martes, 12 de febrero de 2008


INTRODUCCIÓN A LA VIDA Y TEOLOGÍA DE JUAN CALVINO, DE SALATIEL PALOMINO LÓPEZ (Nashville, Abingdon Press, 2008)

Como parte de una colección de libros dirigidos al pueblo evangélico hispano en Estados Unidos, coordinada por el doctor Justo L. González, la editorial Abingdon ha anunciado para febrero de 2008 la aparición de este importante libro, lo cual constituye todo un acontecimiento pues es el primer trabajo sobre el reformador francés publicado por un autor mexicano. El doctor Palomino López ha hecho una gran contribución a los estudios calvinistas en general, pues esta obra resume la investigación de varias décadas de docencia, reflexión y trabajo eclesiástico, y viene a llenar un gran hueco debido a la ausencia crónica de estudios originales sobre teología reformada en español, especialmente ante la cercanía del jubileo del reformador en 2009.
Luego de más de 20 años de la publicación de Calvino vivo, en el cual apareció “Herencia reformada y búsqueda de raíces”, ensayo que podría reconocerse como el origen remoto de este nuevo libro, la sequía en este campo teológico es inmensa, pues ni siquiera se ha reeditado la antigua antología de Calvino compilada por el doctor español Claudio Gutiérrez Marín. La carencia de textos introductorios a la teología reformada apenas se ha visto compensada con la traducción al portugués de Introducción a la tradición reformada, de John H. Leith, traducido también al español en Colombia, pero con una circulación muy restringida. Resulta obvio señalar que el número tan limitado de obras no basta para cubrir el amplio espectro reformado (o presbiteriano) en América Latina, pues incluso fuera de este campo confesional se requiere una mejor comprensión del papel que cumplieron Calvino y sus seguidores en la conformación y consolidación de la Reforma, dentro y fuera de Europa.
De ahí que un libro tan equilibrado como el de Palomino merezca una mayor difusión, particulamente en las iglesias latinoamericanas, sobre todo por la enorme necesidad de una panorámica que vaya más allá del esquema conservador a que a sido sometida la comprensión de la vida y obra de Calvino. Es por ello que, aun cuando el libro fue pensado para su difusión en Estados Unidos, seguramente circulará ampliamente por todo el continente.
La estructura del volumen es como sigue:

Introducción
Primera parte: Instrumento escogido por Dios. Vida y obra de Juan Calvino
Cap. 1: Hombre del Renacimiento: los años formativos
Cap. 2: Hombre de letras: la influencia del humanismo
Cap. 3: Hombre de fe: su encuentro con la Reforma
Cap. 4: Hombre de Dios: el ministerio pastoral y teológico

Segunda parte: Un hombre con mentalidad teológica. El pensamiento de Juan Calvino
Cap. 5: La centralidad de la Escritura: Calv
ino como expositor
Cap. 6: En las trincheras: Calvino como pensador teológico contextual
Cap. 7: La Institución de la religión cristiana: Calvino como teólogo sistemático (I)
Cap. 8: La Institución de la religión cristiana: Calvino como teólogo sistemático (II)

Tercera parte: Un latino de corte universal. Pertinencia de la teología de Calvino para la iglesia hispana/latina de hoy
Cap. 9: La influencia de Calvino
Cap. 10: La reapropiación del pensamiento de Calvino en perspectiva latina

Como se puede apreciar desde el índice, el libro explora los aspectos esenciales de la vida y obra de Calvino y permite que cualquier lector(a), primerizo o avanzado, obtenga una visión amplia y consistente de la importancia del reformador en la historia de la Iglesia. Palomino cumple ampliamente su propósito, el cual esboza con modestia en la introducción: “Apuntar de manera sencilla y breve los rasgos más sobresalientes de la obra y enseñanza de Calvino. Pero esto se hace en concordancia con los estudios más autorizados sobre la materia, de modo que la persona que lea este material pueda luego dirigirse a otros estudios y discusiones de los temas tratados, y hacerlo con comodidad y hasta con familiaridad”.
El doctor Palomino, quien recientemente cumplió 40 años de haber recibodo la ordenación pastoral, ha publicado también El movimiento carismático. Una cnfrontación crítica (1985) y Yo seré tu Dios. Estudios sobre la teología del pacto (1987), ambos publicados por la casa presbiteriana El Faro, y múltiples enayos y artículos. Fue decano y rector del Seminario Teológico Presbiteriano de México, así como pastor de diversas iglesias. Vive en Estados Unidos desde 1999 y actualmente es pastor de la iglesia Canto de Esperanza, en Berwyn, Illinois.
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CALVIN REDISCOVERED: THE IMPACT OF HIS SOCIAL AND ECONOMIC THOUGHT (JUAN CALVINO REDESCUBIERTO: EL IMPACTO DE SU PENSAMIENTO SOCIAL Y ECONÓMICO), DE EDWARD DOMEN Y JAMES D. BRATT, EDS. (Lousville-Londres, Westminster John Knox Press, 2007 (Princeton Theological Seminary Studies in Reformed Theology and History).

Este libro reúne las ponencias presentadas en a Consulta Internacional llevada a cabo en Ginebra hace un par de años. La primera parte del libro, Calvino y su época, incluye los siguientes textos: “El carácter y significado de la enseñanza de Calvino sobre temas sociales y económicos”, de Elsie Anne McKee; “Calvino y la disciplina eclesiástica”, de Robert M. Kingdon; “Calvino acerca de la propiedad: un deber más que un derecho”, de Francois Dermange; “Calvino y el medio ambiente: la postura calviniana examinada mediante el prisma de los problemas del presente, especialmente del desarrollo sustentable”, de Edward Dommen; y “Un panorama general de la recepción de la enseñanza social y económica de Calvino”.
La segunda sección (Influencia global de Calvino) consta de: “El calvinismo de Abraham Kuyper: sociedad, economía e imperio al final del siglo XIX”, de James D. Bratt; “Calvino y el pensamiento social reformado en América Latina”, de Eduardo Galasso Faria, “El impacto social y económico de Juan Calvino en la iglesia y sociedad coreanas”, de Seong-Won Park; y “”Calvino, el calvinismo y el capitalismo: desafíos nuevos en Asia”, de Christoph Stiickelberger.
La última parte del libro, Retos para la traducción de Calvino: textos y contextos”, contiene: “Traduciendo a Calvino al inglés”, de Edward Domen; y “Traduciendo a Calvino al alemán”, de Peter Opitz.
La razón de ser de este volumen fue la aparición en inglés, luego de varias décadas, del clásico libro El pensamiento social y económico de Calvino, del pastor y economista suizo André Biéler, fallecido recientemente, quien estuvo presente en la consulta adonde se presentaron las ponencias que integran el libro. Como se ve, la obra busca poner al día el debate sobre la relevancia de las ideas calvinistas acerca de un tema tan controversial marcado durante mucho tiempo por el análisis de autores como Max Weber y R.H. Tawney, entre los más conocidos. La insistencia de Weber en la relación entre el calvinismo y el surgimiento del “espíritu capitalista” sigue siendo motivo de acaloradas discusiones. El propio Francis Fukuyama, pensador también controversial, en ocasión del centenario del libro más conocido de Weber al respecto, planteó su propia perspectiva acerca de lo que calificó como “el manifiesto calvinista”, para puntualizar que la historia económica no puede ser leída o interpretada tan fácilmente a partir de premisas religiosas. Agradecemos al profesor Eduardo Galasso Faria, colaborador del libro, el envío de su texto y del contenido del mismo. (LC-O)
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EL LIBRE ALBEDRÍO EN LA INTERPRETACIÓN DE JUAN CALVINO
Alberto F. Roldán

Los que defienden el libre arbitrio más bien lo echan por tierra, que no lo confirman.
JUAN CALVINO

Introducción
Acaso no hay tema más importante en el campo de la antropología filosófica y teológica como el de la libertad humana. Es, también, uno de los temas que menos se aborda en los ámbitos eclesiales protestantes y, sobre todo, evangelicales. En algunos casos, porque no se acomete la tarea de indagar en un asunto tan profundo y difícil y, en otros, porque deliberada o solapadamente, la libertad ha sido desplazada como tema de interés por parte de los predicadores y pastores. En lo que se refiere a la “voluntad libre” conocida también como “libre albedrío”, la opinión generalizada es que el ser humano, por naturaleza y, a pesar del pecado, dispone de esa facultad. Pero ¿qué dice la Biblia? ¿Cómo la han interpretado los padres de la Iglesia, los escolásticos y, sobre todo, los padres de la Reforma? En el presente ensayo vamos a referirnos a la interpretación de Juan Calvino sobre el libre albedrío en el amplio espacio que dedica al tema en su Institución de la Religión Cristiana.
[1] Recorreremos el largo camino que transita Calvino para exponer el tema comenzando con su referencia a los filósofos griegos, los padres de la Iglesia, especialmente San Agustín, para llegar a su propia definición del tema. Finalmente, veremos qué implicaciones tiene el tema para la teología y la comprensión de la condición humana en su relación con el bien, el mal y la voluntad de Dios.[2]

1. El libre albedrío según los griegos
La tesis central que expone Calvino en el capítulo II del volumen I de la Institución es enunciada claramente en estos términos: “El hombre se encuentra ahora despojado de su arbitrio, y miserablemente sometido a todo mal.”
[3] Admite, a modo de presupuesto, que “si concedemos que no hay que quitar al hombre nada que sea suyo, también es evidente que es necesario despojarle de la gloria falsa y vana.”[4] Con ello, indica el propósito de lograr un equilibrio entre lo que hay que reconocer de virtuoso en el ser humano y, a su vez, despojarle de su vanagloria ya que, como dice casi a renglón seguido: “que se nos prive de toda alabanza de sabiduría y virtud, que es necesario para mantener la gloria de Dios.”[5] Es dentro de estos prolegómenos del tema donde Calvino hace referencia a una sentencia de San Agustín que el gran maestro africano repite varias veces en sus textos: “los que defienden el libre arbitrio más bien lo echan por tierra, que lo confirman.”[6] Esta es la conclusión a la que ha de arribar luego Calvino como resultado de su exposición. En la primera parte de la misma su referencia es a los filósofos, mostrando una vez más el error de quienes piensan que Calvino se refiere pura y exclusivamente a los datos bíblicos para elaborar su teología. Muy por el contrario, su marco teórico es muy amplio ya que recurre no solamente a la Biblia sino que en primer lugar hace referencia a los filósofos y a la patrística para luego derivar su enfoque a la Biblia. Pues bien, en su apelación a los filósofos, Calvino dice que en general piensan que la razón es “como una antorcha alumbra y dirige nuestras deliberaciones y propósitos, y rige como una reina a la voluntad.”[7] Refiriéndose a las facultades del alma, dice que según los filósofos son: entendimiento, sensualidad, apetito o voluntad. La voluntad es puesta en el medio entre la razón y la sensualidad lo cual coloca al ser humano en la disyuntiva entre obedecer a la razón o someterse a la sensualidad.
Para Calvino, los filósofos expresan cierta perplejidad porque “forzados por la experiencia misma, no niegan cuán difícil le resulta al hombre erigir en sí mismo el reino de la razón [...]”
[8] A veces, dice Calvino, el ser humano es seducido por el placer[9], en otras, se ve fuertemente engañado por la apariencia del bien y todavía en otras circunstancias se ve fuertemente combatido por afectos desordenados. Citando la figura que usa Platón en su obra De las leyes dice que esos afectos desordenados son como cuerdas que tiran del ser humano y lo llevan de un lado para otro. Cita también a Cicerón y su referencia a las “chispitas de bien” que son apagadas por las falsas opiniones y malas costumbres. Apelando a otra metáfora, Calvino dice que el alma es como caballo salvaje que echa por tierra al jinete, que respinga y tira coces y “al dejar de la mano a la razón, entregándose a la concupiscencia se desboca y rompe del todo los frenos.”[10] Esta metáfora del desenfreno es usada varias veces en el Nuevo Testamento en pasajes como 1 Pedro 4.3 que se refiere a los gentiles que estaban “entregados al desenfreno”.
A modo de resumen de las ideas de los filósofos, citando la Ética de Aristóteles
[11], Calvino dice que si tenemos opción de hacer el bien o el mal, también la tendremos para abstenernos de hacerlo y si somos libres de abstenernos, también lo seremos para hacerlo. De modo que parece que todo cuanto hacemos lo hacemos por libre elección. Calvino resume las ideas de los filósofos sobre el libre albedrío, diciendo: “En resumen, ésta es la doctrina de los filósofos: La razón, que reside en el entendimiento, es suficiente para dirigirnos convenientemente y mostrarnos el bien que debemos hacer; la voluntad, que depende de ella, se ve solicitada al mal por la sensualidad; sin embargo, goza de libre elección y no puede ser inducida a la fuerza a desobedecer a la razón”.[12]

2. El libre albedrío según los Padres de la Iglesia
Calvino pasa luego a analizar la visión que han reflejado los Padres de la Iglesia respecto al libre albedrío. Entiende que los Padres han aceptado las nociones de los filósofos griegos en una medida que es mucho mayor de lo que hubiera sido de desear. Y ello, entiende, por dos razones: a) temían que si quitaban toda la libertad al ser humano para hacer el bien los filósofos de ideas contrarias se mofarían de ellos; b) para que la carne, que es débil y tarda para el bien, no encontrara en ello nuevo motivo de indolencia y descuido para hacer el bien. Cita entonces varias sentencias de Crisóstomo: “Dios nos ha dado la facultad de obrar bien o mal, dándonos el libre arbitrio para escoger el primero y dejar el segundo; no nos lleva a la fuerza, pero nos recibe si voluntariamente vamos a Él.”
[13] Y: “Muchas veces el malo se hace bueno si quiere, y el bueno cae por su torpeza y se hace malo, porque Dios ha conferido a nuestra naturaleza el libre albedrío [...]”[14] Cita a San Jerónimo que afirmó: “A nosotros compete el comenzar, a Dios el terminar; a nosotros, ofrecer lo que podemos; a Él hacer lo que no podemos.”[15] Esta muestra de las ideas patrísticas sobre el libre albedrío, Calvino las juzga como imprecisas, variables, dudosas y oscuras. Exceptúa, sin embargo, a San Agustín, que es el único escritor dentro de los Padres que ha sido claro en su exposición. Todos fueron de mal en peor, hasta llegar a afirmar que el hombre está corrompido solamente en su naturaleza sensual, pero que su razón es perfecta y conserva casi en plenitud la libertad de la voluntad. En cambio, San Agustín se ha destacado por la claridad de su posición cuando dice: “Los dones naturales se encuentran corrompidos en el hombre, y los sobrenaturales –los que se refieren a la vida eterna– le han sido quitados del todo.”[16]
Calvino cita luego algunas definiciones del libre albedrío. Primeramente consigna la definición de Orígenes: “el libre albedrío es la facultad de la razón para discernir el bien y el mal, y de la voluntad para escoger lo uno de lo otro.”[17] San Bernardo: “un consentimiento de la voluntad por la libertad, que nunca se puede perder, y un juicio indeclinable de la razón.”[18] San Anselmo: “una facultad de guardar rectitud a causa de sí misma.”[19] Por su parte el Maestro de las Sentencias, o sea Pedro Lombardo y los doctores escolásticos, dice Calvino que prefirieron la definición de San Agustín “por ser más clara y no excluir la gracia de Dios, sin la cual sabían muy bien que la voluntad del hombre no puede hacer nada.”[20] Recogiendo toda esta información que surge de la patrística, Calvino entiende que todos los Padres están de acuerdo en que “albedrío” se refiere ante todo a la razón, que tiene como oficio discernir entre el bien y el mal. Por su parte el adjetivo “libre” se refiere a la voluntad que puede decidirse por una cosa u otra. Esto se sintetiza bien en la cita que Calvino hace de la definición de Santo Tomás de Aquino: “el libre albedrío es una facultad electiva que, participando del entendimiento y de la voluntad, se inclina sin embargo más a la voluntad.”[21]
Calvino dedica un párrafo aclaratorio al tema “De la potencia del libre arbitrio. Distinciones” para decir que en el libro de la vocación de los Gentiles, que se atribuye a San Ambrosio, se distinguen tres maneras de voluntad: sensitiva, animal y espiritual. Que las dos primeras están en la facultad del hombre pero la tercera es obra del Espíritu Santo en él. Y es allí donde el gran maestro francés enuncia su método: “Después veremos si esto es verdad o no. Ahora mi propósito es exponer brevemente las opiniones de los otros; no refutarlas.”[22] Cita en ese párrafo las distinciones que las escuelas teológicas han hecho de la libertad, hablando de tres géneros: libertad de necesidad, de pecado y de miseria. Comentan que la primera no puede de ninguna manera estar ausente del ser humano porque es constitutiva de su naturaleza, pero que las otras dos se perdieron por el pecado. Y admite: “Yo acepto de buen grado esta distinción, excepto el que en ella se confunda la necesidad con la coacción. A su tiempo se verá cuanta diferencia existe entre estas dos cosas.”[23] Lo que es destacable aquí es la claridad de método que sigue Calvino. Cita perspectivas, las evalúa, pero suspende el juicio sobre ellas para más adelante.[24] Luego se refiere a la “gracia cooperante” de los escolásticos. Cita al Maestro de las Sentencias, Pedro Lombardo, quien decía que hay dos clases de gracia necesarias para el hombre a fin de hacerlo idóneo para obrar el bien: la gracia operante (que obra) y la gracia cooperante (que obra juntamente). Con esa perspectiva coincidía San Bernardo diciendo que toda buena voluntad es obra de Dios, pero que el hombre por su propio impulso puede desear esa buena voluntad. Sin embargo, Calvino critica a Lombardo diciendo que “el Maestro de las Sentencias entendió mal a san Agustín, aunque él piensa que le sigue con su distinción.”[25]
A modo de conclusión de esta revisión que Calvino hace de la patrística, dice el pensador francés que la expresión “libre albedrío” es desafortunada y peligrosa. Porque, según lo expuesto, el hombre tiene libre albedrío no porque sea libre para elegir entre lo bueno y lo malo sino porque el mal que hace lo realiza voluntariamente y no por coacción. Entonces, juzga de “título tan arrogante” llamar a eso “libre albedrío”. Por el contrario, Calvino afirma “que conociendo nuestra natural inclinación a la mentira y la falsedad, más bien encontraremos ocasión de afianzarnos más en el error por motivo de una simple palabra, que de instruirnos en la verdad mediante una prolija exposición de la misma.”
[26] A partir de este enunciado, Calvino se dedica a exponer la correcta opinión de San Agustín sobre el tema. Comienza por indicar que San Agustín no duda en llamar al libre albedrío como “siervo”.[27] Admite que en otros lugares de su obra Agustín se vuelve contra los que niegan el libre albedrío, pero aclara que es para refutar a quienes pretenden excusar al ser humano de su pecado. Pero en otro lugar “confiesa que la voluntad del hombre no es libre sin el Espíritu de Dios, pues está sometida a la concupiscencia, que la tiene cautiva y condenada.”[28] El hombre perdió su libre albedrío[29], el cual “está cautivo, y no puede hacer nada bueno.”[30] Por lo tanto, la voluntad del hombre no es libre sino cuando el Espíritu viene en su ayuda y es liberada por Dios.[31] Calvino cita el texto de 2 Corintios 3.17 que afirma que “donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad.” Y remata toda esta recorrida por los textos agustinianos, citando la contundente conclusión del teólogo africano: “El libre albedrío, sin duda alguna es libre, pero no liberado; libre de justicia, pero siervo del pecado.”[32] Como exhortación final de esta sección de la Institución, Calvino insta a renunciar al uso de la expresión “libre albedrío” por ser un término enojoso ya que no permite glorificar a Dios y recibir sus gracias. Para estos asertos, se apoya en textos clave como: Jeremías 17.5; Salmo 147.10; Isaías 40.29-31 y Santiago 4.6. Pero no todo está solucionado y explicado cabal y satisfactoriamente en la exposición de Calvino. Él mismo es consciente del problema que implica negar el libre albedrío y, por otra parte, reconocer que el ser humano, aún en el estado de pecado puede hacer buenas obras. Es esto lo que nos ocupará en el próximo acápite:

3. El libre albedrío, los dones naturales y sobrenaturales
En este punto, Calvino cita una sentencia de San Agustín: “Los dones naturales están corrompidos en el hombre por el pecado, y los dones sobrenaturales los ha perdido del todo."
[33] Cuando el hombre abandonó el Reino de Dios, entonces fue privado de los dones espirituales para alcanzar la vida eterna. Desterrado del Reino, todas las cosas referidas a la vida bienaventurada están muertas. Sólo por la gracia de la regeneración el ser humano podrá recobrar la fe, el amor a Dios, la caridad del prójimo, el deseo de la santidad y la justicia. Al sufrir la corrupción de los dones naturales, tanto la voluntad como el entendimiento han sido afectados por el pecado de modo que, aunque todavía el ser humano distingue entre el bien y el mal, esa intelección ha sido debilitada y dañada por el pecado. Citando las palabras del Evangelio “la luz luce en las tinieblas, mas las tinieblas no la comprendieron” (Jn. 1.5), Calvino dice que “en la naturaleza humana, por más pervertida y degenerada que esté, brillan ciertos destellos que demuestran que el hombre participa de la razón y se diferencia de las fieras brutas puesto que tiene entendimiento.”[34] Pero esa luz está sofocada por una oscuridad de ignorancia que no puede tornarla eficaz. Calvino es consciente de todas las implicaciones que estas cuestiones encierran y, por lo tanto, procede a una extensa referencia a la “corrupción de la inteligencia.”
Calvino comienza por distinguir entre inteligencia de las cosas terrenas e inteligencia de las cosas celestiales, postulando que “la inteligencia de las cosas terrenas es distinta de la inteligencia de las cosas celestiales”.
[35] Bajo la primera clase están comprendidas realidades como el Estado, la familia, las artes mecánicas y liberales. Primeramente, se refiere al orden social y, siguiendo a Aristóteles –aunque en este contexto no lo mencione específicamente– dice que “el hombre es por su misma naturaleza sociable, siente una inclinación natural a establecer y conservar la compañía de sus semejantes.”[36] Admite que en todos los hombres hay cierto germen de orden político. En lo que se refiere a las artes mecánicas y liberales se ve que en ellas también tiene el entendimiento humano alguna virtud. Pero criticando a Platón, dice que el maestro ateniense “se engañó pensando que esta comprensión no era más que acordarse de lo que el alma sabía ya antes de entrar en el cuerpo.”[37] Sin embargo esa crítica no le conduce a rechazar del todo a Platón ya que “la razón nos fuerza a confesar que hay como cierto principio de estas cosas esculpido en el entendimiento humano.”[38] Más adelante, y reflejando cierta influencia tomista[39], Calvino dice: “Si reconocemos al Espíritu de Dios como única fuente y manantial de la verdad, no desecharemos ni menospreciaremos la verdad donde quiera que la halláremos; a no ser que queramos hacer una injuria al Espíritu de Dios, porque los dones del Espíritu no pueden ser menospreciados sin que Él mismo sea menospreciado y rebajado”.[40]
El principio axiomático de que toda verdad viene de Dios, Calvino lo aplica a tres ejemplos: los juristas, los médicos y los filósofos. Los primeros, porque constituyeron con equidad un orden recto y una política justa. En cuanto a los médicos, los artistas y los filósofos, porque “es imposible leer los libros que sobre estas materias escribieron los antiguos, sin sentirnos maravillados y llenos de admiración.”
[41] Aporta luego el ejemplo bíblico de Bezaleel y Aholiab que tuvieron la inspiración del Espíritu de Dios para hacer la obra de arte para el tabernáculo (Ex. 31.2 y 35.30-40) de lo cual deriva que “no hay que maravillarse si decimos que el conocimiento de las cosas más importantes de la vida nos es comunicado por el Espíritu de Dios.”[42] Para que se tergiverse su pensamiento, Calvino aclara que la residencia del Espíritu se da sólo en los fieles, lo cual ha de entenderse como Espíritu de santificación. Pero, al mismo tiempo, “Dios no cesa de llenar, vivificar y mover con la virtud de ese mismo Espíritu a todas sus criaturas; y ello conforme a la naturaleza que a cada una de ellas le dio al crearlas.”[43] Este concepto es sumamente importante y digno de ser destacado cuando observamos las tendencias “antimundo” y “anticultura” que se dan en ciertos ámbitos de perfil fundamentalista, donde ser santo significa aislarse de la cultura, de la sociedad y del arte porque “son del diablo”.[44] Tenemos aquí un concepto mucho más abarcador y más bíblico que nos permite percibir la presencia del Espíritu aún en las esferas de la cultura y del arte humanos. Desde una perspectiva cósmica, el teólogo reformado Jürgen Moltmann reflexiona: “Tiene sentido, por lo tanto, hablar de la comunión de la creación y reconocer la actuación del Espíritu divino creador de vida en la formación de las comunidades de las criaturas.”[45] Calvino concluye esa sección diciendo que “la razón es propia de nuestra naturaleza, la cual nos distingue de los animales brutos, como ellos se diferencian por los sentidos de las cosas inanimadas.”[46] La gracia general de Dios limita la corrupción de la naturaleza, porque si Dios no nos hubiera preservado, la caída de Adán hubiera destruido por completo lo que se nos había dado en la creación.
Ahora bien, ¿cómo podemos conocer las cosas celestiales? Porque ya ha quedado establecido que por la razón y la acción del Espíritu Santo en las criaturas, estas pueden conocer las cosas terrenales. Pero cuando nos referimos a las cosas celestiales, la sabiduría celestial que consiste en conocer a Dios, su voluntad paternal y cómo regirnos en nuestras vidas, las cosas son diferentes. Porque no podemos por nosotros mismos conocer al Dios verdadero. Aquí, Calvino es rotundo: los seres humanos están incapacitados para conocer por sí mismos esa sabiduría divina. Ciertamente, él es consciente de que los seres humanos tienen algún gusto de la divinidad. Pero ese conocimiento es a la manera del relámpago que ilumina un trecho de espacio de un caminante pero que una vez que intenta moverse, ya está de nuevo rodeado por las tinieblas. En cuanto a los filósofos: “aquellas gotitas de verdad que los filósofos vertieron en sus libros ¡con cuántas horribles mentiras no están mezcladas!”
[47] Una vez más recurre al testimonio bíblico, citando textos clave: Juan 1.4-5 y 13 y Mateo 16.17 que muestran que las tinieblas no comprendieron a la luz que resplandecía, que sólo los creyentes que reciben a Cristo son engendrados por Dios y que las cosas de Dios sólo se comprenden por revelación especial del Padre. Por lo tanto, sin regeneración e iluminación no es posible conocer a Dios. Porque “el entendimiento humano en las cosas espirituales no puede entender más que en cuanto es iluminado por Dios.”[48]
Del modo expuesto, Calvino ha desarrollado el tema de la corrupción de la inteligencia. Ahora pasa a estudiar el tema de la corrupción de la voluntad. Su tesis es que el deseo natural del bien no prueba la libertad de la voluntad. Aquí, el argumento se fundamenta en el pasaje de Pablo en Romanos 7.14-25 que, para Calvino, contradice a los teólogos escolásticos. Conocemos el pasaje: Pablo expresa que desea hacer el bien pero termina haciendo el mal. Lo que en nuestros tiempos, y con magistral creatividad comenta el biblista mexicano Juan Mateos: “El bien que quiero hacer, no lo hago; el mal que no quiero hacer, eso es lo que me sale. Entonces, si hago precisamente lo que no quiero, señal que no soy yo quien actúa, sino el pecado que llevo dentro” (7.20). Es la esquizofrenia: ‘Yo, que con mi razón estoy sometido a la Ley de Dios, por mis bajos instintos soy esclavo de la ley del pecado’ (7.26)”.[49]
Se ha debatido mucho sobre el significado de esta lucha que refleja Pablo en el texto.[50] Para Calvino, se trata del hombre regenerado porque, a modo de pregunta retórica dice: “¿Quién puede llevar en sí mismo tal lucha, sino el que, regenerado por el Espíritu de Dios lleva siempre en sí restos de su carne?”[51] Calvino pone en evidencia una interpretación que San Agustín hizo del pasaje paulino como una aplicación a la naturaleza del hombre. Pero luego se retractó, admitiendo su errónea exposición.[52] En conclusión, Calvino recuerda las palabras de Jesús: “Todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado” (Jn. 8.34). Por lo tanto, todos somos pecadores por nuestra naturaleza, estamos sometidos al pecado y, por necesidad, nuestra voluntad “sede principal del pecado, tiene que estar estrechamente ligada. Pues no podría ser verdad en otro caso lo que dice san Pablo, que Dios es quien produce en nosotros el querer (Flp. 2.13), si algo de nuestra voluntad precediese a la gracia del Espíritu Santo.”[53] Como no podría ser de otro modo, Calvino concluye su argumentación sobre el libre albedrío, citando a San Agustín: “Dios te ha prevenido en todas las cosas; prevén tú alguna vez su ira. ¿De qué manera? Confiesa que todas estas cosas las tienes de Dios, que todo cuanto de bueno tienes viene de Él, y todo el mal viene de ti.” Y concluye él: “Nosotros no tenemos otra cosa sino el pecado.”[54]
La argumentación de Calvino sobre el libre albedrío no concluye exactamente aquí. Todavía, el gran reformador francés continúa con los temas de la naturaleza corrompida del hombre, de la necesidad de la regeneración, del cambio de la voluntad, de la gracia y del modo en que Dios obra en el corazón del ser humano. Su conclusión es que hay que distinguir bien de qué se trata cuando hablamos del libre albedrío. No hay que examinarlo según los acontecimientos exteriores sino considerarlo en el interior mismo del hombre. Y en este sentido, aclara: “Lo que se pregunta es si tiene en todas las cosas libertad de elección en su juicio para discernir entre el bien y el mal y aprobar lo uno y rechazar lo otro; y asimismo, la libertad de afecto en su voluntad, para apetecer, buscar y seguir el bien, y aborrecer y evitar el mal. Porque si el hombre posee estas dos cosas, no será menos libre respecto a su albedrío encerrado en una prisión [...]”.[55]
No cabe duda de que, planteado de ese modo, el ser humano está lejos de poseer el libre albedrío que le permita tener en todas las cosas libertad de elección, discernimiento cabal del bien y el mal, aprobación de lo primero y rechazo de lo segundo y, sobre todo, libertad de afecto para apetecer, buscar y seguir siempre el bien. La conclusión a la que arriba Calvino es coherente con toda su larga argumentación, la que nos conduce a una serie de implicaciones importantes.

Conclusiones
El tema del libre albedrío es uno de los más importantes dentro del campo de la antropología bíblica y teológica. Existe la sospecha de que hay poca precisión sobre el tema, con cierta tendencia a reconocer su existencia en el ser humano, aunque sin saber sus alcances y limitaciones.
La exposición de Calvino sobre el tema es amplia, razonada y documentada. Comienza por apelar a los filósofos griegos, citando a Platón, Cicerón y Aristóteles. A modo de resumen de sus ideas, dice que según ellos, la razón, que reside en el entendimiento, es suficiente para dirigirnos convenientemente y mostrarnos el bien que debemos hacer. En cuanto a la voluntad, que depende de ella, se ve solicitada al mal por la sensualidad, pero pese a ello, goza de libre elección y no puede ser inducida a la fuerza a desobedecer a la razón. Esta perspectiva es criticada por Calvino porque pareciera mostrar que el ser humano peca sin estar obligado a ello, sino que de alguna manera lo hace voluntaria y libremente.
En lo que se refiere a la patrística, Calvino recorre varios autores, entre los que menciona a Orígenes, Crisóstomo, el Maestro de las Sentencias y, sobre todo, San Agustín. Fuera de este último, juzga a todos como demasiado dependientes de los filósofos griegos, a los cuales han seguido de un modo que no es conveniente. Sólo San Agustín se distingue de ellos a mostrar que el ser humano, por la caída, ha sufrido un deterioro en sus dones naturales mientras los dones sobrenaturales los ha perdido totalmente. Pero Calvino es consciente de que en los seres humanos brillan ciertos destellos de la razón. ¿Cómo explicar el fenómeno? Pues apelando al argumento de que por los dones naturales el ser humano puede captar y entender las cosas terrenales. En cuanto a las celestiales, es imposible que las entienda a menos que obre el Espíritu de Dios en iluminación y regeneración.
Hay un tema que merece ser ampliamente destacado. Calvino reconoce la existencia de verdades que son transmitidas por los juristas, los médicos, los artistas y los filósofos. Coincidiendo con lo que Santo Tomás decía al respecto, afirma que toda verdad, en último análisis, viene de Dios. Esta acción del Espíritu de Dios en la creación y en toda manifestación humana, no hay que confundirla con la presencia especial de ese Espíritu en los hijos de Dios. Es muy importante ver que Calvino lejos está de representar la actitud y postura de muchos evangélicos que hacen una ruptura con la cultura, la filosofía, el derecho y toda manifestación artística. Por el contrario, reivindica todas esas manifestaciones que atribuye a la gracia general de Dios y que al fin nos deben conducir a las gloria del Creador.
Fiel al pensamiento de San Agustín, lo cual a veces lo conduce a expresar una visión negativa del placer, Calvino llega a la conclusión de que la “caída” ha afectado la inteligencia y la voluntad humanas. Luego, sólo por una operación de regeneración e iluminación operadas por el Espíritu de Dios, el ser humano puede alcanzar una verdadera libertad de pensamiento y de acción porque “donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad.” (2 Co. 3.17). Los datos bíblicos y la experiencia humana en la historia, prueban la veracidad del punto de vista de Calvino. Es evidente que si bien el ser humano peca no por estar coaccionado a ello –podría decirse, ejerciendo mal su libertad– no tiene un libre albedrío en términos de distinguir siempre y con exactitud el bien del mal, aprobar el primero y rechazar el segundo y gozar de una libertad de afecto en su voluntad para apetecer y seguir el bien evitando el mal. Se trata, en todo caso, de un “albedrío encerrado en una prisión”.La exposición del libre albedrío elaborada por Calvino pone en claro que el ser humano, muy a pesar de las posibilidades que todavía le asisten para distinguir de alguna manera entre el bien y el mal, elaborar pensamientos filosóficos y obras de jurisprudencia y artísticas, ha quedado fatalmente afectado por el pecado. Por lo tanto, su libre albedrío es totalmente relativo e insuficiente. Sólo la gracia especial de Dios y la obra regeneradora e iluminadora del Espíritu Santo pueden restituirle un libre albedrío que le permita discernir cabalmente entre el bien y el mal, y desear ardientemente hacer la voluntad de Dios. Sin esa asistencia, ese pretendido libre albedrío sería mejor un servum arbitrium como antes lo había denominado Lutero en su fuerte polémica con Erasmo. Resultaría muy interesante comparar la visión de Calvino precisamente con la de su predecesor Lutero.
[56] Pero eso ya es harina de otro costal. Creemos que lo expuesto es suficiente como material de análisis de un tema que, como lo dijera el propio Calvino al final de su exposición, debe ser visto no tanto en las manifestaciones exteriores de la persona humana sino, sobre todo, en lo que acontece en su interioridad, es decir, su inteligencia y su voluntad, que necesitan de la asistencia del Espíritu de
Dios para ser restauradas a la intención original del Creador.
Notas
[1] En este trabajo citamos de la siguiente versión española: Juan Calvino, Institución de la Religión Cristiana, vol. I, Rijswijk, Países Bajos, Fundación editorial de literatura reformada, 1968, Libro II, capítulo II.
[2] La importancia que ha tenido la antropología de Calvino supera el tratamiento meramente teológico para entrar en la consideración de la filosofía. Por caso, cabe mencionar a Martin Heidegger quien en su Ser y Tiempo cita a la Institución de Calvino como un ejemplo de la idea de trascendencia, es decir, de que el hombre es algo que alcanza más allá de sí mismo. Heidegger específicamente cita el texto latino: “His praeclaris dotibus excelluit prima hominis conditio, ut ratio, intelligentia, prudentia, iudicium non modo ad terrenae vitae gubernationem suppeterent, sed quibus transcenderat usque ad Deum et aeternam felicitatem.” El ser y el tiempo, Barcelona: RBA Coleccionables S. A., 2002, p. 54. El párrafo citado por Heidegger corresponde a la Institución, vol. I, Libro I, capítulo XV (p. 123) que reza: “Éstas son las excelentes dotes con que el hombre en su primera condición y estado estuvo adornado; tuvo razón, entendimiento, prudencia y juicio, no solamente para dirigirse convenientemente en la vida presente, sino además para llegar hasta Dios y a la felicidad perfecta.”
[3] Op. cit., p. 171.
[4] Ibíd.., p. 172.
[5] Ibíd.
[6] Ibíd.
[7] Ibíd..,
[8] Ibíd.., p. 173.
[9] El tono como se expresa Calvino cuando se refiere al “placer” muestra la influencia agustiniana, rayana con la negación del deleite sensitivo como parte constitutiva del ser humano.
[10] Ibíd..
[11] Aristóteles, Ética, Libro III, capítulo V.
[12] Op. Cit., p. 174.
[13] Crisóstomo, Homilías de la traición de Judas, I, 3, citado por Calvino, Ibíd..
[14] Crisóstomo, Sobre el Génesis, homilía XIX, 1, citado en Ibíd..
[15] Citado en Ibíd., sin referencia a la fuente.
[16] Citado en Ibíd.., p. 175, sin referencia a la fuente.
[17] De Principiis, libro III, citado en Ibíd.., p. 176.
[18] De la gracia y el libre albedrío, capítulo II, 4, citado en Ibíd..
[19] Diálogo sobre el Libre Albedrío, capítulo III, citado en Ibíd..
[20] Ibíd..
[21] Summa Teologica, Parte I, cues. 83, art. 3, citado en Ibíd..
[22] Ibíd.
[23] Ibíd.., p. 177
[24] Este estilo de argumentación y metodología puede percibirse hoy en textos del filósofo protestante francés Paul Ricoeur. Por ejemplo, dice en uno de sus ensayos: “Mi hipótesis de trabajo es ésta: desde los orígenes de la fe de Israel y de la fe de la Iglesia primitiva, es posible distinguir una dialéctica de la fe y la religión, un movimiento de la fe originalmente dirigido contra su propio soporte y su propio vehículo religioso.” El lenguaje de la fe, Buenos Aires: La Aurora, 1978, p. 54. Otro ejemplo: “Considero que, en lo referente a la figura del padre, pueden retenerse de la obra de Freud tres temas que corresponden a tres momentos de mi hipótesis de trabajo. Son los mismos que nos permitirán construir, ulteriormente el esquema de la paternidad cuando hayamos atravesado los demás planos de articulación de la figura del padre.” El conflicto de las interpretaciones. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2003, pp. 422-423.
[25] Op. Cit., p. 177.
[26] Ibíd., p. 178.
[27] San Agustín, Contra Juliano, Libro II, capítulo 8. Cit. en Ibíd.
[28] San Agustín, Epístola a Atanasio, 145, 3, Cit. en Ibíd., p. 179.
[29] San Agustín, Enquiridión, 9, 30. Cit. en Ibíd.
[30] San Agustín, A Bonifacio, Libro III, capítulo 8. Cit. en Ibíd.
[31] San Agustín, A Bonifacio, Libro III, capítulo 7. Cit. en Ibíd.
[32] San Agustín, De la corrección y de la gracia, XIII, 42. Cit. en Ibíd.
[33] Ibíd. p. 182. Sin referencia a la fuente.
[34] Ibíd., p. 183.
[35] Ibíd., p. 184.
[36] Ibíd.
[37] Ibíd., p. 185.
[38] Ibíd.
[39] En efecto, Santo Tomás dice respecto a Dios y la verdad: “Si, pues, hay verdad en Dios, se sigue que todo lo verdadero proviene de El.” Suma Teológica, tomo I, 3ra. Edición, Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1964, 1, q. 16 a. 5, p. 643.
[40] Ibíd., p. 186.
[41] Ibíd. Por su parte Timothy George, aunque admite que ciertos pasajes de la Institución (por caso Vol. I, 5.4) parecieran ser fundamento para mostrar el pesimismo de Calvino hacia la humanidad, dice que no debemos hacer de ello una caricatura, porque “no está de acuerdo con el profundo aprecio de Calvino por los logros humanos en ciencia, medicina, literatura, arte y otras disciplinas.” Theology of reformers, Nashville: Broadman Press, 1988, p. 213.
[42] Ibíd.
[43] Ibíd.
[44] Para una crítica de esta tendencia y una invitación a ampliar el horizonte de comprensión del término “mundo” en el Nuevo Testamento, véase Alberto F. Roldán, Señor Total, Buenos Aires: Publicaciones Alianza, 1998, pp. 126-145.
[45] Jürgen Moltmann, O Espírito de vida. Uma pneumatologia integral, Petrópolis: Vozes, 1999, p. 214. (Versión española: El Espíritu de la vida, Sígueme). Allí, Moltmann cita el salmo 104 como un texto que habla de la “comunión de la creación.”
[46] Op. cit., p. 187.
[47] Ibíd., p. 188.
[48] Ibíd., p. 189.
[49] Juan Mateos, Cristianos en fiesta, Madrid: Cristiandad, 1975, p. 172. “Bajos instintos” es la traducción dinámica de sarx vertido generalmente por “carne” en las versiones de la Biblia más clásicas como Reina Valera. Nos parece una traducción creativa, sólo que puede conducir al lector a pesar que “lo carnal” sólo tiene que ver con lo sexual. Véase la lista de las “obras de la carne” en Gálatas 5.19-21.
[50] Para las varias interpretaciones véase especialmente John Murray, The epistle to the Romans, The New International Commentary on the New Testament, Grand Rapids: Eerdmans, 1968, pp. 256-257. Por su parte Karl Barth en su influyente comentario a Romanos, trata esta sección como un ejemplo de “la realidad de la religión” porque “cuando reconocemos la peculiar pecaminosidad del hombre religioso y vemos el pecado abundar en él, estamos capacitados para comprender el significado de la gracia más excedentemente abundante (v. 20) y la necesidad de que la misericordia divina pueda actuar a pesar del pecado.” The epistle to the Romans, New York: Oxford University Press, 1968, p. 257. Hay traducciones al español y al portugués.
[51] Op. Cit., p. 196.
[52] Como prueba, cita Retractaciones, Libro I, 23. Cit. en Ibíd.
[53] Ibíd.
[54] San Agustín, Sermón 176. Cit. en Ibíd, p. 197.
[55] Ibíd., pp. 219-220.
[56] El texto fundamental de Lutero es La voluntad determinada (De servo arbitrio), Obras de Martín Lutero, vol. 4, Buenos Aires: Paidós, 1976, especialmente pp. 123-137.
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martes, 6 de noviembre de 2007

Wilhelm Dilthey, Hombre y mundo en los siglos XVI y XVIII. México, FCE, 1978.

La tercera entre las obras capitales de la dogmática protestante es la Institución de la religión cristiana de Juan Calvino. Era la última dogmática creadora y, al mismo tiempo, la exposición ortodoxa de una confesión ya consolidada. Su primera edición aparece en 1535, un año antes del más importante escrito confesional suizo, pero la obra madura en las ediciones que se siguen a partir de 1539. Junto a la edición latina tenemos traducciones francesas, alemanas, inglesas, españolas, húngaras, que la extienden por todos los dominios de la religiosidad reformada. Desde los orígenes del cristianismo representa la exposición literaria y científicamente más perfecta del mismo y sólo ha sido superada por la dogmática de Schleirmacher. Su perfección verbal y lógica cerró el campo para cualquier otro desarrollo real de la doctrina reformada durante la época. Pero ventajas tan extraordinarias eran consecuencia de que la viva y amplia religiosidad de Zwinglio, de alto vuelo, se redujo a una conexión apretada, lógica y bíblicamente irrebatible y prácticamente abrumadora, obra de una cabeza intelectualmente poderosa pero no creadora. Era natural que esa religiosidad se empobreciera y se hiciera rígida.
Calvino era de naturaleza completamente latina, regimental. Nacido en Noyon, Picardía, en 1509, estaba lleno de un espíritu anticlerical por obra de su familia y de su patria. Tuvo una gran importancia para su modo de pensar que como discípulo de Alciatus se asimilara el espíritu del derecho romano. Por lo mismo que esta jurisprudencia había surgido del humanismo francés, Calvino, recobrada su independencia a la muerte de su padre, prefirió los estudios humanistas. Su juventud en París a partir de 1531 transcurre bajo buenos auspicios. Se entrega a los estudios humanistas bajo la dirección de Pierre Danès, uno de los espíritus más universales del Renacimiento. Gustaba por esta época de los ejercicios corporales, los viajes de placer, las marchas a caballo rodeado de amigos, atraía por sus maneras distinguidas y el estudio le hacia olvidar en ocasiones el sueño y la comida. También tuvo mucha importancia que se entregara con predilección a Séneca; en su primera obra (1532) interpretó el tratado De clementia. Dice en el prólogo que cuando Séneca habla de cuestiones morales destaca como un rey de entre todos los demás escritores; su lema es tecum habita, y como meta de la acción moral fija, como Séneca, la tranquilidad de ánimo o la paz. Observa Beza en su Vida de Calvino que los vigorosos sentimientos de Séneca estaban a tono con las costumbres de Calvino, quien leía a Séneca siempre con agrado. Y existe una manifestación analogía entre el modo como el sistema estoico alía la doctrina de la necesidad con el sentimiento más fuerte de la independencia moral y el modo como la religiosidad de Calvino lleva a cabo igual alianza en un plano más elevado. En esta obra de Calvino no se encuentra, me parece, ningún prenuncio de su conversión, que tuvo lugar un año más tarde, en 1533. Inmediatamente después aparece como señor de los círculos reformados de París. Tiene que huir, vivir con nombre supuesto; siente a menudo, como ocurre con los temperamentos señoriales, una gran ansia de oculto retiro, en lugares diferentes de Suiza e Italia, y ya el año 1535 publica la obra de su soledad, la Institución. Con esta obra se nos presenta ya perfecto y definitivo ante el público europeo de las luchas religiosas. Casualmente, el curso de su viaje fue retenido por Farel en Ginebra, y desde esta ciudad consolidará como un señor nato la religión reformada, prestándole el grado máximo de fuerza eficaz frente a la política católica de los papas y de la monarquía española, inspirada en el punto de vista regimental más grande. Mientras Felipe II sacrificaba con consciente dureza montones de herejes a la concepción católica regimental, Calvino, por su lado, como antípoda de la restauración católica, hacía otro tanto; mandó quemar al gran Servet; impuso su ley moral con prisiones y ejecuciones y oprimió a los “laberintos”, entre los que se encontraban espíritus templados y osados que habían comprendido, entre otras cosas, la doctrina fecunda de un espíritu inmortal del universo todo; trató al mismo tiempo de aunar las iglesias contra Roma, pero fue demasiado tarde. De haberse adelantado, acaso la suerte de la causa protestante hubiese sido otras.
La impresión que causaba su persona era de mayestática grandeza, de maneras distinguidas, apenas si se le veía fuera de sus asuntos y en ellos siempre en relación con los gobernantes de la ciudad. Dormía poco y trató a su cuerpo tan imperiosamente que éste cedió en seguida. Su dominio del idioma lo convirtió en uno de los creadores y maestros de la nueva prosa francesa. Pero no poseía el don supremo del escritor, la originalidad y la riqueza espiritual. Su actividad de escritor, lo mismo que la de los grandes príncipes de la Iglesia y los papas, estaba al servicio de su acción regimental. Esta acción era su instrumento. Como exigía ante todo la codificación de la religiosidad reformada, éste fue también el servicio principal prestado por su obra.
La Institución del Calvino destaca de la plenitud espiritual de Zwinglio el encadenamiento lógico de los grandes motivos religiosos de la acción absoluta de Dios, de la elección de gracia y de la habitación de Dios en la comunidad santa que elige como instrumento, pero excluye todo el profundo y cordial panteísmo de Zwinglio.
En esta conexión de tipo formal se instituye, partiendo de la acción omnicomprensiva de Dios, el valor religioso supremo de la persona creyente y la máxima tensión de la actividad moral. El dogma peligroso, pero buen alimento de la voluntad, acerca del carácter perdurable de la gracia, señala el punto extremo de la seguridad del hombre en sí mismo. Jamás se ha sentido y expresado con más fuerza la sublimidad del destino humano. Cuando más tarde el calvinista ginebrino Rousseau consagra en la literatura el infinito valor sentimental de la vida, nos encontramos ante una transformación secular de la conciencia calvinista del valor trascendente infinito de la persona creyente.
Pero esta estimación clasista de la vida presta semejante valor infinito tan sólo al proceso religioso-moral actuado por Dios en el hombre, y que le pone en comunicación con Él. Por eso la religiosidad calvinista tiene en su médula un carácter completamente distinto de la vida religiosidad de Lutero que abarca al hombre entero, que transfigura toda la radiante alegría por lo natural; posee un carácter de adusta gravedad, que llena la vida con el deber religiosos frente a Dios. Si se lee la clásica parte final del libro de Calvino: de vita hominis christiani, se evocarán más a menudo las producciones máximas de la piedad católica que no la obra de Lutero acerca de la libertad del cristiano. Sólo que en lugar de la imitación de Cristo tenemos el séquito de Dios como principio que informa y santifica todo momento de la vida. “El principio de la formación cristiana de la formación cristiana de la vida es: el deber de los creyentes consiste en ofrecer a Dios sus cuerpos como una hostia viva, santa y grata a El, y en esto también el culto legítimo de Dios. Estamos consagrados y dedicados a Dios. Por eso nada podemos pensar, hablar y obrar que no sea en su honor. Porque lo que ha sido consagrado a El no puede, sin una gran injusticia, ser empleado para usos profanos. No nos pertenecemos a nosotros mismos, por eso debemos olvidarnos y con nosotros todo lo nuestro. Pertenecemos al Señor y por eso toda parte de nuestra vida debe ser referida a El como el único fin legítimo”.204 De este principio de la religiosidad calvinista brota la exigencia del olvido de sí mismo y de no buscar lo suyo. Esta abnegación es la raíz profunda de todo sacrificio real por otro. Pero de un modo positivo éste descansa en el hecho e que mediante la relación común con Dios se restablece la relación común con el hombre. “Tú dices que este hombre es para ti un extraño, pero Dios le ha impreso la señal que indica su parentesco contigo. Tú dices que es despreciable y no sirve para nada, pero Dios lo ha condecorado con la huella de su imagen”. De la misma relación con Dios deriva la tranquilidad del ánimo, su elevación sobre todas las pasiones y todos los destinos, que se funda en la entrega a los grandes fines del regimiento divino del mundo y la confianza en ellos.
Esta religiosidad se diferencia de la de Lutero por los rudos deberes del guerrero de Dios, en su áspero servicio, deberes que llenan toda su vida. Se diferencia de la piedad católica por la fuerza desatada de la acción independiente. Pero su carácter genuino obedece a que todo el sentido religioso de la vida deriva del principio del señorío de Dios y de la predestinación, y en este señorío se motiva toda relación con los demás hombres y, finalmente, se asienta una orgullosa dureza contra los enemigos de Dios. Ya para Zwinglio el hombre, si se prescinde de la revelación y de la acción de Dios en él, es un ser sensual, en el fondo no otra cosa que el animal. También, según Calvino, la condenación a la muerte eterna ha tenido lugar antes de la creación del mundo, y el ateísmo, que la Providencia ha destinado a esta condenación, se funda en la perversidad de la naturaleza abandonada por Dios, y todas las malas acciones que en ella se producen constituyen la consecuencia de esta perversidad congénita del abandono, como el fruto viene del árbol y el arroyo de la fuente.205 Dios se sirve de las acciones de los malos, de las que es tan inocente como los rayos del sol de la putridez de un cadáver que, sin embargo, se corrompe bajo su acción.206 Si seguimos aguas arriba hasta su fuente esta corriente de perversidad abandonada de Dios, tenemos que Dios ha decretado la caída del primer hombre, es decir, que no sólo la ha permitido sino que la ha actuado cuando le dotó de una inestabilidad de la voluntad y lo entregó luego a su propia naturaleza.207 Pero así como los animales no se pueden quejar de que no hayan sido creados hombres, tampoco los condenados pueden quejarse. Pero por muy afín que esta doctrina sea de la de Zwinglio, Calvino, que pasó su vida en una lucha dura y hasta amarga, lleva, como juez, a un reconocimiento religioso mucho más fuerte lo activo y responsable en el hombre, lo que en él conduce a la reproducción y se manifiesta en lo réprobo. Al mismo tiempo le empuja el deseo de una mayor conformidad dogmática con la Escritura y con los luteranos. Así enlaza a la inestabilidad de la condición primera la voluntad libre (liberum arbitrium).208 De este modo se aparta del determinismo filosófico de Zwinglio y se pone más de acuerdo con el resto de los protestantes. La posibilidad religiosa más profunda de la terrible doctrina de la reprobación —el decretum horribile— reside en que toda criatura sirve a la gloria de Dios; como en los elegidos de gracia Dios se impone como fin de sí mismo, nace el sentimiento terrible de la religiosidad calvinista según el cual los abandonados por Dios no son más que medios en el plan divino del mundo, mientras que los agraciados se elevan por la acción de Dios en ellos a la categoría de un valor positivo de este plan. La fórmula de la doble predestinación, anterior a la creación del mundo, para la vida eterna y para la muerte eterna, lo mismo que el carácter perdurable de la gracia son la expresión de este plan.
Si consideramos en su conjunto este temple de ánimo calvinista veremos que el culto, la organización de la comunidad y la fórmula dogmática se hallan condicionados de manera homogénea por él. Lo mismo que en esta religiosidad hasta el mismo Dios humanizado, visible en Cristo, se convierte en mero instrumento mediador de esa acción omnipresente de Dios, así también el gran avance del espíritu protestante hacia lo invisible y no plástico se tiene que desarrollar en su culto de manera más completa que en la religiosidad luterana. Lo invisible y su voz llenan el ámbito de las desnudas iglesias reformadas. Desaparecen las imágenes de Cristo y los crucifijos porque lo visible, lo humano en Cristo, no tiene participación ninguna en su divinidad redentora. El mismo sentimiento empuja a Zwinglio a rechazar la absolución sacerdotal, pues el espíritu divino gobierna con independencia de todos los órganos exteriores, libre e invisible, y así caducan todos los derechos del clero católico sobre el pueblo o las comunidades cristianas. También Calvino sostiene la independencia de la comunidad religiosas respecto a la sociedad política y define la Iglesia como el “pueblo de los elegidos”. La sociedad eclesiástica descansa en la voluntad total de esta Iglesia, es decir, de todos y cada uno de sus miembros. Los eclesiásticos reciben su mandato de esta comunidad,209 mandato que se halla vinculado al contenido de la Biblia y que se extingue en cuanto lo sobrepasa. Por eso también la excomunión no puede tener lugar más que por acuerdo de los representantes de esta comunidad.210 Es digno de notarse cómo las consecuencias de la doble predestinación se extienden también en Calvino a la conciencia eclesiástica. Esta se potencia al infinito en su sentimiento de sí misma y en sus exigencias de santificación interna y de fuerza actuante. Por el doble decreto de Dios esta comunidad ha sido ya limitada desde antes de la creación. Hasta la misma encarnación de Cristo y su pasión se refiere exclusivamente a esta comunidad restringida de los escogidos. Y de esta suerte queda transportada la eternidad de los decretos divinos.
La exposición sistemática de la religiosidad calvinista está condicionada, a tenor de la fundamentación que nos ofrece la obra de Zwinglio, porque la relación de Dios con los hombres, que constituye el contenido de la religiosidad, es conducida a través de las diversas manifestaciones principales de Dios que nacen de esta relación, la Creación, la Redención y la Salvación. Así surge la conciencia articulada de esta religiosidad en la representación de Dios como Creador, Redentor y Salvador, según el esquema del símbolo apostólico. Por esta razón, el hecho de que la doctrina acerca del hombre no constituye parte principal de la Institución y que, por el contrario, la acción de Dios se convierte en el objeto exclusivo de la contemplación religiosa resonando por todas partes la relación predominante con esa acción, representada nada menos que la genial expresión constructiva de la religiosidad calvinista, que en ese aspecto no ha sido alcanzada por ninguna otra hasta su época. Este desarrollo sintético de toda la materia religiosa partiendo de la acción de Dios en los hombres según el nexo contenido en su decreto, es el único pensamiento auténticamente arquitectónico que se destaca del montón de libros de la dogmática protestante, durante un período que, hasta Calixto, cubre más de siglo y medio.
El método según el cual Calvino elabora la masa con esta articulación es también el más consecuente dentro de lo protestante. Se excluye toda ayuda, siquiera sea formal, de la filosofía. De la religiosidad reformada vivida se deriva, mediante una interpretación magistral de la Escritura, una conexión conceptual puramente religiosa y sólo en algunos pocos puntos se encuentra una recaída desde las categorías religiosas de la acción, de la fuerza, de la obra divina, del proceso de la fe, en la metafísica de los viejos símbolos cristianos, Y donde esto ocurre, como especialmente en el tratamiento de la doctrina de la Trinidad, se halla condicionada por el afán de catolicidad y de acuerdo con la masa de fe protestante. Pero el punto de vista de la predestinación no alcanza a explicar elementos importantes de la religiosidad cristiana; así, las exigencias de la ley a todo hombre, la conciencia bíblica expresada de la responsabilidad, el derecho de Dios a los castigos eternos, la conciencia contenida en el proceso de fe de la cooperación del hombre en el logro de la salvación. Al mismo tiempo, en la Institución de Calvino se suprimen todas las ayudas filosóficas recogidas por Zwinglio al objeto de esta explicación. Y así, esta dogmática se ve conducida en último término a la insondabilidad de su conexión última, al misterio o, lo que es lo mismo, a la arbitrariedad escotista de Dios y a la condenación de la curiosidad humana. Esta hubiera conducido a un espíritu filosófico al problema del conocimiento humano de las cosas supremas; y en ese caso hubiese cobrado conciencia reflexiva la posición nueva de la conciencia y reformada frente a la conciencia católica; y se hubieran ahorrado a la Iglesia reformada innumerables errores, disputas sin cuento sobre la predestinación y la voluntad humana. Pero también esto entra en la cuenta de las maldiciones del rígido principio escriturario pro el cual, en lugar de buscar la fundamentación de la fe en las profundidades de la experiencia interna, se acudió a los enigmas de las palabras bíblicas.
Al extender Calvino su interpretación de la Biblia a todo el conjunto de la misma, dos causas produjeron el predominio del punto de vista del Antiguo Testamento, que imprimió a la religiosidad reformada su carácter bíblico, introdujo en la exégesis una conexión según rigurosos conceptos bíblicos y preparó el terreno para el sistema sociniano y la libre investigación de la Biblia. Este predominio del Antiguo Testamento estaba condicionado por el punto de vista dominante de la acción omnicomprensiva de Dios, la determinación de su esencia, en al sentido escotista, como voluntad insondable y la fijación de la finalidad de todo lo creado en la gloria de Dios. Pero, pero otra parte, toda interpretación lógicamente rigurosa de los conceptos bíblicos de la gloria de Dios como fin de todo lo creado, de la promulgación de la ley, del pueblo escogido como propiedad suya sagrada, así como del establecimiento del señorío de este pueblo mediante el Mesías, tenía que llevar, hoy como ayer, a considerar ese concepto como la premisa para la conexión de los conceptos religiosos dentro del Nuevo Testamento. Hasta el predilecto Pablo sólo podía ser interpretado a partir de esos conceptos del Antiguo Testamento. Y como faltaba la idea de un desarrollo da la piedad cristiana del Espíritu Santo en la Escritura, tenía que sacrificar a los duros conceptos del Antiguo Testamento la amplitud, la suavidad y la profundidad insondable de los cristiano, hechos posibles por el horizonte universal de la época de Cristo y que penetra en forma menos captable, como todo lo genuinamente vivo, pero perceptible, por los Evangelios y las Epístolas de Pablo. Por eso, gracias a la magistral demostración dogmática de Calvino, la religiosidad reformada se ha colocado en puntos importantes detrás del Nuevo Testamento.
Voy a destacar sólo algunos puntos de la Institución. Calvino agrupa y simplifica toda la doctrina de Dios creador y conservador en el enérgico concepto de la actualidad divina. La omnipotencia de Dios está siempre alerta, actualmente, en acción contante. Dios es energía. Como tal está en toda acción singular, no existen causas segundas ni tampoco diferencia entre la permisión de Dios y su acción, y por esto no es posible distinguir entre Dios y los hombres cuando se estudia la causa de la culpa o de la gracia. Así, Calvino, en el umbral mismo, quema todos los puentes. No es posible conciliar con esta acción omnicomprensiva de Dios que el primer hombre haya sido creado a imagen de Dios y equipado con libertad. Tampoco es posible, como observa agudamente Calvino, explicar por el mero orden de la naturaleza que por la muerte de un hombre todos caigan en la muerte eterna, sino que hay que atribuirlo al terrible decreto de Dios (decretum quidem horrible, fateor). Y si se pregunta por la razón de Dios para semejante conducta, contesta Calvino que Dios no es sin ley, sino ley de sí mismo, y la causa de la condenación eterna queda tan oculta al hombre como el hecho de por qué Dios hace que vengan al mundo algunas de sus criaturas ciegas, mudas, tullidas y que otras caigan en locura. Por todas partes nos rodea el misterio. Y si la Encarnación y la Redención se subordinan al concepto supremo del gobierno divino, no se puede dar satisfacción partiendo de él a la hondura de la cristiandad primitiva y no nos queda más que la posibilidad del acto de voluntad divino y la demostración por la Escritura. La Encarnación no es para Calvino más que el remedio más adecuado y en tal sentido exigido por el decreto absoluto, y en este punto se rompe, en el sentido escotista, la conexión de necesidad entre la esencia de Dios y la Encarnación. Se disuelve el núcleo vivo del dogma cristiano de la Encarnación. El ingrediente más importante de la religiosidad protestante, la confianza en Dios, no es resultado de la reconciliación sino de la predestinación que la condiciona: Cristo no es el autor, sino el instrumento y el servidor de la gracia, y sólo por la buena voluntad de Dios (ex Dei beneplacito) podía hacer algo de mérito, y Calvino llega a señalarlo como el mediador entre el decreto salvador y la humanidad. Por todas partes se hace valer un nuevo rasgo unitario, pero desde la unidad última de la voluntad divina nos mira insoluble todo el misterio del mundo, concentrado en un solo punto. Aquí reside la más profunda diferencia con la religiosidad de Lutero, para quien la relación con Cristo y la confianza que nace de ella se hallaba en el punto focal de su religiosidad y en el rostro de Cristo se podía leer la solución de todo el misterio de los propósitos de Dios para con el hombre. Finalmente, también el pan y el vino de la comunión son para Calvino nada más que instrumentos de una acción invisible, con lo que vuelve a entrar el dogma en lo misterioso.
En la escuela teológica que ahora prevalece se ha intentado demostrar el acuerdo total de la religiosidad reformada y la luterana con respecto al dogma capital de la época de la Reforma, la doctrina de la justificación y de la reconciliación; se basa este intento en el supuesto de que Lutero habría condicionado totalmente la religiosidad de la Reforma. Así, Zwinglio y Calvino han sido excluidos de la historia de los dogmas. Allí donde Zwinglio se desvía de Lutero se convierte en materia de la historia de la teología y Calvino es concebido como “epígono de Lutero”. Frente a esto, y con todo el respecto por los grandes servicios de esta escuela, yo me encuentro con un resultado diferente. Las iglesias reformadas manifestaron una energía y una fecundidad en la afirmación del protestantismo que sobrepasa al a del luteranismo; por esto les fue posible a base de una nueva forma de religiosidad cristiana que muestra por doquier una fisonomía bien perfilada. Esta religiosidad se expresa en dogmas y en una conexión de los mismos que difieren de todas las grandes concepciones anteriores o contemporáneas. Y hasta se puede decir que la religiosidad reformada demostró una fuerza dogmática mayor que la luterana. El dogma de la acción omnicomprensiva de Dios, de la doble predestinación y de la elección de gracia representan una expresión tan concisa y clara de una nueva religiosidad como cualquier otro dogma desde la fundación de la Iglesia católica. Esta religiosidad reformada se revela de una importancia enorme, en la época en que se acuñaban las nacionalidades europeas, para la formación del carácter de las mismas. Dio a Suiza, en la medida en que se implantó en ella, el carácter honrado, grave, de su piedad y de sus costumbres, que han hecho posible la conservación de su constitución libre. Reunió las siete provincias nórdicas de los Países Bajos en una entidad religioso-política que conservó la dirección en las luchas por el nuevo cristianismo, por la libertad política y por la ciencia progresiva, hasta el momento en que, a causa de un cambio profundo en la situación de los poderes económicos y de las relaciones mercantiles, la dirección de este movimiento se trasladó a fines del siglo XVII a Inglaterra, a cuya cabeza figuraba ya un Orange, hijo de héroe, Guillermo III. Llenó a Escocia con el espíritu unitario de una piedad profunda, libre, grave, hasta cavilosa, pero que se manifestaba en una vida política fuerte, y la convirtió en fortaleza de la libertad religiosa y en sede de la gran especulación de Inglaterra. A muchos países alemanes su religiosidad los impregnó de un temple suave y liberal. Hasta en aquellos casos en que esta religiosidad reformada se hizo valer como minoría o se sumió como una parte de la vida religiosa de un país, se manifestó como un fermento de fuerza muy peculiar. Los hugonotes franceses lucharon por su reconocimiento en unos avatares llenos de sangre y de sacrificio, aliados con la libertad estamental y con el espíritu humanista; fueron vencidos por el poder; la necesidad vital de la monarquía sacrificó el espíritu de la religiosidad independiente a la unidad del Estado; consecuencia fue su poderío exterior pero también su fragilidad interna, pero hasta el día de hoy podemos seguir en la literatura de este país la influencia del espíritu reformado. En la religiosidad inglesa el espíritu reformado constituyó una parte importante, y se hizo valer en Norteamérica, en Hungría y en la diáspora entera. Esta religiosidad reformada prestó a la piedad protestante la más activa energía exterior, ofreció a Calvino, a los de Orange, a Cromwell, un horizonte mundial para sus combinaciones político-religiosas; su principio de libertad fue una gente poderoso de libertad burguesa; su alianza con el humanismo fomentó el gran movimiento filológico de los siglos XVI y XVII; y si se excluyó de la religión de la fe toda la filosofía, sin embargo, al discutir la predestinación trató con atrevida lógica el problema humano más profundo y preparó así un suelo libre a las ideas filosóficas en los Países Bajos primero y luego en Inglaterra. Finalmente, esta religiosidad reformada conservó, partiendo de Zwinglio, las grandes ideas de la revelación universal, de la luz interior libre, independiente de la letra, y de la comunidad autónoma; estas ideas prevalecen luego en los arminianos, independientes, puritanos, cuáqueros, y en el siglo XIX llegan a su plano desarrollo, lo que acontece con la colaboración viva de la religiosidad reformada en un Schleiermacher, en un Carlyle y en un Emerson. Una fuerza tan extraordinaria se debe precisamente a la sencillez original en la fundamentación de la piedad reformada. Al colocar al hombre en la conexión de la acción omnicomprensiva divina, ganaba para él una potencia imperecedera, lo levantaba sobre el curso del mundo y lo convertía en la unidad de fuerza más compacta que ha conocido la historia; esta voluntad vio su meta en la finalidad, bíblicamente establecida, de la piedad cristiana y se alistó en el ejército de la invisible Iglesia visible. Nunca ha habido una religiosidad de carácter más apretado.
Todo esto condicionó la evolución de la dogmática reformada. La doctrina de fe protestante desarticulaba, mediante la reflexión dogmática, toda la religiosidad viva de la Reforma en partes que se completaban: en la operación de Dios y la cooperación del hombre, en Escritura y espíritu, en culpa del hombre y su acomodo en la economía de salvación, en satisfacción, reconciliación y santificación, en gracia de Dios y colaboración del hombre en el proceso de fe. Cuando la ortodoxia reformada se desenvuelve desde Zwinglio hasta Voetius en la dirección de la elección de gracia, alcanza su compacta sencillez mediante la exclusión de los aspectos y motivos contradictorios de la religiosidad protestante, más amplia. Se desenvolvió vía exclusionis. Su sistema fue cada vez una instrumento más afilado, y también los grandes héroes de la fe en las iglesias reformadas simpatizaban con la predestinación. Así, el desarrollo dogmático dentro de las iglesias reformadas se llevó a cabo en una lucha exterior de los grandes motivos de la piedad protestante entre sí, mientras que en la Iglesia de Lutero del sistema ortodoxo mismo, todo manual del mismo, representaba el campo de batalla de estas fuerzas en pugna. El escenario de este desarrollo dogmático abarcó toda la Europa occidental. La escuela teológica de tormento. Según Calvino una parte de los hombres está destinada al mal lo mismo que los lobos a despedazar corderos. Calvino se defendió recordando otros misterios terribles de la creación divina, los ciegos, los tullidos, los locos. Pero Catellio siguió afirmando que, según la ética de Dios, todos los males morales tenían que derivarse de la libertad del hombre. Así preparó el arminianismo. También tuyo que abandonar su cargo y vivir del trabajo de sus manos en Basilea.
Esta dirección cobró nueva fuerza en Holanda cuando se restableció la relación de la interpretación de la Escritura con la filología humanista en el sentido de Zwinglio. Ya señalé cómo el humanista y político Coornhert (nacido en 1522 en Amsterdam) constituyó el centro de este movimiento, influido por Cicerón y Séneca. Su sentido fue llevado por Arminio (nacido en 1560 y desde 1603 profesor en Leyden) al campo teológico. Le inspiraban la naturaleza ética de Dios, que actúa en la gracia universal, y la dignidad y la libertad del hombre. Subraya el carácter práctico de la religiosidad reformada frente a la insoportable disputa dogmática, excluyendo para ello dogmas fundamentales. Por mediación de Episcopius y Hugo Grocio, el arminianismo se pone en relación con todas las fuerzas de la época más grande en ciencia filológica y política que han conocido los Países Bajos. En la misma dirección actuó en Francia la escuela de Saumuir, pero trató de mantener de acuerdo la universalidad de la gracia con la ortodoxia del símbolo de Dordrecht mediante distingos dogmáticos. Fue fundada esta escuela por el escocés Juan Camero (nacido en 1580, desde 1618 profesor en Saumur). Su discípulo Moisés Amyraut (nacido en 1596, desde 1626 predicador, desde 1633 profesor en Saumur) descubrió el enlace paradójico de un primer decreto universal con una predestinación restringida. Al orientarse este movimiento hacia el proceso moral e intelectual por el cual el hombre participa en su renacimiento, se vio conducido con Isaac Papin (nacido en 1657) a reconocer la fuerza libre del hombre, ya que se glorifica mejor a Dios mediante criaturas que obran libremente que por medio de sombras desvalidas.
La relación del humanismo y de la filología y la exégesis bíblica, nacidas de él, con la religiosidad reformada, condujo también a una forma libre de la teología reformada. En los Países Bajos actuaron Escalígero, Dalmasio, Lipsio, Isaac Vossius, Graevius, Heinsius. Sobre esta base se desarrolló una interpretación de la Escritura cuyo representante más destacado fue Hugo Grocio. Y de esta alianza de la religiosidad reformada con la filología surgió un poderoso impulso para revolucionar desde dentro el concepto bíblico de la dogmática mediante el establecimiento de una conexión lógica y exegénica precisas. No se puede negar la afinidad que a este respecto existe entre la interpretación de la Escritura por Calvino y el socianianismo. Sobre el suelo reformado nació la nueva combinación de conceptos dogmáticos de Hugo Grocio basada sobre la exégesis.
Trescientos años después de que fueron escritas estas doctrinas de fe, Carlyle se halla sentado en la cabaña de su anciana madre puritana, en Escocia; se identificaba con su sencilla fe reformada en modo más íntimo que con otra creencia cualquiera. El, el filósofo trascendental, el discípulo de Goethe, Schiller y Fichte, el genial historiador filósofo, sintió muy bien que la nueva religiosidad de estos hombres, lo mismo que la suya, representaba una etapa superior de la que tuvo su expresión en la fe reformada. Con la misma conciencia histórica del pensador, tan afín a él, Edgar Quinet, siguiendo el espíritu de las viejas congregaciones reformadas, se sintió autorizado, no estando presente ningún pastor, a ejercer los oficios piadosos anta el cadáver de su madre. Y cuando el autor de los Discursos sobre religión visitaba las comunidades de Herrenhut en Silesia consideró también, con la misma conciencia histórica, que no era sino otro miembro de esas comunidades pero en una etapa superior. En estos filósofos teólogos se prepara un estadio más algo de la religiosidad occidental. Los dogmas de las iglesias, los conceptos de los filósofos y hasta de los investigadores de la naturaleza, así como las creaciones de los artistas, todo es símbolo y escritura en imágenes. Pero lo que se expresa no es una verdad perfilada sino la misma vida insondable en la que se alberga también la conciencia de nuestra naturaleza superior y de nuestra conexión con lo invisible. Precisamente esta universalidad de la conciencia es un signo de que se halla fundada inconmoviblemente en la profundidad de la naturaleza humana. Leer más...