martes, 6 de febrero de 2007

EL PENSAMIENTO ECONÓMICO Y SOCIAL DE CALVINO
L. Cervantes-Ortiz

A Odair Pedroso Mateus


1. Hacia el jubileo de Juan Calvino en 2009


En 2009 se cumplirán 500 años del natalicio del reformador francés Juan Calvino. Varias instituciones han puesto en marcha mecanismos para organizar la celebración, entre ellas, la Alianza Reformada Mundial (ARM), que junto con el Centro Reformado Internacional John Knox y la Facultad de Teología de la Universidad de Ginebra llevó a cabo en noviembre de 2004 una consulta para reflexionar sobre la pertinencia de recordar dicho aniversario. El propósito fue descubrir el testimonio de Calvino para el compromiso de los cristianos reformados ante las realidades socioeconómicas de nuestro tiempo. Participaron 18 profesores y pastores de varios países; por América Latina, únicamente estuvo Odair Pedroso Mateus, responsable de teología y ecumenismo de la ARM y editor de la revista Reformed World.
La consulta resaltó dos aspectos relevantes de la figura de Calvino: las caricaturas de las que ha sido objeto, que muchas veces impiden una valoración adecuada de su vida y obra; y su preocupación pastoral, especialmente por los refugiados, la cual no le impidió incidir en áreas como la economía y la política. Luego de referirse a la atención a los perseguidos, en el resumen de la consulta se lee lo siguiente: “Calvino no dividió las dimensiones de la vida humana, ni las separó unas de otras. Estaba plenamente convencido de que ambas vidas, la terrenal y la por venir, fueron creadas y redimidas por Dios. Cada aspecto de la vida, entonces, está integrado con los demás en koinonia, fraternidad y solidaridad con el resto de la creación de Dios”.[1] Sobre la caricatura de Calvino, como padre del capitalismo, resultado en parte de una lectura superficial de las ideas de Max Weber, se afirma:La opinión actual es que ‘todo mundo sabe que él es el padre del capitalismo’... ¿Pero fue así realmente? Esta “tesis weberiana” en sí misma es frecuentemente mal comprendida; lectores atentos del sociólogo llaman la atención al hecho de que Weber afirmó que algunos calvinistas fueron los responsables del “espíritu capitalista”. [...] Resulta obvio que su “espíritu capitalista” se relaciona más con algunas vertientes del calvinismo posterior y no tienen mucho que ver con Calvino mismo. Por otro lado, muchos seguidores de Calvino han encontrado en su herencia una inspiración para la liberación y la dedicación por la justicia y el bien común, a cualquier precio”[2]
Se discutió, además, el carácter dinámico de la tradición reformada, algo que se deja de lado al hablar de Calvino mediante estereotipos. El hecho de que, con el paso del tiempo, los calvinistas han desarrollado algunos aspectos de la enseñanza o práctica de Calvino, han rechazado otros y reinterpretado muchos más, implica que los caminos de esta tradición corran el riesgo de la distorsión, sobre todo al aplicarse en diversos contextos geográficos y culturales. La distorsión, en ocasiones, es deliberada. La conclusión del resumen apunta inevitablemente hacia el presente: “¿Quién tiene la energía o la visión para responder a las necesidades del presente? Creemos que el Calvino redescubierto puede ofrecer algunas sugerencias para la visión y los recursos a desarrollar. Calvino estaba profunda y personalmente convencido de que la mayordomía de toda la Tierra le sirve al bien común, la justicia y el amor en todas las relaciones humanas, y que no es opcional para ningún ser humano”.[3]
Para abril de 2007, estos organismos, además de la Federación de Iglesias Protestantes Suizas, han convocado otra consulta internacional bajo el lema “¿Por qué y cómo celebrar el legado de Juan Calvino?”. Los invitados (alrededor de 60) procederán de 17 países, Brasil y México entre ellos. Los cuatro ejes de la consulta son: libertad y discipulado radical, Calvino como teólogo bíblico, su comprensión de la Iglesia y la ética y el orden social. Una forma de conmemoración es pasar revista a las múltiples interpretaciones de su legado por parte de autores de diversa filiación ideológica. Algunos son muy conocidos, e incluso clásicos, pero otros no han trascendido. Las iglesias y comunidades reformadas de habla hispana necesitan conocer estas aportaciones para apreciar mejor la herencia calvinista.
2. Biéler: un clásico instantáneo
Luego de 44 años de su aparición en francés, por fin se publicó en inglés un libro clásico de la calvinología del siglo XX: El pensamiento económico y social de Calvino, de André Biéler (nacido en 1914). Aun cuando existe una versión publicada en Brasil, y puede leerse en español El humanismo social de Calvino (Buenos Aires, Editorial Escaton, 1973), resulta todo un acontecimiento que el Consejo Mundial de Iglesias y la Alianza Reformada Mundial hayan aunado esfuerzos para coeditar esta obra. El profesor cuáquero Edward Dommen fue el encargado de la edición. El libro abre con un saludo del propio Biéler desde su retiro en la ciudad de Morges, fechado en febrero de 2005 y con una semblanza del autor, escrita por Jean Pierre Thévenaz, la cual permite apreciar en su justa dimensión la personalidad de Biéler como economista, teólogo y pastor. Este volumen fue, originalmente, su tesis doctoral en ciencias económicas y es un auténtico océano analítico, cuya extensión (casi 550 páginas) complica abarcarlo brevemente en su totalidad.
El prólogo es una vigorosa advertencia sobre cómo valora el autor la vida y obra de Calvino, y su propósito al escribir sobre él, que puede resumirse como sigue: la voz de Calvino aún habla pero su pensamiento social y económico es poco conocido; se trata de un tema económico, aunque sus ideas en este campo son inseparables de sus premisas teológicas y de los sucesos de la época en que vivió.
En la introducción de la primera parte del libro (La reforma calvinista: una reforma completa de la sociedad), que consta de dos capítulos, se exponen los antecedentes históricos de la obra de Calvino en Ginebra. Una afirmación llama poderosamente la atención: la reforma religiosa exigía una reforma social. Así, pasa revista a las razones del surgimiento de la reforma luterana en su contexto social, asociándola al desarrollo del proletariado rural. Lleva a cabo algo similar con Zwinglio y Farel. En el primer capítulo se expone el surgimiento del calvinismo desde un marco socio-político. Para ello, se ocupa de caracterizar a Calvino desde sus inicios como conservador hasta su transformación en jefe de un movimiento popular “subversivo”. Discute, también, las estructuras de la nueva sociedad, esto es, la forma en que Calvino delineó los diferentes órdenes de la vida comunitaria en Ginebra, así como las fuerzas que destruyeron la iglesia y la sociedad: el nacionalismo religioso, como sustituto de la fe cristiana; la mística revolucionaria, perversión de la fe; y el militarismo como fuerza antisocial. El capítulo concluye con un análisis del mito de la teocracia calvinista y de la estrecha unión entre el pueblo y los intelectuales en las actividades reformadoras.
El segundo capítulo se ocupa de las reformas sociales y la vida económica, en cinco secciones, la primera de las cuales describe la situación económica de Ginebra y cómo ésta predispuso lo que sucedería en la época de la Reforma, además de señalar la manera en que los trastornos religiosos alteraron el comportamiento económico. A partir de allí, Biéler muestra cómo Calvino organizó el ministerio social de la iglesia y cómo, por ejemplo, los esfuerzos asistenciales no discriminaron a nadie por su nacionalidad, convirtiéndose Ginebra en un verdadero refugio para los extranjeros perseguidos. La siguiente sección expone las condiciones laborales de la época y cómo el Estado ginebrino asumió el papel de las organizaciones privadas, todo ello a partir de premisas religiosas. Afirma que gracias a las intervenciones sociales fruto de la Reforma fue posible la paz. Las dos últimas secciones explican la problemática relación entre calvinismo y actividad financiera y el colonialismo, las misiones y la esclavitud. Así termina la primera parte, con el reconocimiento de que: “Calvino no fue un moralista, jurista ni sociólogo, mucho menos un economista; fue un teólogo y un hombre de iglesia, consciente de todas las implicaciones humanas del Evangelio y convencido de que el consejo de Dios, cuyo ministro fue, no podía dejar de lado ningún problema humano” (p. 157).
La segunda parte (Doctrina) delinea, en el capítulo tercero, la sociología y antropología teológicas de Calvino, partiendo desde la naturaleza y destino de la humanidad, es decir, del idealismo humanista al realismo cristiano. El segundo gran aspecto es el propósito de la sociedad y el misterio de la historia, adonde lleva a cabo un abordaje teológico muy enfático del lugar de la sociedad en el plan original de Dios y cómo es posible entender a éste dentro de un análisis del intercambio y la solidaridad económicos, sólo que, con la caída y el desorden de la creación, tiene que realizarse una restauración social que será completada con la venida del Reino de Dios. De ese modo podrá alcanzarse el fin de la historia. Inmediatamente después Biéler se ocupa de los sacramentos, en el marco del interinato de la sociedad, antes del establecimiento pleno del Reino. Las agencias que interactúan en este periodo son la Iglesia y el Estado, para lo cual se discuten su interdependencia y sus contrastes. La afirmación de entrada es muy clara: para sobrevivir, la sociedad y la iglesia necesitan estructuras (pp. 242-244). La exposición obligada es, entonces, la del orden de la iglesia y el Estado, así como de sus relaciones. El último apartado es particularmente llamativo, pues estudia a la iglesia como causa de problemas sociales en relación con el deber de resistir espiritualmente a las autoridades, especialmente cuando surgen situaciones que ponen en riesgo la libertad (pp. 264-268).
El cuarto capítulo se ocupa del bienestar y el control del poder económico e inicia con una oración por el uso adecuado de los bienes materiales. Sus tres apartados están dedicados al misterio de los pobres y el ministerio de los ricos, el dinero en la iglesia y la redistribución del bienestar, y el papel económico del Estado en la regulación de la vida social. El primero y el tercero concluyen con una crítica al pensamiento calviniano al respecto de cada asunto. Es en este capítulo donde el análisis teológico-económico de Biéler alcanza sus mayores alturas, pues toca directamente el corazón de la problemática del papel mediador de la Iglesia y el Estado como agencias de redistribución de la riqueza. En el caso de la Iglesia, hay apartados relativos al orden material, la propiedad, el lucro, las ofrendas y los diáconos, así como al uso de las posesiones eclesiásticas y el pago de los salarios a los clérigos, todos ellos temas de difícil tratamiento al interior de las diversas confesiones. Un postulado es muy claro: la enorme tentación que representa para la Iglesia su seguridad material a expensas de negociar con la verdad cristiana (pp. 332-333). Sobre el Estado, las exigencias no son menores, pues la ley debe garantizar la propiedad privada, pero ésta debe funcionar para el servicio comunitario, además de que se debe velar por la honestidad en las prácticas comerciales y por el sano uso de los impuestos, cuya legitimidad y utilidad no deben dejar lugar a dudas.
El quinto capítulo está dedicado a las actividades económicas y abre, nuevamente, con una oración, esta vez para decirse antes de comenzar el día laboral. El trabajo y el descanso son desarrollados como temas básicos: Dios es el primer trabajador, pero también descansó, y éste es el punto de partida bíblico-teológico para que la humanidad lo haga. Asimismo, el trabajo humano tiene una importante relación con la vocación o llamamiento divino. El siguiente aspecto discutido es el salario, como fruto del trabajo y debe quedar salvaguardado por una adecuada comprensión del mérito que representa obtenerlo, a fin de evitar, entre otras cosas, revueltas sociales, utilizadas por el propio Dios, para juzgar a los explotadores (pp. 374-375). La siguiente sección aborda el tema de los campesinos y la agricultura, y a continuación, se debate sobre la tecnología, la ciencia y las artes, para cerrar con el comercio y los banqueros. Biéler estudia este último tema a partir de algunos comentarios bíblicos de Calvino, como los realizados a Levítico 25 y el Salmo 15, además de la carta a Claude de Sachin.El sexto y último capítulo, como era de esperarse, enfrenta la clásica relación entre calvinismo y capitalismo, para lo que recurre al análisis de las afirmaciones de Max Weber y Ernst Troeltsch, por una parte, y de R.H. Towney, por la otra, entre varios estudiosos abordados. A grandes rasgos, Calvino fue, en este marco, una “vuelta de tuerca” en la historia económica y puede ser visto como uno de los “padres del capitalismo”, aunque no a la manera de responsable de los excesos del desarrollo de esta teoría y práctica económica. La conclusión final consiste en afirmar, también, que Calvino fue un hombre de transición entre la época medieval y la era moderna y que su ética social fue uno de los factores que contribuyeron a conformar lo que vendría a ser el capitalismo occidental. De lo que se trata finalmente, y a contracorriente de lo que enseña hoy la vertiente más radical del neoliberalismo, que existe una importante relación entre la economía y la ética y que es necesario redescubrir una ética de horizonte holístico, es decir, que no excluya zonas de la praxis humana que supongan una independencia de los postulados éticos elementales.
3. Perspectiva del análisis desde una relectura de la Reforma Protestante
La perspectiva con que el libro de Biéler se acerca al pensamiento de Calvino está en consonancia con la del reformador, pues, aunque como anuncia su título, se trata de un análisis de los aspectos socio-económicos del pensamiento calviniano, pasa revista a un sinnúmero de asuntos, comenzando con una visión panorámica de la época de la Reforma y sus connotaciones, pues plantea la comprensión de dicho movimiento como “una reforma completa de la sociedad”. Así se entiende que ningún aspecto de la misma pueda quedar fuera. Por ello, Biéler, en la introducción a la primera parte del volumen, lleva a cabo una relectura histórica que no deja de reconocer, en primer lugar el carácter plural y simultáneo de los diversos movimientos religiosos que confluyeron en el siglo XVI, y traza un panorama de algunos sucesos previos al surgimiento de la lucha de Lutero, esbozando una interpretación que reconoce, en primer lugar, el estricto carácter religioso de la revuelta, pero sin dejar de advertir las eventuales consecuencias de los cambios en otros campos.
Con respecto a lo anterior, Biéler afirma: “Desde el comienzo (y a pesar del carácter conservador de Lutero, como se manifestó subsecuentemente) la reforma se manifestó como un movimiento que sacudiría la totalidad de la sociedad, reencendió todas las explosiones que se pensaba estaban bajo control y alimentó a través de todos los estratos sociales la esperanza impaciente de todos aquellos que buscaban un signo que los liberara de la tutela impuesta sobre ellos por parte de una estructura social arcaica no transformada del todo (y tales personas no escaseaban a principios del siglo XVI). Habría una vasta conmoción social, quizá la mayor en la historia desde la invasión de los bárbaros. Nuestro propósito es desenmarañar la confusión acerca de lo que corresponde a la Reforma y a otras fuentes revolucionarias” (p. 10).Aun cuando, desde el punto de vista político, la Reforma al principio era una confrontación entre Alemania y Roma, la renovación de la fe estaba en el centro de los esfuerzos de Lutero. No obstante, esta iniciativa coincidió con la emergencia de otros movimientos de protesta como lo fue el de los campesinos, de modo que, ante tal efervescencia social se manifestó con claridad que la Reforma luterana era una fuerza autónoma de renovación, ni conservadora ni revolucionaria, aunque por su indiferencia ante los problemas sociales, esta vertiente de la Reforma llegó a ser una fuerza conservadora y reaccionaria. La conclusión de este análisis consiste en señalar la interacción de las revoluciones sociales y religiosas en las diversas fases de la Reforma, dado que los aspectos religiosos tuvieron su propia dinámica revolucionaria, marcada por el compromiso con las autoridades establecidas.En el caso del movimiento dirigido por Zwinglio, quien asumió dicho liderazgo desde una perspectiva antimilitarista y una sólida predicación en cuanto a los temas sociales, se propició que, gracias al ánimo reformador, los campesinos y el proletariado urbano se levantaran, a pesar de la oposición del reformador. La amplia comprensión de los problemas por parte de Zwinglio aquietó a los revolucionarios y previno una represión brutal, pero la guerra interrumpió la evolución de los diversos grupos o partidos, con lo que la Reforma entró en un fase de redefinición debido a que los gobiernos la consideraron un asunto primordialmente político. Lo sucedido en Francia y Suiza tendría efecto sobre lo que acontecería en Ginebra, incluso antes de la llegada de Calvino.
Biéler afirma que la emancipación burguesa preparó el camino para la reforma calvinista, pues en Francia y Ginebra se dio una lucha entre conservadores e innovadores. La reforma en Ginebra experimentó los conflictos sociales que sacudieron a Europa, aunque algo tardíamente y con menos violencia, dependiendo de lo que había sucedido previamente. La primera ola de la reforma fue humanista, pero no produjo efectos directos; la primera fase crucial en ambos lugares corrió a cargo de los trabajadores y burgueses. Los panfletos que circulaban por doquier demandaban reformas sociales y religiosas. Uno de los efectos sociales que buscaba la predicación protestante era eliminar la explotación de los pobres y en Ginebra, desde los tiempos de Farel, el movimiento reformador comenzó a caracterizarse por el énfasis en la doctrina y la disciplina. Paralelamente, la Reforma en Ginebra comenzó a invadir todos los estratos de la ciudad.En noviembre de 1536 (con Calvino ya en la ciudad), Farel presentó al Concejo de los Doscientos los artículos De regimine Ecclesiae, un documento que establecía la organización religiosa de la ciudad. Con ello le abrió las puertas a Calvino, quien a partir de entonces, en su primera estancia en la ciudad, se convirtió en el verdadero dirigente de la iglesia. Una de las conclusiones de esta sección es que el movimiento popular para la renovación de Ginebra alcanzó mayor impacto hasta que recibió el apoyo de intelectuales que la dotaron de una estructura eclesiástica y cuidaron atentamente la formación doctrinal. En la ciudad del Lago Lemán quedaba listo el escenario para las ulteriores acciones transformadoras de Calvino. A fin de exponerlas, Biéler retratará la figura de Calvino con trazos magistrales.
4. Calvino, el humanista de trasfondo aristocrático
Biéler traza un perfil de Calvino en estrecha relación con la historia que le antecede y lo define como “un humanista católico y conservador que encabezará un movimiento popular ‘subversivo’ después de su conversión”. Con esta premisa, la revisión de su vida y obra está en función del advenimiento del calvinismo, entendido como un poder duradero que buscó la transformación política y social. A diferencia de Lutero, quien provenía de una familia de mineros, Calvino tuvo un origen aristocrático y, por lo tanto, compartía la cultura y prejuicios de esa clase social. Las amistades de su familia influyó decisivamente en su formación académica, pues gracias a ellas pudo acceder a colegios refinados en donde podría desarrollar su precoz inteligencia.
El padre de Calvino trazó para éste un destino marcado por la teología. Él mismo daba testimonio de ello: “Desde que era muy pequeño mi padre me destinó a la teología, pero después, al considerar que la jurisprudencia podía enriquecer, cambió de opinión”. El paso del joven Calvino por varios colegios franceses lo dotó de un peculiar interés por los estudios clásicos. En el Colegio de Montaigu, encontró firme oposición y prevención contra las ideas de los primeros reformadores. Por ello, alrededor de 1530 aún no podría afirmarse que había dejado el redil católico romano, a pesar de los contactos de su primo Olivétan con círculos humanistas y con Guillaume Cop, médico del rey Francisco I.
Dos años antes había comenzado a estudiar Derecho, y en 1532, ya con el grado de Maestro en Artes, publica su comentario a De Clementia, de Séneca, el cual le otorgó autoridad inmediata en el mundo humanista. Sobre esta obra, observa Biéler: “Más que cualquier otra evidencia nos muestra hasta qué grado el futuro reformador se hallaba aún ligado a la clase de pensamiento aceptable entre los humanistas católicos” (p. 61), pero señala también que, debido a que la Reforma había ganado presencia significativa en Francia, Calvino podía ser ajeno a ella. Allí, las condiciones políticas favorecían el desarrollo del reformismo humanista, aunque la reacción contra los escritos de Lutero, Carlstadt y Zwinglio fue muy violenta.En ese contexto, el aún católico Calvino, de regreso a París en 1531, compartía las ideas humanistas con un cierto aire de superioridad que se advierte en varios lugares de su comentario citado, adonde declara su hostilidad hacia “las masas sediciosas por naturaleza y libres de razón y discernimiento”. Su teología y ética todavía se ubicaban en la religión natural y en la moralidad del antiguo régimen, antes que en el Evangelio. Pero después de su conversión, él transformó completamente su punto de partida social y espiritual pero conservará, de su formación humanista, el riguroso método exegético que aplicará concienzudamente a los estudios bíblicos, que sería su característica distintiva entre todos los reformadores. Este cambio de orientación hizo que Calvino asumiera una postura más respetuosa hacia las inclinaciones populares.
5. El trabajo de Calvino para establecer una nueva sociedad
En medio de la persecución, desatada, entre otras cosas, por el discurso de Cop en La Sorbona, esta nueva etapa vital culmina en 1535 cuando Calvino redacta, instalado en la casa de su amigo Du Tillet, la Institución de la Religión Cristiana publicada en Basilea al año siguiente. En 1534 se encuentra con Lefèvre y más tarde huye de Francia para buscar dónde establecerse y continuar sus estudios, no obstante lo cual, no dejó de manifestar su indignación ante la intolerancia anti-protestante. La nueva obra fue su manera de reaccionar ante los agravios sufridos por sus hermanos en la fe. De ese modo, la Institución fue una respuesta política de enorme importancia, puesto que la respetuosa (y enérgica) epístola dirigida a Francisco I con que abre el libro redefine a los rebeldes como fieles seguidores del Evangelio.En dicha epístola, auténtica defensa de los perseguidos y mártires franceses, Calvino proclama, según resume Biéler: a) que la política y la verdad espiritual son inseparables; b) que la genuina Iglesia de Jesucristo se encuentra con mayor frecuencia entre los pobres, insatisfechos con el orden establecido, que en la institución eclesiástica ligada a las clases dominantes; y c) que no debe confundirse a los revolucionarios con los cristianos, quienes son, esencialmente, reformadores de una sociedad adonde prevalece el desorden.
El camino de Calvino hacia el liderazgo de la Reforma no fue fácil, ni antes ni después. Durante su estancia en Basilea, en 1535, escribió el prefacio a la traducción del Nuevo Testamento de su primo Olivétan, trabajo previo a la Institución. Biéler refiere puntualmente la forma en que aprendió en la ciudad donde vivió Erasmo: “Trabajando con sorprendente intensidad, dominó la teología igual que había dominado las artes y el derecho. Siguió escribiendo el libro que lo convertiría en el líder que los protestantes necesitaban con urgencia. Devoró las Escrituras, los escritos de los Padres de la Iglesia y las obras de Lutero, Melanchton y Bucero, mientras mantenía su habilidad para la polémica mediante los autores que leyó en Montaigu” (p. 74). Viajó a Italia, donde se encontró con la princesa Renata, y posteriormente intentó llegar a Estrasburgo, pero en el trayecto se topó con Farel en Ginebra, quien lo convenció de quedarse. El resto de la historia es de sobra conocido: Calvino iniciaría su primera estancia en julio de 1536, para ser expulsado dos años después, y regresar, finalmente, en 1541, para establecerse hasta su muerte en 1564. La estancia en Estrasburgo (1538-1541) dotó a Calvino de una visión plenamente reformada de la sociedad, misma que aplicaría a su regreso en Ginebra.
6. La dimensión social de las Ordenanzas eclesiásticas
Con las Ordenanzas eclesiásticas de 1541, Calvino comenzó a sentar las bases de una nueva forma de la Iglesia y la sociedad. Luego de su estancia en Estrasburgo, donde aprendió mucho sobre la necesidad de incorporar la disciplina como un elemento más para redefinir la Iglesia, puso en marcha un proyecto que abarcaría progresivamente todas las áreas de la vida, desde lo espiritual hasta lo socioeconómico y político. Podría decirse que logra, con ello, convertir a Ginebra en la ciudad reformada, pero no en el sentido de la instalación oficial de una nueva confesión eclesiástica sino en el más estricto, esto es, en el de la aplicación efectiva, con todo y sus fallas, de los postulados de la Reforma.
Según Biéler, las Ordenanzas fueron “el código moral y legal que gobernaría en Ginebra por más de dos siglos”, pues sólo en vida de Calvino (1561) se le hicieron algunas adecuaciones sobre el matrimonio y la excomunión. Biéler agrega que dicho documento da fe del carácter social de la reforma calvinista, a diferencia de la luterana, “que no atribuía importancia a las instituciones políticas y eclesiásticas” (p. 89). Es importante recordar que, luego de participar en algunas reuniones en Alemania (donde conoció a Melanchton), Calvino conoció directamente los peligros de subordinar la vida eclesiástica a las autoridades civiles, de ahí que esta “constitución”, comprometida con establecer un orden en la vida social y eclesiástica, se dirigía, en primer lugar, al gobierno de la Iglesia, donde el oficio de diácono, establecido por Calvino como el cuarto en el orden eclesiástico (además de los pastores, doctores y ancianos) muestra cómo el orden eclesiástico referido “a la totalidad de la vida de los creyentes consideraba ambas cosas desde puntos de vista espiritual y material, así como social e individual”.
Los ancianos, a su vez, provocaron disputas entre las autoridades políticas y eclesiásticas debido a que estaban comprometidos con la moral de la ciudad y la disciplina espiritual. Su función consistía en velar la vida individual y amonestar a quienes fallaban o llevaban vidas desordenadas y, en sus negocios, reportar al Consistorio, el cual podía exhortar en un espíritu fraterno. Los ancianos eran asistidos por oficiales de distrito para vigilar a los ciudadanos. No obstante esta situación, Calvino logró que la Iglesia funcionara con independencia de las autoridades. “Al establecer la autoridad espiritual de los ancianos, responsables de la disciplina eclesiástica, las Ordenanzas instalaron una autoridad que inevitablemente rebasó la de los magistrados en los asuntos que estos atendían” (p. 92).
7. Calvino, Ginebra y el capitalismo
En el terreno específicamente socioeconómico, Biéler desarrolla en el segundo capítulo de su libro una amplia investigación sobre la “vida económica” antes y después de la reforma ginebrina y continúa con un excelente resumen de la obra social de la Iglesia. El peso de dicha labor recayó en los diáconos, quienes se encargaron de velar por los refugiados, necesitados y enfermos, así como por la educación. A los refugiados se les buscaba trabajo aunque se tomaban en cuenta las condiciones en que habían logrado llegar a la ciudad. En diciembre de 1544, la intervención de Calvino fue decisiva para desarrollar la industria textil que contribuiría al bienestar de la población. La ayuda mutua fue altamente estimulada también.
Al aumentar los costos de la vida y emerger el proletariado, el Estado ginebrino poco a poco ocupó el lugar de las organizaciones sociales y los pastores intervinieron a favor de los trabajadores para mejorar su salario y se establecieron medidas para regular el trabajo. Por otro lado, en Ginebra se permitió el préstamo con interés, aunque limitándolo y, en este sentido, resultan muy llamativos los sermones contra la especulación pues, como advierte Biéler, los pastores de la ciudad no se ocupaban solamente de asuntos doctrinales y estaban preocupados por el bienestar popular. La Compañía de Pastores, con Beza como moderador, fue acusada de favorecer e incluso provocar el descontento popular, pero se respondió a esto al apelar a la libertad para la predicación y su práctica como una forma de servir al pueblo. Biéler concluye que “debido a su interés por el bienestar de la ciudad, la reforma calvinista favoreció las actividades financieras, pero en relación con el destino de las clases humildes, se opuso a cualquier práctica que fuera en detrimento de su calidad de vida. Actuó sin descanso para conservar un balance adecuado entre el crecimiento económico y la justicia social” (148).
Buena parte del libro de Biéler se ocupa de los fundamentos bíblico-teológicos (o doctrinales) del comportamiento de los reformadores ginebrinos sobre la economía, lo cual parecería ser desproporcionado, pero, de acuerdo con los condicionamientos mentales y espirituales de la época, se presentan como el fundamento real de todo lo realizado, de ahí que otro capítulo se ocupa, inmediatamente después, del bienestar y el control del poder económico, desde una perspectiva teológica sustentada en el análisis anterior, pues la clave hermenéutica que lo preside es la concepción de la enorme dignidad de los seres humanos como imagen de Dios. Por ello, la división temática expone desde su título la profundidad profética de cada asunto: el misterio de los pobres y el ministerio de los ricos se desglosa al revisar los beneficios materiales como signos de gracia; el bienestar y al pobreza como pruebas de la fe; los bienes materiales como instrumentos de Mammn; el uso de los bienes para ministrar el bienestar; el misterio de los pobres; y el orden económico de Dios.
Biéler reconoce que la enseñanza de Calvino fue más allá, en algunos aspectos, que los pensadores medievales y que, además de su lucidez profética acerca de recuperar los postulados bíblicos sobre la solidaridad económica de los pueblos y naciones, el punto de partida para una sana práctica sigue siendo el mismo en relación con “el ministerio de los ricos y el misterio de los pobres”.
El libro concluye con una serie de puntualizaciones al abordaje de varios autores relacionados con el tema, ya clásico, “Calvinismo y capitalismo”, especialmente Max Weber, llama la atención al hecho de que éste trabajó mas bien el comportamiento económico del puritanismo anglosajón. Sobre el lugar común de Calvino como “el padre del capitalismo”, Biéler argumenta que “debido a que distinguió en la vida de fe y de obediencia las cosas permanentes que se derivan del plan de Dios, por un lado, y las relativas y transitorias que proceden de las estructuras políticas del mundo adonde la fe y la obediencia se expresan, Calvino no fue cautivo de un sistema económico cerrado y de una ética social. Esta libertad le permitió analizar los sucesos económicos y sociales para luego aplicar las constantes de la ética evangélica con un agudo sentido de la actualidad. Calvino y el calvinismo original contribuyeron a hacer más fácil el crecimiento de la vida económica y el surgimiento” (pp. 453-454). Pero, afirma, Calvino nunca habría aceptado la idea de que la existencia económica y financiera tiene sus propias reglas y puede apartarse del plan amante y justo de Dios para todos los seres humanos.“El calvinismo, en su forma original, no fallaría en advertir los peligros y vicios del capitalismo desde sus inicios y se opondría a ellos con absoluto rigor”. Esta argumentación bien puede utilizarse para analizar críticamente lo que sucede en la economía actual, que se siente liberada de cualquier carga o compromiso ético intrínseco. La paternidad de Calvino, entonces, queda en entredicho.
[1] Reformed World, vol. 55, núm. 1, marzo de 2005, p. 4. Versión de L.C.-O.
[2] Idem.
[3] Ibid, p. 5.
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Cencos. Iglesias, octubre de 2001

La biografía y la historia se pertenecen mutuamente […] Aunque intentemos cercar nuestro espacio conseñales de “propiedad privada”, aun cuando nos neguemos a mirar a un mundo que nos ataca, aunque tengamos la ilusión de estar viviendo nuestras vidas individuales, la verdad es que nuestros destinos personales están profundamente arraigados en los destinos de la civilización. Nuestra biografía es siempre, de una forma o de otra, un síntoma de las condiciones que prevalecen en nuestro mundo. Esta es la razón de que frecuentemente descubramos que, a pesar de vivir en lugares diferentes, en contextos políticos distintos, nuestras biografías son sorprendentemente algo así como versiones diferentes de un mismo texto. Todas ellas tienen la misma estructura. Muestran la misma trama, la misma secuencia de esperanzas y frustraciones […]También la teología y la biografía se pertenecen mutuamente 1

RUBEM ALVES


1. EL SECUESTRO DE LA TRADICIÓN REFORMADA

Para empezar, quiero agradecer profundamente a Rubén Arjona Mejía la oportunidad que nos proporciona su libro (De la sumision a la revolucion. La influencia de Calvino en el desarrollo del protestantismo frances. Mexico, Centro Basilea de Investigacion y Apoyo, 2001) para celebrar el mes de las Reformas Protestantes acudiendo a una de sus fuentes y variantes principales, la de Juan Calvino, el insigne francés. Desde que apareció el extraordinario film La Reina Margot, no había experimentado con tanta emoción el acercamiento a esa zona tan olvidada de la historia del protestantismo. Más recientemente, el conocimiento y la lectura de la revista Réforme también me había obligado a voltear la mirada hacia esa franja geográfica, teológica y cultural que nos ha sido tan ajena gracias a la mediación del protestantismo misionero estadounidense, de corte fundamentalista.
Agradezco al cielo que los nefastos propósitos de los organizadores de la “Noche de San Bartolomé” no se hayan cumplido, ni siquiera con los siglos que han transcurrido, y que podamos posar nuestra memoria en aquellos años, con la certeza de que los logros reivindicadores de la disidencia religiosa sean los que se siguen realizando hasta hoy.
Hace pocas semanas he leído y analizado en profundidad la biografía de Lutero escrita por Lucien Febvre y publicada hace años por el Fondo de Cultura Económica e inevitablemente tuve que compararla con el brevísimo esbozo biográfico de Calvino que publicó alguna vez para tratar de aclarar algunas confusiones acerca de la Reforma en Francia. En su trabajo sobre Lutero, utiliza un método que logra demostrar hasta qué punto el luteranismo posterior a él se convirtió, progresivamente, en una negación de sus intuiciones y luchas originales. Cuando leía estas cosas, vino a mi mente el hecho de que a Calvino le ha sucedido algo similar debido a que, por lo menos en Amperica Latina, no hemos contado con versiones creíbles y confiables de la tradición reformada. Lo que llegó hasta nosotros, mediado por el filtro cultural anglosajón y por ideologías como la del destino manifiesto, ha limitado bastante la apreciación y experimentación de una tradición que, como estamos siendo testigos hoy, sigue vigente.
De ahí que desplegar un esfuerzo intelectual y espiritual interesado en explicarse las peripecias del propio Calvino y de su influencia en la disidencia religiosa de su patria en pleno siglo XVI, me parece sumamente meritorio, sobre todo si consideramos que en México —y me refiero específicamente a las instituciones de educación teológica— no existe mucho interés en profundizar en las raíces de las prácticas y mentalidades que hemos heredado, las más de las veces acríticamente, de los movimientos misioneros que originaron a las iglesias o denominaciones cristianas no católicas. Reconstruir la vida y ambiente histórico de Calvino —como de otros reformadores—, estudiar sus obras y preguntarse acerca de su pertinencia para nuestro tiempo, son tareas encomiables y críticas, justamente porque no se practican mucho. Todo ello se sitúa en la trinchera dedicada a rescatar de su secuestro a las diversas tradiciones cristianas que conviven en nuestra sociedad.
2. Reconocimientos formales
2.1 La estructura del trabajo
A los méritos ya señalados, habría que comenzar este recuento agradeciendo la brevedad de la investigación. En 74 páginas, Arjona nos lleva al fascinante y complejo mundo de la Reforma francesa. Luego de introducirnos sus preocupaciones esenciales, el primer capítulo es la justificación teológica de la resistencia, siguiendo las ideas de Calvino expresadas en la Psychopannychia, de la Institución y de otros textos: “En Psychopannychia Calvino establece con toda claridad la relación entre escatología y ética” (p. 6). Discute los conceptos de obediencia y resistencia y deja bien claro que Calvino no propugnó directamente la resistencia, sino dentro de un marco sociopolítico determinado por la existencia de los magistrados, un tipo de intermediarios entre la monarquía y el pueblo. En ellos veía la posibilidad de resistir a los gobiernos inicuos, quienes, con todo, eran depositarios de la administración de la piedad en medio de la nación. Esta tarea era la puerta para asumir la vocación de resistir a una monarquía que únicamente se solazaba en sus caprichos y despilfarros. El capítulo cierra con el planteamiento del dilema político calviniano (característica propia de la teología protestante, según Barth) fundado en un par de citas de este teólogo suizo, donde afirma que la enseñanza de Calvino “sólo puede proveer una base para la posibilidad de lo que puede y debe suceder en el lado humano en obediencia a Dios… No puede proveer la base para la realidad. Pues esta realidad es siempre humana, temporal, de este mundo” (p. 24).
El segundo capítulo, más histórico, expone la praxis de Calvino como fuente de validez que responde al planteamiento anterior. En otras palabras, le otorga más valor a lo que hizo Calvino que a las ideas expuestas con más o menos rigor. Al explorar la forma en que creció la causa calvinista en Francia, la acción consistente en escribir y predicar se muestra con el empuje y la fuerza necesar como para influir de manera determinante en su patria. Es notable la forma en que se rastrean los documentos salidos de la pluma de Calvino y que recibieron la censura de las autoridades eclesiásticas en La Sorbona, así como otros libros producidos en Ginebra.
El tercer capítulo, “La república en la república”, aterriza en asuntos más puntuales de la época, donde lo político aparece con mayor intensidad. Subraya cómo la organización de una estructura eclesial visible en 1559, propiciada por el constante apoyo de la iglesia de Ginebra, fue el germen de la revolución y de las luchas religiosas. En esta trama se dieron cita las fuerzas que apoyaban la causa calvinista en Francia y los impresores ginebrinos (que en 1561 publicaron 48 títulos subversivos). El tráfico de libros se convirtió en un mercado negro que alimentó la fe y la esperanza de miles de franceses. Dos principios establecidos por el propio Calvino guiaron a las comunidades protestantes francesas: la clandestinidad y el esfuerzo por ganar a la nobleza. Y justamente cuando la dirección del movimiento pasó a manos de los nobles, las cosas se precipitaron hacia la lucha armada, algo que Calvino no buscó, pero ante lo que tuvo que reaccionar, en medio de las negociaciones que no llegaron a culminar favorablemente para el movimiento disidente. Fruto de su estudio y reflexión fue el comentario al libro de Daniel, que dedicó a los “adoradores piadosos de Dios que desean que el reino de Cristo se establezca fielmente en Francia” (p. 56), y a quienes veía reflejados como en un espejo en la historia bíblica del libro en cuestión. Calvino tuvo que poner en práctica, entonces, el providencialismo pragmático.
Las conclusiones arman un conjunto de reflexiones teológicas como resultado de la investigación. Calvino no ignoraba las consecuencias revolucionarias que tendría el desarrollo del protestantismo francés, de modo que se vio en la necesidad de afrontarlas con el fin de discernir la presencia de Dios en la historia, debajo de las máscaras con que se esconde (Barth). Como al final de su vida se puso la máscara de la revolución, a Calvino le costó más trabajo entenderlo, pero hizo el esfuerzo de acompañarlo “en la clandestinidad, en la censura y hasta en la revolución” (67). La “emoción moral”, uno de sus varios méritos literarios y estilísticos, fue el elemento que le dio congruencias a sus palabras y consolidó su influencia entre quienes lo leyeron. El reformador que se vio obligado a administrar los sacramentos en cuevas nos da una lección mayúscula: la de volver a empezar desde la clandestinidad siempre que “los templos cristianos se convierten en negocios e intentan justificar su existencia con una ‘teología de la corte’” (p. 68). La tesis termina preguntándose si estamos dispuestos a quitarle las máscaras a Dios, comenzando por las más contradictorias.
2.2 La investigación bibliográfica
En este punto hay que insistir en varios aspectos. Primero en el notable esfuerzo de bucear en la obra de Calvino y en el océano de la bibliografía sobre él. Afortunadamente ahora existen recursos más modernos que permiten tener la Opera Calvini prácticamente en la mano, pero aún así el manejo que hizo el autor de una bibliografía abrumadoramente inaccesible para nosotros constituye un mérito más de su trabajo.La selección de autores, la búsqueda de citas iluminadoras que pudieran alumbrar las zonas menos visitadas de la vida y obra de Calvino, para después emprender el fatigoso camino de la traducción, todo ello dirigido, con una idea en la mente, hacia la articulación de un retrato fiel de la persona, de la época y de las mentalidades religiosas, levanta este compacto edificio, auténtica rara avis en el medio presbiteriano en México. Por lo que promete, en términos de futuras investigaciones por parte de su autor, me atrevo a recordar el desafío que para los protestantes mexicanos han sido las obras del ya desaparecido profesor Juan A. Ortega y Medina, quien con sus acercamientos críticos a la Reforma Protestante y al tema del destino manifiesto, iluminó también muchas franjas históricas que permanecían en tinieblas.Voltear la mirada a las fuentes originarias del protestantismo reformado es contribuir a liberarnos de la dictadura ideológica de muchos intermediarios estadounidenses, muchos de ellos dominados por los demonios del etnocentrismo y del fundamentalismo, como si ser protestante en México fuera, parafraseando al escritor Ambrose Bierce, una auténtica eutanasia (porque él se refería a ser gringo en México, la misma hazaña, sólo que al revés…). Entre toda la extraordinaria bibliografía consultada sólo echaría yo de menos dos libros: The Constructive Revolutionary. John Calvin & his Socio-Economic Impact (El revolucionario constructivo. Juan Calvino y su impacto soio-económico), de W. Fred Graham (quien aparece con otros trabajos), y La pensée économique et sociale de Calvin, de André Biéler.
2.3 Los puntos críticos: historia y teología política
El libro es, en sí, el análisis de una de las grandes lecciones históricas de teología política dentro de la tradición reformada: Calvino, teórico de la “sumisión insumisa”, se ve obligado por las circunstancias a fundamentar y apoyar una rebelión armada contra la monarquía francesa en nombre de la libertad de culto y de la tolerancia. Ya no le quedaban atajos para escapar o para buscar una salida decorosa, pues todas serían indecorosas. Al no dirigir ya, desde fuera, a las comunidades, éstas, debido a la situación, enfrentaron una coyuntura inesperada: sus nuevas alianzas y compromisos los condujeron a la revolución.Este es el Calvino menos famoso, el que debe responder a la historia de su patria y a sus convicciones cristianas pocos años antes de morir. No era ya sólo el prolífico exegeta de las Escrituras, ni el dirigente internacional apoltronado en su cómodo sillón, sino un militante más de la disidencia religiosa que ya no pudo volver a su país.Algunos aspectos de teología política llaman particularmente la atención. Por ejemplo, el tema de la vocación sacrosanta del magisterio, que si bien ya es muy difícil de encontrarle aplicabilidad en la actualidad no deja de subrayar la responsabilidad ciudadana (diríamos hoy) de sectores bien determinados de la sociedad. Una de las funciones del gobierno civil sería la de velar por la piedad del pueblo, porque, en opinión de Calvino:Porque este reino espiritual comienza ya aquí en la tierra en nosotros un cierto gusto del reino celestial, y en esta vida mortal y transitoria nos da un cierto gusto de la bienaventuranza inmortal e incorruptible; pero el fin del gobierno temporal es mantener y conservar el culto divino externo, la doctrina y religión en su pureza, el estado de la Iglesia en su integridad, hacernos vivir con toda justicia, según lo exige la convivencia de los hombres durante todo el tiempo que hemos de vivir entre ellos, instruirnos en una justicia social, ponernos de acuerdo los unos con los otros, mantener y conservar la paz y tranquilidad comunes (Institución de la Religión Cristiana, IV, xx, 2) (p. 10).
Y dice luego, antes de citar a Michael Waltzer: “Resulta así que el gobierno juega un papel importante en los procesos de santificación de las comunidades. ‘La lucha por una nueva comunidad humana que sustituya al Edén perdido se convierte entonces en un asunto de actividad política concreta’” (Idem).
La opinión de Calvino, lejos de ser ingenua, presupone también el comportamiento general de quienes ejercían el gobierno:
Mas como de ordinario acontece que la mayoría de los príncipes andan muy lejos del verdadero camino; y que los unos, sin preocuparse para nada de su deber, se adormecen en los placeres y deleites; otros, dominados por la avaricia, ponen en venta todas las leyes, privilegios, derechos y juicios; otros saquean al pobre pueblo para proveer a sus despilfarros injustificados; y otros se dedican sencillamente al bandolerismo, saqueando casas, violando doncellas y casadas, y matando inocentes… (irc , IV, xx, 24) (p. 11).
Esto lo comenta Arjona de la siguiente manera:

Ante esta descripción tan cruda de la realidad Calvino no duda en afirmar que estos gobernantes, a pesar de sus vicios y defectos, “tienen la majestad y dignidad que Él ha dado a los legítimos gobernantes” (irc, IV, xx, 25). Para explicar el punto, Calvino cita el caso de Nabucodonosor en la profecía de Jeremías (27,5-8,17). Calvino entiende que Nabucodonosor debía ser honrado y obedecido a pesar de ser un “cruel y perverso tirano”, sencillamente porque tenía el poder (irc, IV, xx, 27). De esta manera los tiranos pierden su legitimidad delante de Dios, pero por poseer la autoridad deben ser considerados por la gente como legítimos gobernantes hasta que Dios en su providencia lo determine (irc, IV, xx, 25) (pp. 11-12).

¿Cuál debe ser entonces la actitud de la gente ante el gobierno de un tirano? La respuesta a esta pregunta acuciante Calvino sólo pudo obtenerla mediante el enfrentamiento con circunstancias inesperadas, porque, argumenta Arjona, siguiendo a Walzer, “la cuestión del derecho a la resistencia es algo que sólo puede determinarse post facto” (p. 20). A la primera actitud ante la gestión de un gobernante infiel, analizar sus propios pecados, le va a seguir una actitud de reflexión coyuntural, para luego responder activamente, con solidaridad, consejos y recursos al alcance de la mano. Con todo “la insumisa sumisión del testimonio de los mártires es una arma nada despreciable para librar las batallas de Dios”, como escribió H. Höpfl (p. 13). Un largo camino de aprendizaje separaba a las primeras intuiciones, hasta llegar a entender a la resistencia como deber y vocación, porque como bien insiste Arjona, “a insistencia en la obediencia y sometimiento a la autoridad, inclusive a los tiranos, no significa que Dios no actúe en favor de los oprimidos. Calvino afirma que Dios puede levantar a algunos de sus siervos con el propósito específico de castigar al tirano” (p. 14).
Otro aspecto relevante es el de las implicaciones democráticas del pensamiento de Calvino, pues aunque toma ejemplos del mundo grecorromano, su aplicación no resulta tan clara. Lo que sí queda claro es que identificó los intereses del pueblo con los designios divinos: “En realidad, para Calvino no hay contradicción entre el deber de los magistrados para con Dios y para con la gente. Los intereses de Dios y del pueblo son paralelos porque es Dios quien les ha asignado la tarea de velar por el bien público” (p. 20).
3. Observaciones
3.1 La importancia del libro y la lectura
Milton es el emblema del libro, pues una cita suya habla del valor vivo de una obra escrita y de su eventual influencia sobre la posteridad. La historia de la lectura en Occidente, según muestra un volumen colectivo publicado recientemente incluye un capítulo importante acerca de la Reforma, aunque algunos comentaristas despistados no entiendan bien de qué se trata.2 La lectura de la Biblia y de otros libros relacionados constituyó una verdadera revolución cultural en las sociedades del siglo XVI, tan cerradas a la posibilidad de una renovación de amplias proyecciones.
El paralelismo con la Nueva España es inquietante pues muchos libros prohibidos entraron aquí a pesar del terror causado por la Inquisición. Poco a poco las lecturas prohibidas fueron influyendo en las conciencias, al grado de que, después de la Revolución Francesa, se atribuían a los libros relacionados con ella efectos perniciosos como los que después desencadenaron la lucha por la independencia. Jean Meyer ha demostrado el tipo de lecturas que movieron a Hidalgo a encabezarla. Arjona nos invita a reconocer la importancia de la letra impresa para la difusión de las mejores causas: “Bien nos haría en nuestros días recordar la capacidad revolucionaria de la palabra escrita fundida al calor del encuentro con Dios, palabra llena de convicción, que no se vende ni se negocia” (p. 66).
3.2 La metodología teológico-histórica
Todo el libro está permeado por la lectura de un libro capital de Barth: The Theology of John Calvin, traducido al inglés no hace mucho. Dos temas sostienen el análisis: las máscaras de Dios, un postulado cercano a la teología de la liberación, y la idea de quedar “abandonados al amparo de la Palabra de Dios”.Sobre el modelo de misión, el principio de ganar a la alta nobleza, válido para el siglo XVI (“Con la esperanza de generar una transición ordenada y pacífica, Calvino enfatizó la importancia de ganar a la nobleza para la causa protestante”, p. 64), la perspectiva histórica presenta un interrogante conflictivo: esta metodología ¿es igual o parecida a la práctica de sembrar iglesias dirigiéndose a núcleos de clase media alta en México?
La teología y la historia confluyen irremediablemente en un análisis de este tipo de sucesos. En ocasiones, la necesidad de explicar acontecimientos y dinámicas sociopolíticas oscurece la necesaria reflexión sobre las motivaciones de fondo de los actores y protagonistas. No es el caso esta vez, puesto que el autor ha desplegado una visión muy equilibrada de los hechos y hasta nos deja al final con un suspenso que llena con las conclusiones, teológicas a más no poder, aderezadas con unos toques casi imperceptibles de actualidad.
4. Puntualizaciones
4.1 Una pastoral desde el exilio
La pastoral que practica Calvino desde Ginebra es un asunto particularmente relevante: se trata de una verdadera pastoral desde el exilio, que aunque geográficamente cercano, no dejó de ser un impedimento para que su presencia física influyera de manera directa sobre el curso de los acontecimientos. Ya hemos visto cómo suplió esa falta. Su empeño, no obstante, fue persistente en delinear una conducta eclesial pertinente y profética, puesto que no resultaba nada fácil promover ni la sumisión pasiva, ni la rebelión armada, en un contexto plagado de ambiguedades. Arjona ve justamente en la ambigüedad una de las virtudes de Calvino:Irónicamente, sin embargo, su estilo también es magistralmente ambiguo. Calvino posee la virtud suprema de la política: la ambigüedad (Walzer, The Revolution of the Saints, p. 23). El fundamento de esta ambigüedad es de carácter teológico. Y es que al llegar a la cúspide de su exposición, el teólogo reformado debe callar. Es entonces cuando la teología reformada se impone y nos abandona en la cima, o mejor aún, nos abandona en las manos de Dios (Barth, p. 205). Frecuentemente al leer a Calvino experimentaremos esta sensación. Cuando parezca que hemos alcanzado la cima en realidad nos daremos cuenta que hemos sido abandonados al amparo de la Palabra de Dios (p. 4).Las últimas secciones de la Institución han sido leídas e interpretadas de muchas maneras, en la búsqueda de un Calvino más abierto a las posibilidades históricas. No obstante, la labor no es sencilla, pues muchas veces se quiere imponer un criterio posterior a lo afirmado por él. Lo cierto es que urge releer todo el texto de la Institución para poner al día la utilidad de sus intuiciones doctrinales, teológicas y prácticas. En ese sentido, su carácter original, de instrumento de una pastoral del exilio, no debe ser olvidado.
4.2 Lecciones para interpretar las coyunturas en clave bíblica
El uso de la Biblia es un asunto particularmente exigente en la actualidad del protestantismo latinoamericano y mexicano. En el primer nivel existe un grupo de biblistas que ha avanzado bastante más que la mentalidad de las comunidades, lo cual no deja de ser lamentable para éstas. Debido al deterioro de la herencia protestante clásica en este sentido, lo que ahora vemos en México es algo deprimente: en la Expolitec (18-20 de octubre 2001) fue posible ver la escultura de un sacerdote hebreo, con efod y todo, lo cual es una muestra de la mentalidad pro-israelita acrítica que permea la mente de las iglesias evangélicas mexicanas, que suponen que conocer la Biblia y su mensaje consiste en ese tipo de espectáculos.
El asunto central es poner a dialogar el mensaje bíblico con las exigentes circunstancias sociopolíticas, una tarea hermenéutica seria que demanda todas nuestras energías. Arjona aporta un buen debate acerca de las armas bíblicas para la resistencia política:Así, por ejemplo, al citar el caso de la liberación de Israel de manos de la tiranía de Faraón, Calvino afirma: “porque los primeros, como eran llamados por Dios con legítima vocación para tales empresas, no violaban la majestad real que Dios ha ordenado, al tomar las armas contra los reyes; sino que, armados por Dios, corregían la potencia menor con la mayor, ni más ni menos como es lícito a los reyes castigar a los nobles” (IRC, IV, xx, 30). P. Wernle considera que Calvino hace uso de un sofisma al utilizar estos ejemplos bíblicos con el fin de justificar la resistencia como vocación divina; en realidad, afirma este autor, Calvino se contradice en su intento por defender el derecho a la resistencia. Barth responde diciendoclaro, no tiene nada de sofístico y no es producto del biblicismo. El tema central de Calvino es el gobierno de Dios, y el gobierno de Dios, asegura Barth, puede hoy usar la máscara de la tiranía y mañana ponerse la máscara de la revolución, pero Dios seguirá siendo el mismo (p. 15).
Si no había biblicismo, tampoco había bibliolatría fundamentalista, literalista. La gran tradición exegética reformada nacía de cara a las realidades políticas, una lección que en América Latina se ha recibido por otras vías. Mucha gente supone que dominar el mensaje bíblico es citar de memoria párrafos extensos, cuando el problema radica en qué Dios se está revelando en la situación del momento y en qué forma. Esa es, quizá, la máxima aportación de esta tesis. ●
Notas
1) R. Alves, “Del paraíso al desierto: reflexiones autobiográficas”, en R. Gibellini, ed., La nueva frontera de la teología en América Latina. Trad. A. Ortiz. Salamanca, Sígueme, 1977, pp. 268-269.
2) Cf. D. Mir, nota en “La Crónica Dominical”, 7 de octubre de 2001, p.12.
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JOSé LUIS L. ARANGUREN Y EL CALVINISMO

Leopoldo Cervantes-Ortiz

17 de marzo, 2006


Protestante Digital, 2006, www.protestantedigital.com/new/leerarticulo.php?546

José Luis L. Aranguren fue uno de los primeros estudiosos españoles en acercarse a Calvino, aun cuando lo hizo desde una perspectiva sumamente crítica. Su análisis está marcado por una fuerte impronta católica, pero no deja de observar agudamente los alcances de la influencia de Calvino y su tradición en la civilización occidental. De ahí la importancia de sus planteamientos.La historia del calvinismo es completamente diferente. En su origen no aparece un reformador de tremenda y exaltada genialidad, sino un hombre frío, equilibrado, severo, ordenado y sistemático. Un hombre que, precisamente por no ser extraordinario, funda una religión mucho más practicable que la luterana y que, por no tener genialidad, en vez de sofocar con ésta a sus sucesores, permitirá que ellos desarrollen aquellos elementos de su doctrina más acordes con el sentido de los tiempos nuevos.
[1]


José Luis L. Aranguren (1909-1996) fue uno de los más notables filósofos españoles del siglo XX. Estudió derecho y filosofía. Fue catedrático de Ética en la Universidad de Madrid y un intelectual sumamente influyente. En febrero de 1965 encabezó una marcha estudiantil en protesta por la falta de libertad de asociación. Ese mismo año fue privado de su cátedra, a la cual se reintegró en 1976. Entre sus obras se cuentan: Ética (1958), La ética de Ortega (1958), Ética y política (1963), Moral y sociedad (1966), El marxismo como moral (1968), El cristianismo de Dostoievski (1970), La cultura española y la cultura establecida (1975), Bajo el signo de la juventud (1981). Sus obras completas han sido publicadas por la editorial Trotta.


A su muerte, fue reconocido como lo que siempre sintió que era: un “cristiano heterodoxo” que apreciaba más el cristianismo en su vertiente eclesial que eclesiástica. Decía que su iglesia se había convertido en una especie de “empresa multinacional” en la que el Espíritu está representado por administradores y que la gracia y la religión estaban burocratizadas. Rechazó la idea de que la ética y la religión se excluyen mutuamente y afirmó que “el fundamento, la razón de ser de la moral es la esperanza, la fe como fiducia, y esperanza es esa puesta en camino, esa búsqueda”.[2]


Su interés por el protestantismo se evidencia desde el tema de su tesis doctoral, El protestantismo y la moral (1951, publicada en 1954) y en Catolicismo y protestantismo como formas de existencia (1952), primer libro escrito en España por un intelectual católico con el ánimo no de refutar sino de entender al protestantismo. En ambas obras, su abordaje es estrictamente filosófico, aun cuando su perspectiva católica nunca desaparece, por su énfasis comparativo.


1. Calvino y su tradición desde una perspectiva existencial


La palabra clave de este análisis es el talante, esto es, el carácter o espíritu de una ideología o corriente de pensamiento. Lo explica así, en la introducción de Catolicismo y protestantismo...: “El sentimiento, estado de ánimo o talante es una disposición espontánea, pre-racional —próxima a la pura sensibilidad de la terminología escolástica—, un encontrarse, sin saber por qué, triste o alegre, confiado o desesperanzado, angustiado o tranquilo en medio del mundo”.[3] La actitud, sería un talante informado, apoyado en la tradición, que produce un sentido o estilo de vida. La distinción de talantes entre catolicismo y protestantismo es el tema de todo el libro, para lo cual estudia primero a Lutero y su teología, así como su actualidad, para luego abordar a Calvino y el calvinismo contemporáneo, en la segunda parte se acerca al anglicanismo, el catolicismo de la Contrarreforma y el jansenismo de Pascal, para al final ocuparse de el catolicismo de Unamuno, la situación del catolicismo actual y reflexionar sobre la lejanía y cercanía de Dios en la época contemporánea.


Algo que llama poderosamente la atención es la lectura de Karl Barth como trasfondo inevitable de todo el libro, algo inevitable para quien escribió a mediados del siglo XX. Así, se ocupa de la “teología dialéctica” al rastrear la presencia de Lutero y su continuidad en las ideas de Kierkegaard y Rudolf Otto, sobre la alteridad absoluta de Dios, rasgo característico de la teología barthiana.En la primera parte, “Calvino y su doctrina”, el autor diferencia a la tradición reformada de la luterana al subrayar que “la Reforma latina” fue creación del humanista Calvino, a tal punto, que su esfuerzo confluye con la Contrarreforma en el sentido de que intentó conciliar el Renacimiento con la fe cristiana. Sobre la predestinación, Aranguren advierte que es el punto central de la teología calviniana y señala: “Aparentemente hay una inconsistencia en el hecho de que a una doctrina como la calvinista de la Predestinación, mucho más aterradora que la luterana, corresponda un temple vital más calmoso y sereno”.[4]


Luego de referirse a la supuesta superstitio de Calvino, afirma que éste hizo del protestantismo todo un sistema y que sus seguidores “iniciaron el proceso moderno de reducción de la religión a simple moralidad”.[5]Aranguren subraya la creencia eclesiológica de Calvino y ve en ella el surgimiento de una nueva seguridad que ya no se fundamenta en la Iglesia sino en la inadmisibilidad de la justicia humana y en la certeza de la salvación. Observa, además, que la interiorización religiosa de Calvino es mucho más radical que la de Lutero, así como su perspectiva de los sacramentos como simples signos exteriores por medio de los cuales Jesucristo representa y testifica su buena voluntad y su promesa. En cuanto a la liturgia, Aranguren recuerda al enorme desconfianza calviniana en relación con la magnificencia exterior de las ceremonias. El análisis concluye con una crítica a la eclesiología de Calvino, donde percibe un cierto “racismo” al trasladar las consecuencias profundas de la predestinación.


En “Karl Barth, otra vez”, se ensaya una caracterización de la obra del teólogo suizo como continuador de Kierkegaard, sobre todo por la Epístola a los Romanos (1919). Las conexiones que encuentra Aranguren entre esta teología y el existencialismo se ven matizadas por la relación con la teología de Calvino, pues aunque reconoce que Barth se aparta en buena medida de la doctrina de aquél sobre la predestinación, ubica a ésta inmediatamente después de la doctrina de Dios e inmediatamente delante de la doctrina de la creación. Donde percibe mayor discontinuidad con los reformadores es en la doctrina de la fe fiducial, pues, comenta: “Barth ‘regresa’ a una fe que ‘vive de su objeto’ y consiste en asentimiento a la Revelación”, además de que “acentúa, siguiendo a Calvino, el aspecto obediencial y adoracional de esta última, y reconoce la imposibilidad de construir una teología completamente separada de toda filosofía”.[6]


2. La moral calvinista


En El protestantismo y la moral, libro que subraya y profundiza algunos temas del libro anterior, antes de estudiar los aspectos éticos del calvinismo, Aranguren identifica cuatro grandes aspectos en la doctrina calviniana: el énfasis en la majestad de Dios, la predestinación, la utilidad de la ley y la obediencia. Su conclusión es muy sugerente:

Ninguna confesión ha hecho estribar la esencia de la religiosidad tan abrumadoramente como la calvinista en el sometimiento a las Órdenes divinas; ninguna fe ha reducido como ésta la personalidad humana a simple ‘herramienta’ en las manos de Dios [aquí cita a Max Weber]; ninguna religión ha enfatizado en tal grado la ‘dependencia’ en que el hombre está de Dios. Esta unilateralidad en la concepción de la vida religiosa tenía que terminar, dentro de la corriente histórica moderna de la progresiva afirmación del hombre frente a todo lo no humano, en la actitud contraria: la proclamación del hombre como fin en sí mismo, independiente y autónomo.[7]

Es justamente la autonomía humana el punto de partida para el análisis de la moral calvinista, pues, observa Aranguren, “la autonomía kantiana y poskantiana se opone, ciertamente, a la teonomía calvinista, pero a la vez deriva de ella.[8] Al contrastar nuevamente el calvinismo con el luteranismo, sobre todo en sus relaciones con la modernidad, pone de relieve —siguiendo a Weber— el concepto, dinámico y subjetivo, de vocación o llamamiento, que “hace referencia a la tarea individual de cada hombre, aquella a la que Dios le llama. (Tarea práctica y externa; no se trata de una pura ‘vocación’ interior en la acepción que esta palabra [...] tiene en español, sino de un quehacer determinado en el mundo.) Vocación, pues, como llamada concreta a una ocupación activa”.[9]

Para el calvinismo esta realidad es el motor de la acción humana y de la ética.La moral calvinista, añade Aranguren, tiene un carácter reduplicativo porque “se ha ido haciendo a través de la vida, como ordenamiento práctico de la conducta humana y no en virtud de teorías”.[10] Los calvinistas inventaron sobre la marcha y pusieron por obra una moral que configura el cuadro de las virtudes cristianas, entre las que sobresalen, por mucho, el trabajo y la disciplina, con lo que se afirma la superioridad de la vida activa aun cuando se desprecien algunas áreas de la vida humana como el juego, la literatura y el arte, debido a su “sabor de vanidad”. El cuadro de las virtudes calvinistas, afirma Aranguren, “está montado sobre una distribución correlativa de pasiones dominantes y reprimidas”.[11]

Por todo ello, la actividad calvinista en el mundo se orienta hacia los negocios, pero en el sentido etimológico de la palabra (“negación del ocio”), no en el peyorativo, y en eso estriba la grandeza del espíritu puritano, en su sentido moral. De ahí procede, entonces, todo un universo semántico y práctico: bien común, riqueza, honradez, honestidad, al grado de que, como recordaba Weber, el proverbio “Honrado como un hugonote”, era usual en el siglo XVII. La religión se “reduce”, así, a honradez y justicia, primer paso para la actitud meramente utilitaria, según el filósofo español.Con todo, Aranguren concluye su libro —al hablar de la tensión de la moral y la religión en el mundo actual—, refiriéndose a otros factores que han influido en la formación y establecimiento de un ateísmo ético. Para ello, recurre a Sartre, Camus y otros autores. Comprende muy bien que el calvinismo y, en general, el protestantismo, han sido componentes del desarrollo moral en Occidente, sin dejar de afirmar la supuesta superioridad del catolicismo como “religión de la gracia del Dios redentor y de la justicia del hombre redimido”.

Sus conclusiones, polémicas, no dejan de observar la importancia de la relación entre la actitud religiosa y la actitud ética. Este es precisamente el mayor aporte de una discusión tan minuciosa de la moral calvinista.

Notas

[1] J.L.L. Aranguren, El protestantismo y la moral. Barcelona, Península, 1995 (Historia, ciencia,, sociedad, 237), p. 139.

[2] Cit. por Esteban López, “José Luis López Aranguren: ética abierta a la religión”, en www.escritos paralaconcordia.or/Aranguren.htm.

[3] J.L.L. Aranguren, Catolicismo y protestantismo como formas de existencia. Madrid, Alianza Editorial (Libro de bolsillo, 760), 1980, p. 27.

[4] Ibid., pp. 125-126.

[5] Ibid., p. 131.

[6] Ibid, p. 140.

[7] J.L.L. Aranguren, El protestantismo y la moral, pp. 148-149.

[8] Ibid., p. 149.

[9] Ibid.¸p. 155.

[10] Ibid., p. 159.

[11] Ibid., p. 165.

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L. Cervantes-Ortiz

11 de julio de 1991
En el CDLXXXIII Aniversario del natalicio de Juan Calvino

El calvinismo no es sólo una doctrina sobre la salvación ni la doble predestinación su principio fundamental. Lo que hace del calvinismo un sistema es su peculiar manera de entender las relaciones entre Dios y el mundo.
JESUS LARRIBA, Eclesiología y antropología en Calvino
Dice Carlos Fuentes que él es el único calvinista mexicano por su afición al trabajo, porque mientras los demás se asolean en la playa, él está luchando con la página en blanco:[1] el aspecto práctico y secular del puritanismo redentor de la obra humana, de la relación transformadora de la naturaleza. Pero ¿tiene razón? ¿poseemos elementos para refutarlo? En las iglesias presbiterianas no se enseña a ser calvinista, mucho menos Calvino: los Meses o Semanas de la Reforma sirven para repetir cada año las mismas fórmulas de siempre, las mismas fechas aburridas.
Sólo unos cuantos soñadores, marcados por la señal de la búsqueda histórica, se preocupan por hurgar en su tradición. Pero las iglesias no son semilleros de este tipo de gente; en nuestro medio vale más hablar de una espiritualidad sobrehumana. No hay calvinistas en México. Sólo a veces tenemos en el Seminario Teológico un cierto acceso a la pasión por Calvino y por su tradición, que es la que nos da nombre. Después, la propia iglesia se encarga de bajarnos los humos. No ha sido al contrario: que de alguna manera contaminemos a las comunidades con esta afición, que transmitamos esta pasión histórica por buscar el origen y desarrollo de nuestras convicciones y de nuestra mentalidad.
Si el tránsito por el aula no nos lleva a que la iglesia se beneficie con la apropiación de su pasado, entonces ¿en qué radica la diferencia de nuestra formación pastoral? ¿ser ministros, ancianos o laicos reformados es un estado neutral en el que definitivamente no importa la ubicación histórico-teológica? Los mismos nombres: presbiteriano, reformado, ¿qué significan actualmente? Ya ni siquiera el nombre "protestante" nos asienta. Y, por supuesto, Calvino y su obra y pensamiento están muy lejos de la conciencia y de la práctica de sus "herederos".
La tradición reformada es una entelequia que nuestros dueños de iglesias jamás han entendido como algo que debería permear la vida de las congregaciones. En suma, no hemos enseñado Calvinismo, hemos seguido repitiendo los clichés manidos de la devoción semiconventual. ¿Cómo esperamos que la Iglesia viva un calvinismo auténtico, abierto, revolucionario, si Calvino y su herencia son los grandes desconocidos en su propio territorio espiritual?
La obra calviniana en nuestro medio ha sido filtrada y por lo mismo se lee escasamente. Es patrimonio de los esnobistas que repiten ciertas citas para justificar aparatos críticos que nadie se da el debido tiempo para revisar. Y, como en todos los casos, es preciso acudir a las fuentes, es decir, a los mismos textos. Pero para ello el subdesarrollo eclesial en el que vivimos es un obstáculo casi insalvable. Antes de continuar habría que intentar un acercamiento global al fenómeno histórico de la Reforma, en cuatro fases, aproximadamente:
I. Ubicación histórica general del Protestantismo en Occidente
Casi todas las obras de historia universal con cierto peso, le dedican un buen apartado a la reforma como movimiento cultural e ideológico. Entre ellas están las de Arnold Toynbee (Estudio de la historia)[2], Erich Kähler (Historia universal del hombre) [3] o Jacques Pirenne (Historia universal).[4] En este punto es particularmente importante la relación de la Reforma con el Renacimiento.
II. Comprensión de las etapas de la Reforma
Aquí se encontrarían obras más específicas, y, por ello, menos accesibles. Por ejemplo la escasísima Historia general del protestantismo, de Emile Leonard,[5] o la más accesible de G: R. Elton, La Europa de la Reforma,[6] o inclusive la reedición reciente de la Historia de la Reforma de Jorge Fisher,[7]un texto editado hace muchísimos años por El Faro.
III. Acercamiento inicial a las obras fundamentales de los principales reformadores: Lutero, Calvino, Zwinglio
Del primero podemos señalar la edición de la SEP de sus Escritos reformistas de 1520.[8] De Calvino la Institución de la Religión Cristiana, cuyo sumario (edición abreviada) ha comenzado a circular en una edición española.[9] De Zwinglio existe una Antología, rara ya, realizada por don Manuel Gutiérrez Marín en 1973.[10]
IV. Descubrimiento progresivo, en nuestro caso, del resto de la obra de nuestro reformador: los Comentarios bíblicos y los tratados teológico-prácticos
Para volver al principio: casi todo anciano de Iglesia y laico interesado debería vivir este proceso. A continuación, una clasificación práctica de las obras de Calvino, que se desglosará más adelante:
1. La Institución de la Religión Cristiana en sus diferentes ediciones (latina y francesa), hasta la versión definitiva de 1559. Capítulo aparte merece la versión castellana de Cipriano de Valera, aparecida en 1597.2. Los comentarios bíblicos disponibles actualmente en español: Romanos, Hebreos, las Cartas pastorales, Sermones sobre el libro de Job y algunos fragmentos sueltos, así como los Sermones sobre la obra salvadora de Cristo.
3. Los tratados teológico-prácticos: la Epístola al Cardenal Sadoleto, los Catecismos de Ginebra, la Breve instrucción, las Ordenanzas eclesiasticas de Ginebra.
4. Del Epistolario y las obras de juventud, sólo existen referencias aisladas, como es el caso del comentario a De clementia de Séneca, fechado en 1532.
1. La Institucion de la Religion Cristiana, suma de la teologia de la Reforma
Reconocida como "la exposición literaria y científicamente más perfecta del cristianismo desde sus orígenes",[11] esta obra, como toda obra maestra de un gran escritor, tiene una historia fascinante y enriquecedora. Apareció por primera vez en el mes de marzo de 1536 en Basilea. Calvino estaba por cumplir 27 años y se había refugiado en esa ciudad para dedicarse al estudio y para defender por escrito a sus hermanos franceses perseguidos. En esta primera edición, la obra está escrita en latín, dividida en seis capítulos:
I. De la ley, una explicación de los Diez Mandamientos.
II. De la fe, explicación del Credo Apostólico.
III. De la oración, exposición de la Oración del señor.
IV. De los sacramentos.
V. Declaración de que los cinco restantes sacramentos católicos no lo son.
VI. De la libertad cristiana, de la autoridad eclesiástica y de la administración política.
Se trata de una exposición sencilla de los principios fundamentales de la fe organizada de la manera tradicional que resume las doctrinas esenciales de la naciente fe reformada. En palabras de Leonard, se trataba que "después de la liberación de las almas (por Lutero) se fundara una civilización [...] Estaba reservado al francés y jurista Calvino el crear más que una nueva teología un hombre nuevo y un mundo nuevo".[12]
Tal como lo expresaba él mismo en la Epístola que aparece como prefacio, dirigida al rey Francisco I de Francia, que además de pretender justificar a los protestantes acusados de doctrinas perversas, exponía, más que un sistema, una vida experimentada por un alma profunda y ardiente. La carta al rey está fechada el 23 de agosto de 1535.
La segunda edición de la Institución, publicada en Estrasburgo, conservando el contenido esencial de la primera, está marcada por el profundo acercamiento de Calvino a la carta a los Romanos, a los Padres de la Iglesia, y a los escritos de Lutero, Melanchton y Bucero. Esta nueva edición, de agosto de 1539, expone en su "Epístola al lector" los motivos de la nueva edición: básicamente "preparar e instruir a los que se querrán aplicar al estudio de la teología que fácilmente puedan leer la Sagrada Escritura y aprovecharse de su lección entendiéndola bien".[13]
Los seis capítulos de la edición de 1536 se conviertieron ahora en diecisiete: Del conocimiento de Dios; del conocimiento del hombre y del libre albedrío; de la ley; de la fe; de la penitencia; de la justificación por la fe, y de los méritos de las obras; de la similitud y diferencia del Antiguo y Nuevo Testamentos; de la predestinación y providencia de Dios; de la oración; de los sacramentos; del bautismo; de la Cena del Señor; de la libertad cristiana; de la autoridad eclesiástica; de la administración política; de los cinco sacramentos falsos y de la vida del hombre cristiano.[14]
La tercera edición latina apareció también en Estrasburgo en marzo de 1543, cuando Calvino ya estaba de nuevo en Ginebra. En la nueva edición, Calvino le dedica a los temas eclesiásticos tres veces más extensión que en las dos anteriores. Agregó capítulos sobre los votos monásticos (IV) y las tradiciones humanas (XII), y amplió notablemente el capítulo sobre el bautismo (XVII). casi la cuarta parte de la obra es nueva.[15] La cuarta edición latina apareció en Ginebra a comienzos de 1550; en ella el autor agrega numerosas citas de los padres antiguos para apoyar su argumentación. Trata más ampliamente la doctrina de la Biblia, la cuestión de los santos e imágenes, y, en el capítulo XIII habla ampliamente sobre la conciencia. Los capítulos se dividen en secciones, para una lectura más fácil. Esta misma edición se imprimió en 1553 por Roberto Stephanus en Ginebra, siendo la mejor de las ediciones, porque por primera vez trae las citas bíblicas completas (con versículos, una innovación para la época).
La quinta y última edición en latín, base de todas las versiones en otros idiomas (excepto el francés) fue publicada por Stephanus, en Ginebra, en 1559. Fueron días difíciles para Calvino, quien aun estando enfermo revisó completamente la obra, dándole un orden nuevo que es la admiración incluso de sus detractores. La obra quedó dividida en cuatro libros, divididos en ochenta capítulos, de la siguiente forma:
I. Del conocimiento de Dios (caps. 1-18).
II. Del conocimiento de Dios Redentor en Cristo; el cual ha sido manifestado primeramente a los Padres debajo de la Ley, y a nosotros después en el Evangelio (caps. 1-17).
III. Qué manera haya para participar de la gracia de Jesucristo, qué provechos nos vengan de aquí, y de los efectos que se sigan (caps. 1-25).
IV. De los medios externos o ayudas de que Dios se sirve para llamarnos a la compañía de Jesucristo su Hijo y para entretenernos en ella (caps. 1-20).
Los libros I y II forman la tercera parte de la obra, los libros III y IV otra tercera parte cada uno. Aproximadamente la cuarta parte del contenido total es completamente nueva. Las características de esta edición definitiva son cruciales: por un lado, toma en cuenta las controversias teológicas de la época y refuerza las posiciones protestantes frente a las católicas y de los demás grupos disidentes. Calvino escribe para los nuevos pastores, dotándolos de un arma valiosísima para su tarea. Además, incorpora, por otro lado, los resultados de sus propios estudios bíblicos: el estudio de la Biblia le sirve para establecer la verdadera doctrina: la Institución se convierte en una "teología bíblica" que pone en orden todos los conocimientos de acuerdo a la sistematización del autor.[16]
La primera edición en francés, que apareció en Ginebra en 1541, lleva como título completo: Institution de la religion chrestienne, "en la cual se comprende una suma de piedad, y casi todo lo que es necesario a conocer la doctrina de salud. Compuesta en latín por Jean Calvin, y traducida en francés por él mismo".[17] La "Epístola al lector" se convierte, en esta traducción en un "Argumento del presente libro", que presenta a la obra como guía para el estudio de la Biblia. Más tarde, cada edición latina es seguida por una traducción francesa revisada, de la siguiente forma:
3a. edición latina, 1543 Francés, 1545
4a. edición latina, 1550 Francés, 1551, 1553, 1554, 1557
5a. edición latina, 1559 Francés, 1560.
La intención de esta traducción fue que pudiera llegar a todos los fieles, lo cual habla de un optimismo extraordinario sobre la capacidad y el juicio de la mayoría de la iglesia. Su opción propiamente fue "hacer llegar la teología al pueblo" sin temor, puntualizando con ello uno de los postulados fundamentales de la Reforma: el acceso de todos a la Escritura y a la reflexión cristiana.
Por todas partes se extendió la Institución, mientras tanto: al italiano se tradujo en 1557-58, al inglés en 1561, al alemán y castellano en 1597, al holandés en 1614 o 1617, al griego en 1618 y aun al árabe.[18] La que mas nos interesa, en castellano, la realizó nada menos que Cipriano de Valera, cinco años antes de publicar la revisión de la Biblia del Oso de Casiodoro de Reina. Algunos suponen que fue don Francisco de Enzinas quien tradujo primero la Institución. Dicha obra, abreviada, aparece en el Index de libros prohibidos por Pío IV en 1564. Pero otros estudiosos dudan mucho de la identidad de la traducción.
Cipriano de Valera publica en 1597 su traducción "En casa de Ricardo del Campo", ignorándose si se edita en Londres o en Amberes (Bélgica). La impresión debió pagarla un comerciante español llamado Marco Pérez, quien junto con otros protestantes se esforzaba por introducir en su país las ideas evangélicas. Don Marcelino Menéndez y Pelayo apoya la idea de que fue impresa en Londres.[19] La versión de Valera está basada en el original latino de 1559, pero muchas veces demuestra seguir la traducción francesa. Pone al frente un prólogo titulado "A todos los fieles de la nación española que desean el adelantamiento del reino de Jesucristo".
El libro es más bien raro, debido a la saña de los inquisidores. Hasta 1858-59, don Luis de Usoz y Río, evangélico español, hizo imprimir una copia de la versión de Valera para celebrar los 300 años de su primera aparición. La edición original tenía 1032 páginas. Usoz y Río no se hacía muchas ilusiones sobre la acogida de su empresa: "Se ha hecho bajo la inteligencia de que casi ninguno de sus ejemplares se leerá en la actualidad. Pero sin embargo, estos ejemplares ayudarán a la conservación del libro, y algo renovarán la memoria de su existencia, colocados en alguna que otra biblioteca".
En 1936, en el cuarto centenario de la obra original en latín, la editorial La Aurora publicó en Buenos Aires una traducción directa al castellano hecha por Jacinto Terán, y que por varios años fue la única disponible para los evangélicos hispanoamericanos. En junio de 1952, apareció el primer tomo de la edición facsimilar de la traducción de Valera, también realizada por La Aurora junto la Casa Unida de Publicaciones, con una "Historia literaria" escrita por B. Foster Stockwell, a cuyo trabajo estas páginas le deben su mayor apoyo.
El Corpus Reformatorum es una recopilación exhaustiva de las obras teológicas reformadas que se comenzó a realizar en 1863 por los profesores de la Facultad de Teología de Estrasburgo G. Braum, E. Cunitz y E. Reuss. La obra de Calvino lleva por título general Johannis Calvini opera quae extant omnia, y abarca los tomos XXIX a LXXXVII. Esta magna obra es la fuente más autorizada para cualquiera que desee acercarse en profundidad al pensamiento del reformador[20]
Otro esfuerzo notable y digno de mención es el llevado a cabo por P. Barth, G. Nielsel y D. Scheuner, quienes entre 1926 y 1952 publicaron en Munich, en 5 volúmenes, la Joannis Calvini Opera selecta, una vasta antología que describe muy bien, en su proyecto editorial, el desarrollo dinámico de la obra calviniana:I. Obras de los primeros años hasta finales de su estancia en Estrasburgo: Concio academica, Institutio christianae religionis de 1536, De fugiendis impiorum illicitus Ecclesiae vel administrandis vel abjicendis, Artículos de Ginebra de 1537, Instruction et Confession de foi de Ginebra, Confessio fidei de Eucharistia, Responsio ad Sadoletum, Epinicion Christo cantatum, Petit traité de la Saint-céne.II. Opuscules, Confessions de foi y Ordonnances ecclésiastiques de 1542-1564.III y IV. Institutio christianae religionis de 1559.V. Sermons.[21]La Fundación Editorial de Literatura Reformada (Stichting Uitgave Reformatorische Boeken) con sede en Rijswijk, Holanda, publicó en 1968, la primera edición moderna de la traducción de Cipriano de Valera en dos tomos, cuya segunda edición apareció en 1981. Además de ser casi una edición de lujo, la lectura de la misma es una experiencia espiritual inigualable. Más recientemente, en 1988 la editorial Nueva Creación publicó la misma edición en un solo tomo para el uso de seminarios e instituciones teológicas. CLIE, en España, publicó un Sumario de la Institución en 1991.
Notas
[1] Citado por Enrique Krauze en Textos heréticos. México, Grijalbo, 1992, p. 55.
[2] México, Origen-Planeta, 1985, 2 tomos.
[3] México, FCE, 608 pp.
[4] Vol. III, México, Grolier-Cumbre, 1978, 505 pp.
[5] Madrid, Península, 1967, 4 tomos. Disponible en la Biblioteca del Seminario Presbiteriano y en la Biblioteca Central de la UNAM.
[6] México, Siglo XXI, 1987, 418 pp.
[7] Terrassa, CLIE, 1984, 498 pp.
[8] México, 1988, 257 pp. Disponible en las librerías de la SEP y del CNCA.
[9] Terrassa, CLIE, 1984. Lamentablemente se trata de una traducción del holandés, pero aun así es recomendable.
[10] Barcelona, PEN, 255 pp.
[11] Wilhelm Dilthey, Hombre y mundo en los siglos XVI y XVII. México, FCE, 1978, p. 239.
[12] E. Leonard, op. cit., p. 263.
[13] B. Foster Stockwell, "Historia literaria de la Institución", p. X.
[14] Stockwell, op. cit., pp. X-XI.
[15] Ibid., pp. XVI-XVII.
[16] Ibid., pp. XVIII-XIX.
[17] Ibid., p. 20.
[18] Idem.
[19] Citado por Stockwell, p. XXI.
[20] E. Leonard, op. cit., p. 368.
[21] Idem.
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