívicos.

5. La determinación de Calvino de que la voluntad de Dios deberá realizarse en todas las áreas de la vida. La preocupación de Calvino fue que la gloria de Dios sea celebrada y testificada en todos los niveles de la vida, que toda la creación canta alabanzas a Dios en maneras vibrantes y concretas, y que la belleza de Dios se manifestará en nuestros modelos de vida amplios y pequeños. Calvino afirma que la ley moral en la Escritura nos convence de nuestro pecado contra la voluntad de Dios y que sirve como una guía para glorificar a Dios en cada aspecto de nuestra vida cotidiana. La Ley es la forma en que el propósito de Dios para los fieles ofrece un espacio para el florecimiento humano que es alentado e inclusivo, además de ser obligatorio y formativo. Además, señala límites y ordena nuestra existencia como criaturas para que podamos deleitarnos en los excelentes dones de Dios y responder con gratitud gozosa.

6. La insistencia de Calvino en el don de Dios de la creación. La voluntad de Dios para el florecimiento de la creación es la medida constante del compromiso de la humanidad y la sociedad con el mundo creado en todo su misterio y profundidad. Los puntos centrales de esta visión son una afirmación fundamental de la igualdad humana y la celebración de las diferencias entre las personas. Incluyen una conciencia de la profunda interrelación de todos los aspectos de la creación, el llamado a los seres humanos a incorporar las relaciones justas y un compromiso duradero con la afirmación de la dignidad humana. En el corazón de esta visión se encuentra un compromiso de compasión con el amor, la justicia, el cuidado responsable y la hospitalidad hacia “las viudas, huérfanos y extranjeros”: los indefensos, desplazados, hambrientos, solitarios, silenciados, traicionados, sin poder, enfermos, destruidos en cuerpo y alma, y todos aquellos que sufren en nuestro mundo polarizado y globalizado. “Adonde Dios es conocido, también hay un cuidado por la humanidad” (Comentario a Jeremías, cap. 22.16). Calvino proclama que vemos a Cristo en todas las personas y que son levantados y juzgados por su presencia en ellos, y aun proclamados en nuestras palabras y acciones al considerar la integridad de la creación como “el teatro de la gloria de Dios”.

7. La insistencia de Calvino en que la iglesia es llamada a discernir, de manera creativa, su relación con los principados y poderes del mundo. En nuestro contexto global actual, coexisten formas variadas de Estado y nación, además de la abrumadora realidad del mercado global. Esto incluye la confesión de la implicación de la iglesia en la ruptura de la creación y el sufrimiento humano, así como deseo de predicar proféticamente y encarnar la buena voluntad de Dios para el mundo. Además, Calvino admite que la gloria de Dios puede ser proclamada y encarnada fuera de la iglesia y que la comunidad cristiana es llamada a comprometerse con sus vecinos globales de manera humilde y con una amplia visión. La iglesia comprende que la forma y el contenido de su compromiso variará de lugar en lugar y de época en época, de tan ricas y variadas como los fieles experimentan las realidades de la creación misma de Dios. No obstante, no puede responder sino obedientemente y con gratitud a la Palabra de Dios en el presente y, así, ser un testigo constructivo de Cristo.

8. El compromiso de Calvino con la unidad de la iglesia. Calvino experimentó el apasionado y consistente compromiso con la unidad del cuerpo de Cristo en la realidad de una iglesia ya fragmentada. En medio de la división, él reconoció al único Señor de la única Iglesia, subrayando repetidamente que el cuerpo de Cristo es uno, y que no se justifica en absoluto una iglesia dividida, además de que los cismas dentro de la iglesia son un escándalo. Nuestra situación actual se caracteriza también por la separación de las iglesias y divisiones amenazantes dentro de las mismas. En particular, las iglesias reformadas siguen teniendo divisiones internas y, al mismo tiempo, un compromiso ecuménico. Las ideas de Calvino acerca de la comunidad cristiana, su voluntad de mediar en temas controversiales como la Eucaristía, y sus esfuerzos interminables por construir puentes en cada nivel de la vida eclesiástica representan todavía un enorme reto. Calvino desafía a las iglesias a entender las causas de la continua separación y, de acuerdo con las Escrituras, hacer lo posible por la unidad visible mediante el compromiso con esfuerzos ecuménicos concretos, con vistas a lograr la credibilidad del Evangelio en el mundo y la fidelidad de la vida de la iglesia y su misión.

Participantes

Prof. Dr. Philip Benedict, Universidad de Ginebra, Suiza
Obispo Dr. Gustáv Bölcskei, Iglesia Reformada de Hungría
Rev. Thierry Bourgeois, Iglesia Evangélica Libre de Ginebra, Suiza
Prof. Dr. Coenraad Burger, Universidad de Stellenbosch, Sudáfrica
Prof. Dr. Eberhard Busch, Universidad de Göttingen, Alemania
Prof. Dr. Emidio Campi, Universidad de Zurich, Suiza
Rev. Prof. Leopoldo CervantesOrtiz, Iglesia Nacional Presbiteriana de México
Rev. Dr. Meehyun Chung, Misión 21, Suiza
Rev. Jean Arnold de Clermont, Federación Protestante de Francia
Dr. Wulfert de Greef, Iglesia Protestante de los Países Bajos (Holanda)
Prof. Dr. James de Jong, Colegio y Seminario Teológico Calvino, Estados Unidos
Prof. Dr. François Dermange, Universidad de Ginebra, Suiza
Dr. Edouard Dommen, Suiza
Prof. Dr. Eva Maria Faber, Theologische Hochschule Chur, Suiza
Prof. Dr. David Fergusso, Universidad de Edimburgo, Escocia
Rev. Serge Fornerod; Federation of Swiss Protestant Churches
Prof. Dr. Martin Friedrich, Comunidad de Iglesias Protestantes en Europa-Leuenberg
Dr. Pawel Gajewski, Iglesia Evangélica Valdense, Italia
Rev. Prof. Eduardo Galasso Faria, Seminario Teológico de São Paulo, Brazil-Iglesia Presbiteriana Independiente
Rev. Philipp Genequand, Iglesia Protestante de Ginebra, Suiza
Rev. Mag. Thomas Hennefeld, Iglesia Evangélica H.B., Austria
Rev. Dr. Martin Hirzel, Federación de Iglesias Protestantes Suizas
Prof. Dr. Serene Jones, Universidad de Yale, Estados Unidos
Prof. Dr. Tamás Juhász, Facultad de Teología Cluj, Rumania
Rev. Dr. Clifton Kirkpatrick, Alianza Reformada Mundial
Ms. Charlotte Kuffer, Iglesia Protestante de Ginebra, Suiza
Dr. Johannes Langhoff, Iglesia Evangélica H.B., Austria
Rev. Dr. JaeCheon Lee, Iglesia Presbiteriana, República de Corea
Prof. Christian Link, Universidad de Bochum, Alemania
Dr. Gottfried Locher, Instituto de Estudios Ecuménicos, University de Friburgo, Suiza
Dr. Odair Pedroso Mateus, Alianza Reformada Mundial
Dr. h.c. Gerrit Noltensmeier, Reformierter Bund Deutschland, Alemania
Dr. Peter Opitz, Universidad de Zürich, Instituto para el Estudio de la Reforma en Suiza
Prof. SeongWon Park; Colegio y Seminario Teológico Young Nam, Corea
Rev. Solveig Pret Almelid, Conferencia de Iglesias Protestantes Romandas, Suiza
Rev. Dr. Lazarus Purwanto, Concilio Ecuménico Reformado, Indonesia
Dr. Rinse H. Reeling Brouwer; Protestant Church in the Netherlands
Rev. Philippe Reymond, Iglesia Protestante de Ginebra, Suiza
Prof. Dr. Cynthia Rigby, Seminario Presbiteriano de Austin, Estados Unidos
Prof. Dr. Georges Sabra, Escuela de Teología del Cercano Oriente, Líbano
Prof. Dr. Herman J. Selderhuis, Universidad Teológica de Apeldoorn, Países Bajos (Holanda)
Rev. Dr. Joseph D. Small, Iglesia Presbiteriana de Estados Unidos (PCUSA)
Prof. Dr. Dirk Smit, Facultad de Teología, Universidad de Stellenbosch, University, Sudáfrica
Profra. Dra. Nicola Stricker, Instituto Protestante de Teología, France
Prof. Dr. Lukas Vischer, Centro Reformado Internacional John Knox, Suiza
Dr. Vicco von Bülow, Iglesia Evangélica en Alemania
Prof. Dr. Robert Vosloo, Facultad de Teología, Universidad de Stellenbosch, Sudáfrica
Rev. Prof. Ambroise Aiming Wang; Seminario Teológico Unido de Nanjing, Iglesia Protestante China, Suiza
Rev. Thomas Wipf, Federación de Iglesias Protestantes Suizas
Rev. Prof. Germán Zijlstra; Alianza de Iglesias Presbiterianas y Reformadas de América Latina
Versión de L. Cervantes-Ortiz
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